Cupressus
José Ramón Mata
Therian en el colegio
Aquí en España tenemos suficientes elementos de juicio para imaginar qué está ocurriendo en Irán. Tras la guerra civil, fueron muchos los españoles que, dentro y fuera de España, fantasearon con la posibilidad de una intervención aliada que nunca llegó, por una razón estratégica: en el nuevo damero político de la Guerra Fría (aquel damero internacional del que hablaba, años atrás, Mairena/Machado, criticando la no intervención de las potencias vecinas), era más fiable una dictadura anticomunista que una democracia expuesta a la influencia soviética. El resultado, como sabemos, es que Franco murió en el poder. También conocemos, por los grabados de Goya, los efectos de la situación contraria. Esto es, el resultado de una invasión extranjera, que además se gloriaba de abanderar los derechos del hombre.
La guerra de la Independencia, la Peninsular War que dicen los ingleses, fue un conflicto devastador (mucho más devastador que la guerra del 36-39, que duró la mitad de años), donde algunos historiadores quieren situar el origen de las dos Españas. Este lugar común, sin embargo –¿cuántas Francias, Italias, Alemanias, Norteaméricas... hay, sin que hagamos mención de ello?– nos servirá para aludir a la cesura ocasionada por la invasión napoleónica. Entre los amigos de Goya podemos situar, del lado de los “afrancesados”, a Moratín y a Meléndez Valdés; y del lado de los “patriotas”, a Jovellanos y a Ceán Bermúdez. El propio Goya, que acabó sus días en Burdeos, cerca de Moratín, unas veces parecía patriota y otras afrancesado, siendo lo cierto que era, sin más, un español afligido por la guerra. Irónicamente, de la derrota de los libertadores napoleónicos surgió una democracia; democracia que luego Fernando VII se encargaría de malograr con el socorro del vecino galo.
El “no a la guerra” de las potencias victoriosas del 45 condujo, pues, al largo periodo de la dictadura franquista y al apoyo estadounidense a la insomne luz del Pardo. Por su parte, las luces napoleónicas supusieron una cruel devastación y la promesa de una democracia de breve aliento (“El amor a la patria es una de las principales obligaciones de todos los españoles; asimismo el ser justos y benéficos”, dice el artículo 6 de la Constitución de 1812). En similar coyuntura se hallan hoy los ciudadanos de la ominosa teocracia de los ayatolás.
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