Cupressus
José Ramón Mata
Therian en el colegio
Hace unos días, durante el recreo, una alumna se acercó y me preguntó si conocía a los Therian. La verdad es que no. Pensé que tal vez se trataba de alguna nueva serie o tendencia de las que suelen comentar los alumnos, como ocurrió con Stranger Things, Adolescence o El juego del calamar, que conocí por sus recomendaciones. Mi sorpresa llegó cuando me explicó que los Therian son jóvenes que se identifican con un animal. Me comentó que ella por las noches siente que es un lobo.
Le respondí que, en realidad, esa idea de querer identificarse con animales no es algo nuevo. En la mitología y en las historias antiguas encontramos muchos ejemplos. El ser humano siempre ha mirado a los animales con admiración, intentando comprender su fuerza, su instinto o su libertad. La mitología griega, está llena de figuras mitad humanas y mitad animales: centauros, minotauros, sirenas o sátiros. Todos ellos en conflicto: tensión entre razón humana e instintivos de la naturaleza. Todos nosotros sentimos impulsos o emociones intensas que debemos aprender a domesticarlas.
También le comenté que los maestros también nos sentimos Therian. A lo largo del día, en el colegio, nos transformamos en muchos animales distintos: somos búhos, atentos a todo lo que ocurre en el aula; leones, protectores de los más pequeños; perros pastores en una salida escolar; camaleones, cuando tenemos que adaptarnos rápidamente a nuevas situaciones; o incluso loros, cuando repetimos una explicación hasta que todos la comprenden. Los animales nos ofrecen muchas enseñanzas. Observándolos podemos aprender sobre la cooperación, la paciencia, la protección o la vida en grupo.
¿Son los Therian un problema? Debemos entenderlo como una forma de expresar inquietudes y emociones. La adolescencia es una etapa de búsqueda de identidad, de preguntas sobre quién soy y cuál es mi lugar en el mundo.
Los jóvenes necesitan sentirse escuchados, acompañados y comprendidos. Necesitan una manada en el mejor sentido de la palabra: amigos, familia y adultos de referencia que les ayuden a crecer con seguridad.
Finalmente le pregunté qué había cenado. Me respondió que pizza. Entonces sonreí y le dije que me quedaba tranquilo: los lobos no comen pizza… pero los adolescentes sí.
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