Crónicas levantiscas
Juan M. Marqués Perales
Manotazos de ahogado
Cuando el fascismo regrese no dirá: soy el fascismo; dirá: soy la libertad”, escribió Umberto Eco anticipando una mutación semántica que hoy observamos con inquietante claridad. Desde una perspectiva jurídica y filosófica, los microfascismos contemporáneos no se presentan como sistemas cerrados, sino como prácticas dispersas que erosionan las garantías constitucionales bajo discursos aparentemente emancipadores. La clave no es la imposición frontal, sino la seducción discursiva: la promesa de libertad absoluta que, paradójicamente, vacía el sentido de la democracia.
La historia demuestra que el autoritarismo prospera cuando la sociedad acepta pequeñas concesiones. La República de Weimar toleró la degradación progresiva del lenguaje político; el franquismo español se legitimó mediante la retórica del orden, el respeto y la salvación colectiva.
Hannah Arendt advirtió que el peligro comienza cuando la distinción entre verdad y mentira se diluye en la esfera pública.
Hoy, esa confusión se amplifica en entornos digitales donde la emoción sustituye a la argumentación racional y la sospecha y la acusación permanentes sustituyen a cualquier análisis crítico.
El fenómeno no es exclusivo de Europa. En Estados Unidos, el cuestionamiento sistemático de procesos electorales y la polarización extrema han mostrado cómo el lenguaje de la libertad puede instrumentalizarse para debilitar instituciones. En América Latina y Europa del Este emergen liderazgos que invocan la soberanía popular mientras concentran poder y reducen controles judiciales. Michel Foucault recordaba que el poder moderno se ejerce capilarmente; los microfascismos operan en redes sociales, en discursos mediáticos y en prácticas cotidianas que normalizan la exclusión.
Desde mi punto de vista, el verdadero desafío consiste en reconocer que la libertad no puede convertirse en un arma contra el propio Estado de Derecho. Karl Popper advirtió que la tolerancia ilimitada conduce a la desaparición de la tolerancia misma. Cuando la libertad de expresión se invoca para deshumanizar o para erosionar derechos fundamentales, los juristas debemos reafirmar el principio de proporcionalidad y la protección de las minorías como núcleo irrenunciable.
No vivimos necesariamente bajo un nuevo totalitarismo, pero sí bajo un clima cultural donde proliferan formas difusas de autoritarismo. La respuesta no es el miedo, sino la vigilancia crítica y la fortaleza institucional. Como recordaba Isaiah Berlin, la libertad auténtica exige límites compartidos que permitan la convivencia plural. Solo así evitaremos que, bajo el nombre seductor de la libertad, resurjan los viejos fantasmas que históricamente la destruyeron.
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