Memoria del río

02 de enero 2026 - 03:04

Sigue abierta la exposición fotográfica Río de la Miel, organizada por la Asociación Memoria de Algeciras. El recuerdo es compañero de viaje apetecible pero infiel, capaz de revestirse de seductoras máscaras de amable e inexacta subjetividad; sin embargo, cuando se asocia a la imagen alcanza cotas de verosimilitud cercanas a la más rigurosa escritura notarial. Podemos contemplar en el centro documental José Luis Cano cuadros con paspartú blanco y enmarcados en negro que recogen diferentes enfoques del río de la Miel procedentes de colecciones personales y de colectivos ciudadanos que mantienen encendida la llama de lo que fuimos. Se están exponiendo grabados decimonónicos, fotografías de lavanderas, del curso bajo, del puente del Matadero, del de la Conferencia, de las Bandas, de hoteles emblemáticos, del arquitectónico guardián del cauce -de abigarrados estucos y torreón circular-, del último viaducto, del paso del tren, del proyecto de soterramiento, de nuevas salidas al mar, de perspectivas con cauces de tierra, de túneles y desvíos que dejaron a la ciudad huérfana del río y sus orillas.

En muchas fotografías se cuela, desapercibida, la vieja fachada de la casa de mi abuela: pared con pared con el inmenso y ostentoso edificio de los Gaggero; una especie de David junto a Goliat, sin ser uno David ni el otro Goliat. Desde un balcón entonces ruinoso, que temblaba periódicamente con el paso de locomotoras y vagones camino del puerto, contemplaba de niño los elegantes hoteles de la otra banda y las puntas de las araucarias entre los torreones de la Villa Vieja. Delante discurría un río que fue muelle, divisoria, bocana y origen de la riqueza de una ciudad y un puerto que lo han vejado a lo largo de los siglos. Laurie Lee lo definió en los años treinta como una estancada cloaca y en los míos de infancia mostraba en sus aguas la negra suciedad de los desechos y el abandono. Su renombrada pestilencia y la riada de san Antón de 1970 fueron los detonantes de su perdición. En vez de depurar sus aguas, con el beneplácito de muchos se decidió sepultarlo para no verlo y así cubrir inoperancias y vergüenzas. En apenas cuatro años, el río que dio sentido a las Algeciras fue sepultado bajo capas de hormigón y desidia.

Cincuenta años después, el río permanece bajo tierra. Solamente la concienciación ciudadana -creciente en estos tiempos- podría impulsar el rescate del antiguo cauce. Exposiciones como la que aún podemos contemplar igual ayudan a que la llama de la esperanza se avive.

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