Su propio afán
Enrique García-Máiquez
Rey de reyes
La educación común debe consistir en formar a nuestros hijos en valores compartidos que les permitan ser personalmente independientes y socialmente solidarios para que hagan posible el progreso, en su sentido de mejora y perfeccionamiento, fruto de siglos de avances éticos nunca lineales y sin retrocesos. Y en conocimientos que, además de permitirles desarrollar los talentos que tengan para ganarse la vida honradamente, les capaciten para poder elegir lo mejor que el ser humano ha creado, desde los poemas homéricos y el Pentateuco hasta hoy, sin que nadie quede marginado de su disfrute por carencias económicas.
La educación religiosa debe consistir en formarlos para que esos valores comunes se abran a la trascendencia, se asienten en la Ley con mayor fuerza aún que en las leyes, pongan la importancia y dignidad única de cada ser humano por encima de toda otra consideración como solo puede hacerlo quien se siente hermanado con todos por ser hijos de un mismo Dios.
Hay un punto de encuentro entre ambas educaciones: la enriquecedora tensión entre Jerusalén, Atenas y Roma. Lo que, en palabras de un filósofo, Manuel Reyes Mate, se expresa así, apelando a Hermann Cohen, Franz Rosenzweig o Walter Benjamin: “Sólo una Europa animada por Atenas y Jerusalén puede ser realmente universal y entrar en el siglo XXI sin el espíritu de fracaso que anuncian tantos críticos de la Modernidad” (De Atenas a Jerusalén, Akal, 1999). O lo que, en palabras de un teólogo y papa, Benedicto XVI, se expresa así: “La cultura de Europa nació del encuentro entre Jerusalén, Atenas y Roma; del encuentro entre la fe en el Dios de Israel, la razón filosófica de los griegos y el pensamiento jurídico de Roma. Este triple encuentro configura la íntima identidad de Europa” (Discurso ante el Parlamento alemán, 2011).
Esta noche, a quienes educan a sus hijos a las luces de Atenas y Jerusalén en la razón y la fe, les toca la hermosa tarea de enseñarles que los Reyes Magos existen con la misma realidad de existencia del Dios al que adoraron; que no es una bella ilusión, sino la expresión del amor de Dios a los hombres, naciendo; del amor de los hombres a Dios, adorándolo; y del amor de los padres a sus hijos, educándolos en una fe que no excluye la razón y una razón que no niega la fe. Dedicado a mis nietos.
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