El recodo
Inmaculada López Marcenaro
Una casa extraña
Un día cualquiera en la agenda personal que llevamos todos, entras a comprar y sin saberlo cruzas el umbral de otra época en la que te encuentras, entre el pan y la fruta y más tarde entre la frutería y el pescado, señal de poco avance espacial; las caras de sorpresa y después de sonrisas llenas de queridas y queridos amigos. Das un salto en el tiempo y nada parece haberse interpuesto entre nosotros. El tiempo, que pensaste que siempre conocías su definición y que cuanto más vives reconoces que no lo puedes definir, se ha vuelto atrás y recuperas lo que nunca has olvidado.
¿Cómo imaginarse una vida sin amigos? ¿Cómo recordar un verano, la crianza de unos niños, las preocupaciones, los momentos de risa o de desdicha sin unirlos a caras concretas?
La vida se sucede en etapas que abren y cierran capítulos personales, a veces sin ni siquiera ser conscientes de que lo estás haciendo. Pero como el amor a los hijos, no importa en qué número, una amistad no cancela a otra. Cada una de ellas es insustituible, con ellas has aprendido tantas cosas que te han valido para aprobar raspadillo el suficiente o cum laude muchas situaciones, por lo que reconocerte en ellas es reconocer tu propia existencia.
Según la RAE, la primera acepción de amistad, derivada del latín vulgar “amicitas-atis”, que a su vez viene del latín “amicus-i”, amigo, es: “afecto personal puro y desinteresado, compartido con otra persona, que nace y se fortalece con el trato”.
Como a mí me gusta mucho llevarle la contraria a la RAE, por aquello de vengarme de lo que aprendí de gramática con esmero y ya es falta ortográfica, lo de que “se fortalece con el trato” no tiene por qué ser así. Los amigos lo son una vez que se vuelven a escuchar sus voces, leerse o la mejor de las formas verse. El tiempo se ha detenido y estáis en ese último momento que compartisteis. No sé si es porque el espacio es curvo y el tiempo es o no es, pero un amigo nunca deja de serlo, a menos que sea un felón.
Todo esto me lleva a la rabia indisimulada contra aquellos que en tiempos de cambio, quieren fabricar bandos opuestos, separarnos como si un Telón de Acero nos dividiese o muro berlinés de hormigón y sangre y fuésemos incapaces de dialogar y aunque distintos en interpretar la realidad no pudiésemos convivir en paz. Les remito a Aristóteles: “Lo que con mucho trabajo se consigue, más se ama”. Déjennos de banderías.
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