Como decíamos ayer
José Antonio Ortega
The Man in the High Castle
He recibido un honor demasiado grande, que no he buscado ni pedido. Pero cuando supe la noticia, pensé primero en mi madre y después en usted”. Así reza el comienzo de la carta que Albert Camus escribe a Louis Germaine, su maestro de primaria en Argel, tras ser reconocido con el premio Nobel de literatura. La nobleza está muy presente en la obra de Camus. Por ejemplo, una nobleza ordinaria y ajena a la desmesura heroica, como la del Dr. Rieux, aquel médico que, en medio de la peste, simplemente cumplió con su deber. O esa otra nobleza del hombre rebelde que, así en el éxito como en el fracaso, mantiene conciencia de la mesura y sabe de los límites que su rebelión no ha de traspasar. La hidalguía de esas líneas que escribe Camus a su maestro es de otra índole. Rafael Atienza, en un libro que sé ya que será uno de los mejores libros que lea este año, Heredar el mérito, nos invita a repensar la relevancia moral de una expresión arcaica: nobleza obliga. Esta apela a una conciencia severa sobre el deber que conllevan los privilegios o reconocimientos. A una formación en el desprendimiento y el sentido del honor. Camus, tras ser reconocido con la más alta distinción a un escritor, hizo a través de aquellas líneas, como en su vida, una síntesis de qué es la nobleza republicana. En el republicanismo se da una tensión entre igualdad y mérito. Fue la pulsión republicana por la igualdad la que permitió al pobre y huérfano Camus, a través de una escuela pública francesa, optar a la excelencia. Fue la meritocracia la que lo distinguió como aristócrata de las letras. Él sabía, en todo caso, que había algo heredado en su mérito: “sin la mano afectuosa que tendió al niño pobre que era yo, sin su enseñanza no hubiese sucedido nada de esto”, le confiesa al maestro. Me ha venido al recuerdo Camus al ver cómo un jefe de Estado acepta como suyo otro premio Nobel, el de la paz, de manos de su ganadora. Esa imagen también me ha hecho pensar en la nobleza. Los padres fundadores de la América temprana no querían un Rey, pero eran conscientes de que romper con la tradición no podía significar romper con la virtud. Consideraron, como los clásicos, que el cultivo de esta virtud republicana conservaría una aristocracia moral en el reino de la igualdad. La imagen sonriente de Trump aceptando un mérito ajeno retrata bien un mundo donde ya no distingue la dinastía o el mérito sino sólo el dinero. Oligárquico, feo e innoble al mismo tiempo, como temiera Edmund Burke. Un mundo donde se olvida que las más altas distinciones son un honor que no acepta comercio por nada ni ante nadie. Nobleza obliga.
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