Crónicas levantiscas
Juan M. Marqués Perales
Un superdomingo de junio
Todos contaremos que era un gran periodista, importante asesor de Adolfo Suárez para quien escribió sus mejores discursos en sus primeros años de presidente. Todos contaremos que fue el gran cronista de aquellos tiempos en los que España emprendía una nueva etapa que hizo historia, y que Fernando Onega trabajó en infinidad de medios, se hizo un nombre, en mayúsculas, en prensa, radio y televisión.
Solo los que le hemos querido y nos hemos sentido queridos por él, podremos añadir que, además de todo eso, Fernando Ónega era un gran hombre. Un grandísimo hombre. Un compañero excepcional. Un amigo entrañable, un periodista de categoría que sin embargo jamás presumió de nada. Bueno, sí, presumió de ser gallego de una aldea de Lugo, donde encontraba refugio y la gente con la que se sentía a gusto, sus amigos de siempre y sobre todo su mujer y sus tres hijos. Las chicas, periodistas; el pequeño, Fernando, estudió una carrera que su padre no sabía explicar muy bien, se hacía un poco de lío con las cosas de ingeniería y consultorías, pero sin la pasión del periodismo. Por ahora, porque con los Onega nunca se sabe.
Fernando creó las tertulias de radio cuando regresaba a los estudios de la Ser con Manuel Antonio Rico después de asistir a un almuerzo periodístico que derivó en apasionante debate político. “Esto sería estupendo en la radio”, e inventaron una tertulia. Dirigió de todo en cadenas de radio y de televisión, trabajó en dos de los más importantes periódicos de los tiempos franquistas, Pueblo y Arriba, donde supo lidiar inteligente y sabiamente con las limitaciones que imponía la censura. Fue jefe y periodista de a pie, analista e informador, y escribía cartas tan sentidas que un día le llamó un oyente para pedirle que le escribiera una para mandársela a su mujer, a la que había abandonado malamente hacía muchos años. Quería que le perdonara y le acogiera en casa. Fernando escribió la carta. Con éxito.
Tenía Fernando una tropa de amigos incondicionales, de todas las edades, procedencias y oficios. Con ellos desplegaba una sensibilidad y cercanía poco habituales en un periodista con apenas tiempo para sí mismo. Era un hombre con sorna, con ironía, y muy directo. Podría ser el hombre tranquilo que interpretaba John Wayne, pero de vez en cuando demostraba tener carácter. Pero siempre sin elevar el tono de voz. Ni un grito. Un pedazo de sentimental, se desvivía por su familia y amigos, a los que nunca fallaba. Jamás un escaqueo, un ponerse de perfil, un no puedo.
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