Gafas de cerca
Tacho Rufino
Viva Páramo
Mi amigo sostiene, con una sonrisa entre pícara y doctoral, que “en el amor y en la ingeniería, con dinero, todo es posible”. Y uno, que ha visto puentes caer y corazones también, no puede evitar darle la razón… a medias. Porque el dinero es una fuerza formidable, sí, pero no es ni ley universal ni axioma eterno. Es más bien una variable: potente, aceleradora y peligrosamente inestable.
Desde un punto de vista pseudo-técnico, el planteamiento tiene lógica. Pitágoras ya nos enseñó que todo puede reducirse a proporciones. Newton añadió que toda fuerza aplicada genera una reacción. Si a un sistema le inyectas capital suficiente, aumentas las probabilidades de éxito. Materiales mejores, más tiempo, más opciones. En el amor, cenas más caras, viajes más exóticos, experiencias premium. El problema es que ni el triángulo rectángulo ni la manzana que cae del árbol explican por completo lo humano.
Porque aquí entra la variable no lineal: el deseo. El dinero compra contexto, pero no garantiza emoción. Puede alquilar cuerpos, pero no fabricar miradas sinceras. El sexo, convertido en industria global, es el mejor ejemplo. Hay tarifas, plataformas, intermediarios, márketing y logística. Pero nadie confunde un contrato mercantil con una ecuación de dos almas que se reconocen. El negocio del sexo demuestra justo lo contrario del teorema: que cuanto más dinero hay, más claro queda lo que no se puede comprar. En ingeniería ocurre algo parecido. Con presupuesto infinito se levantan rascacielos imposibles… hasta que fallan los cálculos éticos, ambientales o humanos. Ahí no hay sobrecoste que arregle el colapso. Lo mismo pasa en el amor cuando se intenta sustituir la atención por regalos, la presencia por transferencias, o la ternura por lujo. El sistema puede mantenerse un tiempo, pero la fatiga del material –emocional– acaba apareciendo.
La frase de mi amigo revela nuestra época: creemos que todo problema es resoluble si hay capital suficiente. Que la felicidad es escalable, externalizable y monetizable. Tropezamos con lo mismo: relaciones frágiles, soledades caras y éxitos que no saben a nada. Queda la pregunta abierta, incómoda y necesaria. Si con dinero todo fuera posible, ¿por qué seguimos comprando tanto… y entendiendo tan poco?
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