Groenlandia está cerca

15 de enero 2026 - 03:05

Escuchaba hace poco las declaraciones sobre la crisis de Groenlandia de un representante de un partido político al que las encuestas sitúan en tercer lugar en el escenario político español y, por tanto, con posibilidad real de acceder a un posible Gobierno de coalición en un futuro, que me causaron gran perplejidad. Básicamente apoyaba las amenazas de Trump alegando que Groenlandia es una cuestión muy lejana que no debía preocuparnos.

En mi opinión, por el contrario, las bravatas y amenazas de Trump y su cohorte de secuaces y matones en relación con Groenlandia son extraordinariamente preocupantes para todos los europeos. Por lo pronto, la amenaza del uso de la fuerza es ya, sin necesidad de que se produzca un ataque, una manifiesta violación de la Carta de las Naciones Unidas (en concreto de su artículo 2, párrafo 4º) que prohíbe expresamente la amenaza de la fuerza en las relaciones internacionales.

Es un hecho bastante claro y conocido que el Gobierno de los Estados Unidos actúa impunemente en contravención de las normas básicas de derecho internacional, pero, por el contrario, para nosotros los europeos el respeto al derecho debe ser el núcleo central de nuestro modelo civilizatorio. Y por ello, las amenazas a Groenlandia deben entenderse como unas amenazas reales a todo el sistema institucional de la Unión Europea y del conjunto de estados que la conforman. No se trata sólo de un territorio, se trata de un modelo de civilización. Es obvio que Europa no puede hacer frente a los Estados Unidos en el ámbito militar, pero frente a la cautela y el miedo actual, debe encontrar la vía de reforzar su identidad, defender sus valores y principios y hablar alto y claro.

Por supuesto, esto no es fácil cuando gran parte de los enemigos de la Europa de los valores se encuentran dentro de Europa en forma de movimientos nacionalistas y populistas iliberales que a la sombra de Trump y Putin se multiplican aprovechando las grietas existentes en las sociedades occidentales. En definitiva, Europa está en una peligrosa encrucijada que puede conducir por un lado a su desmantelamiento, pero también, por otro lado, paradójicamente a su reforzamiento como comunidad basada en el derecho.

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