En tránsito
Eduardo Jordá
Una extraña fascinación
Hay una idea repetida por antropólogos: la civilización comenzó el día en que alguien encontró un fémur humano curado. En la naturaleza, un animal con la pierna rota muere pronto. No puede huir, ni cazar, ni seguir a la manada. Pero un fémur soldado cuenta otra historia: alguien cargó con el herido, lo alimentó, lo protegió durante semanas. Alguien decidió no abandonarlo. Ese gesto —silencioso y elemental— pudo ser el primer acto de civilización.
Desde entonces, la humanidad ha levantado ciudades, universidades, hospitales y leyes. También ha levantado muros, trincheras y ejércitos. Nuestra historia es un combate permanente entre el impulso de cuidar y la tentación de dominar.
Hoy el mundo vuelve a mostrar ese rostro dual. Lo vemos en la tragedia que asola a Gaza, en la guerra abierta tras la invasión rusa de Ucrania o en la tensión política y social que atraviesa Irán. Las víctimas cambian de nombre, pero la pregunta sigue siendo la misma: ¿somos capaces de recordar por qué empezamos?
La historia demuestra que los humanos sobreviven cuando cooperan. Ocurrió tras la devastación de la Peste Negra, cuando ciudades enteras reconstruyeron la vida común. O tras la destrucción de la II Guerra Mundial, cuando naciones enemigas decidieron colaborar para levantar Europa. En los peores momentos, la supervivencia no llegó del egoísmo, sino de la ayuda mutua.
Sin embargo, todavía surgen voces que exaltan la fuerza desnuda o el interés propio como si fueran virtudes supremas. A veces esas voces ocupan tribunas de poder: Vladimir Putin, Benjamin Netanyahu y Donald Trump. Pero incluso ellos dependen de algo mucho más antiguo que sus discursos.
Porque si retrocediéramos cuarenta mil años y uno de ellos hubiese caído en la sabana con el fémur roto, su destino habría dependido de una sola decisión: que otro ser humano se inclinara para ayudarle.
Ahí empezó todo. Y por eso conviene recordarlo, especialmente a Donald Trump: la civilización existe porque alguien, un día, decidió cuidar al que tenía el fémur roto.
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