Campo Chico A veces Andrés y a veces Oliva

  • El primer carnaval de la variedad gadita, sin antecedentes de esas hechuras en la comarca, se celebró en 1981

  • Una generación se preparaba entonces para elevar de categoría al carnaval especial, la de Andrés G. Oliva

Un sello del Cine Cómico de Algeciras.

Un sello del Cine Cómico de Algeciras. / E. S.

Andrés Gómez Oliva era a veces Andrés y a veces Oliva. En las noches de la calle Trafalgar, de Algeciras, en Chez José Luis; un pequeño pub de ambiente irlandés; Oliva se armaba de nudillos de vez en cuando y, marcando el compás sobre la madera color caoba del mostrador, nos canturreaba al oído una coplilla de carnaval. José Luis había aprendido el oficio en el Hotel Cristina, la mejor escuela de hostelería del mundo cuando estaba bajo la batuta de míster Lieb. En el mostrador, por donde se accedía a la zona de servicio, había una plaquita metálica que te advertía de que aquel sitio estaba reservado a Paco Gallardo, un mecánico de postín, buena gente y mucha clase, que sabía todo lo que se puede saber de camiones. Antonio Madreles, un cantaor de leyenda de los primeros pasos del Palma de Plata, donde ganó por cantiñas, gustaba frecuentar aquel reducto mágico con su compadre Pepe Luis Nieto. En una ocasión refiriéndose a mí y en voz alta (para que yo lo oyera), Antonio le preguntó a Pepe Luis: “compadre ¿tú sabes a qué se dedica Alberto?: es una cosa rara que tiene que ver con las matemáticas”. “Mira, compadre, no te compliques; yo sé que a Alberto le pagan por hablar y fíjate lo que a ti te cuesta cobrar por cantar”. Había tanto ingenio y tanta sabiduría popular donde el chez, que siempre se salía sabiendo más, y un poco más feliz de lo que se estaba a la entrada. Cuando José Luis decidió retirarse, la noche algecireña perdió algo de su duende. Nos encontrábamos entonces, en La Tecla, del tándem Rebolo-Titi, donde el gran Juan el pajarito servía el mejor gin-tonic del sistema solar. O en el Ipanema de Pedro Amores, donde una bella mujer llamada Carmen lo llenaba todo con su saber ser y estar. Eso era mucho antes de que se le ocurriera a Pedro convertir su local en un albergue de decibelios a la medida de la gente joven.

A Oliva lo frecuenté más en los años ochenta, en ambientes de carnaval. También al gran Juani (Mayor); a él y a sus hermanos. Mucho después, sabiendo de la capacidad de Juani para irradiar bondad y bienestar a su alrededor, me acercaba, algún día de algún verano, a su pequeña casa de Getares, donde disfrutaba de su acogedora presencia y de su sentido de la vida. Son muchas las imágenes frescas que tengo de uno y de otro, y del Bory y de Cózar y de Antonio Quirós. Un casi imperceptible bar a espaldas de la Peña Miguelín, dio cobijo a unas pocas tertulias que tuve con estos queridos personajes y con mis inolvidables Manolo El Bollo, una especie de Von Karajan de las comparsas de Navidad, y su compadre, Bernardo Pérez, divino matarife y gran maestro zambombero. Cuando Juani pregonó en el Florida el Carnaval Especial del 2013, hice un largo viaje para no perderme aquella oportunidad de ver cómo se trae del Cielo el alma del genio unigénito de Cantinflas. Su tipo en el Falla, en 1983, encendió las hogueras de la catedral de la gracia y el ingenio, y todas las hadas marinas de las orillas de Tartessos, acudieron a aplaudir a aquella gente de la Fuentenueva y de la Bajadilla que, por primera vez en la historia, llevaron a una comparsa algecireña a la final del Falla. Oliva iba de gordo, del Hardy inseparable de Laurel; se colocaba detrás de El Punti, que iba de Harpo Marx, y entre todos reunían a las figuras más representativas del cine de humor, del cine cómico. La ocurrencia se fraguó oficialmente en las personas de Joaquín Cózar, Antonio Quirós y José Mayor, pero se trataba de un logro colectivo en un tiempo de recuperación, cuando en Algeciras, con no mucha tradición carnavalesca, se recreaba un espíritu de pertenencia a los modos de entender el carnaval en la capital. Luego vinieron grandes éxitos, pero aquel comienzo histórico se nos quedó grabado para siempre a los que lo vivimos.

El primer carnaval de la variedad gadita, sin antecedentes de esas hechuras en la comarca, se celebró en 1981. El cartel no había derrochado ingenio precisamente, pero rescataba un viejo cuadro de un pintor algecireño que fue cartelista de guerra en defensa de la República. Me refiero a Ramón Puyol, histórico por su cartel de la resistencia al sitio de Madrid, “No Pasarán”, de 1937. Ramón moriría unos meses después de ese primer carnaval de 1981, el día 4 de agosto, en Algeciras, donde había nacido el 25 de febrero de 1907. El cartel era más cartelillo de mano que verdadero cartel y a pesar de su poca gracia, fue un acierto por cuanto se significaba en la recuperación de lo que había que recuperar. Una Plaza Alta con la columna central que reemplazó al obelisco y la majestuosidad impertérrita de la torre de la iglesia, presidían el dinamismo perceptible en el trazo, de la fiesta. Ya había sido utilizado para anunciar la feria de 1973, pero aludía a un tiempo pasado, radicado en la adolescencia del artista. Aquel primer carnaval de 1981, fue organizado por el equipo de mi admirada Silvia Alonso Ubierna, en el que estaba mi compi del Instituto, José Antonio Fernández Sánchez. Lo vivimos con la intensidad del que sale a la superficie después de una inmersión en el mar. La Algeciras constitucional estaba presidida por un alcalde del Partido Comunista de España, Francisco Esteban Bautista, lo que no dejaba de ser una nota característica de una ciudad cuyos nativos y asimilados son llamados especiales. “Devolver a los pueblos sus tradiciones es una acto de generosidad que merece la gratitud de todos”, dictó Cristóbal Delgado Gómez, brillante e inolvidable cronista oficial de Algeciras, en ese primer pregón de carnaval de los tiempos que acababan de llegar para quedarse.

Una generación se preparaba entonces para elevar de categoría al carnaval especial. Era la generación de Andrés (Gómez) Oliva, que nos dejó desolados cuando, hace unos días, murió accidentalmente. Algunos otros también se fueron, algunos de aquellos que andaban por los treinta años, chispa más o menos, cuando las “adas” empezaron a multiplicarse por las barriadas, cuando el carnaval renacía con mucha más fuerza de la que tuvo en los primeros tiempos de la Tía Anica, proveedora de los disfraces para ir de murga o, simplemente, para dejar por unos instantes de ser quien se era. Como en tantas otras tradiciones, la protohistoria de los carnavales se escribió en la Peña Miguelín, de la que hay mucho que contar. Allí se montó la Cuadrilla Torera de Salvador Casas Bory y Antonio Quirós, un precedente de casi todo, cuando ya se notaba la presencia de Manuel García Campillo, que forma parte de muchos precedentes de nuestra pequeña historia.

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