EUROPA SUR En la batalla del coronavirus: mantenemos nuestra cita en los quioscos con despliegue informativo sobre la pandemia

El ser humano cae a veces en la tentación a pesar de que uno tenga siempre en la cabeza los mandamientos de Nuestro Señor. Confieso que grabo todos los días, sin pausa, el programa First dates de televisión y que lo veo mientra ceno… He llegado a hacerlo comiendo pizza barbacoa, lo cual creo que debe agravar la situación en grado del 37% por ciento.

En uno de los programas se presentó una chica que se definió como Pansexual. A mí la cosa me emocionó muchísimo. Por fin alguien que reconoce su pasión por lo que es el miajón, los barquitos, el salseo, el desayuno enfoscado, la pasión que provoca dejar limpio un plato sopero después de sacarle brillo con una pieza de piquito.

Después de una noche de reflexión, de dar una y mil vueltas en la cama como si fuera un pinchito moruno de feria, decidí, después del desayuno, salir del armario y confesar al mundo mi verdadera identidad. Lo confieso, Cádiz, soy molletesexual.

Lo descubrí un día, en Espera. Fue una mañana de otoño, con ligero viento del Norte, semanas antes de que caigan las aceitunas de los olivos y meses después de la temporada de brevas… si no fuera molletesexual, sería brevasexual, porque no veas como está medio kilo de brevas después de almorzar, sentado debajo de una sombrilla.

Perdón que desvarío. Aquel día, en una venta de la que no diré el nombre, porque uno no puede decirlo todo, descubrí que ni las rebanás de pan cateto, ni los cundis de acuarto, ni los vienas de corteza crujiente, ni si quiera las pulguitas a las que un día amé en secreto rellenas de salchichón de Setenil… a mí lo que me gustaban eran los molletes de Espera, ligeramente pasados por la plancha y rellenos con un poquito de jamón, de ese atocinado fundente.

Mi madre ya lo sospechaba cuando yo era pequeño, cuando en la panadería de la plaza pedía las "pachangas" que eran como los molletes en gordo. Un día creí que sucumbiría al encanto francés de la baguette, pero ví que eran como las tortillas francesas… vacías por dentro.

Recuerdo que intentaron enamorarme con aquellos bollitos blancos que salían en los dibujos animados de Heidi y en mi época juvenil, cuando lo que vale es el grande ande o no ande, llegué a flirtear con los manoletes llenos de mortadela de aceitunas, pero siempre quedaba el mollete en mi retina y jamás olvidaba el perfume del jamón de su interior.

Eso sí, jamás nadie me cogió con un pan bimbo en la mano… ni los shangüis mixtos lograron pervertirme. Hoy 26 de julio de 2017 salgo del armario y me confieso molletesexual.

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