Andar y contar
Alejandro Tobalina
Vacuna contra la amnesia
En Barcelona estuve por primera vez en 2015, pero la conocí al menos seis o siete años antes. Era una Barcelona extemporánea, pero tan real y tan pura que terminé por idealizarla. Yo sé que hay otros que la desnudaron primero, que están Marsé y Mendoza o Vázquez Montalbán, pero él me sacudió como una violenta ola y tanto llegué a desear un nuevo libro suyo que en la espera me sentía apresado tras barrotes de espuma. Ruiz Zafón me confirió una concepción estajanovista de la lectura, su asimilación como un ejercicio de continuidad, alejado de veleidades y probatinas. Lo hizo con personajes que amaban la literatura tanto como les corroía, con un cementerio de libros olvidados que es oda y es elegía, y que lanza un anzuelo para que a la lectura se entre por la puerta de lo íntimo y lo secreto, que tiene el morbo de lo invisible.
Este año se cumple un cuarto de siglo de la publicación de La sombra del viento. A veces me cuesta entender por qué interpretamos como condiciones divergentes lo que es popular y lo que es de culto, como si hubiera que desconfiar de la brillantez de un libro que vende un millón de ejemplares porque entonces será que se lo leen las señoras estereotipadas en la peluquería. Nada ha venido más a reventar esa concepción como el Quijote, que es así como nuestro DNI literario. Ignoro qué ha de hacer un autor, el segundo español más universal después de Cervantes para que no tengan que ser los amigos íntimos los que lo traigan a colación.
La literatura es tanto un armisticio como un campo de batalla, y acaso se la hayan arrogado aquellos que la ven más como lo segundo, pontificadores que en prestigiosas listas de libros perimetran gustos y canonizan alejandrinos. Tal vez es porque vivía en Los Ángeles, por su naturaleza eremita o porque jamás se hizo ningún rasguño en las rodillas, pero me temo que a Ruiz Zafón le relegan algunos a autor de stand de aeropuerto.
En Barcelona estuve por primera vez en 2015, pero la conocí seis o siete años antes, y la conocí atrapada bajo cielos de ceniza y un sol de vapor que se derramaba sobre la Rambla de Santa Mónica, de la mano de un niño que la caminaba agarrado a su padre, de un niño que al alba se había despertado gritando porque ya no recordaba la cara de su madre muerta y que ese día descubrió un cementerio de libros olvidados que nos vacunó contra la amnesia.
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