Crónicas levantiscas
Juan M. Marqués Perales
Manotazos de ahogado
Hay ocasiones en las que el mundo que vivimos parece un cuarto mal ventilado; el aire se vuelve espeso, cuesta respirar y uno tiene la sensación de que alguien ha vuelto a cerrar la puerta desde fuera. En las últimas fechas nos venimos encontrando con que Estados Unidos ha vuelto a convertirse en un escenario donde el miedo camina con botas oficiales y el dolor se archiva como si fuera un trámite. Las muertes, las redadas migratorias, las expulsiones aceleradas, los cuerpos tratados como expedientes, no son solo una política, son un síntoma. El Gobierno de los Estados Unidos habla de cifras, de porcentajes, de eficacia. Pero nadie contabiliza los silencios que quedan en las cocinas vacías, los juguetes que ya no se recogen del suelo, las camas donde falta un cuerpo que todavía conserva su calor.
El mundo parece haber aprendido a mirar hacia otro lado con un desdén escalofriante. La persecución al migrante no es solo una cuestión de fronteras: es una pedagogía del descarte. Se enseña, sin decirlo, que hay vidas que pesan menos, que hay acentos que sobran, que hay pieles que estorban. Poco a poco, se normaliza lo que “anteayer” nos habría helado la sangre. Las imágenes que llegan desde allá recuerdan a un viejo teatro donde el coro repite siempre la misma letanía: orden, seguridad, legalidad. Pero detrás del telón, lo que se escucha es el llanto lejano, el grito, el teléfono que no vuelve a sonar, la madre que no sabe si su hijo dormirá esta noche bajo un techo o bajo el cielo. “La patria es el lugar donde no te humillan”, decía Eduardo Galeano. ¿Qué patria puede ser la que se construye sobre la humillación ajena?
Hay algo profundamente inquietante en la rapidez con la que se vacía de humanidad el lenguaje. Se habla de “operativos”, no de personas. De “retornos”, no de destierros. De “ilegales”, no de hombres y mujeres con nombre, con historia, con una fotografía guardada en la cartera. Albert Camus advirtió que “el mal que hay en el mundo casi siempre viene de la ignorancia”, pero hoy quizá habría que añadir que también procede de nuestra desdichada costumbre de no hacer nada.
El mundo marcha a la deriva, no por falta de brújulas, sino por exceso de cinismo. Se acepta como normal lo que debería ser intolerable. Se convierte en rutina lo que debería provocar enormes reivindicaciones desde el ámbito moral. Y mientras tanto, la dignidad va quedando sin voz.
Quizá aún estemos a tiempo de recordar que ningún muro detiene el hambre, que ninguna ley ni nacionalidad borra el amor de una madre, que ningún uniforme puede decretar quién merece o no un mañana, ni dónde lo merece. Porque cuando se persigue porque sí, cuando se busca únicamente al más vulnerable, no solo se expulsa a personas; se expulsa un poco a toda la humanidad. Y eso, al final, es dejarnos a todos a la intemperie.
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