Su propio afán
Enrique García-Máiquez
Unipartido
Los más avezados palmeros del Gobierno coinciden en el diagnóstico/anuncio: Pedro Sánchez aprovecha su descanso navideño para “pensar en un giro, un golpe de efecto” que contrarreste la sensación de hundimiento que han dejado las elecciones de Extremadura. Giros para quedarse en el mismo sitio y golpes de efecto sin efecto, la especialidad de la casa.
El presidente y su selecta, y reducida, mesa camilla buscan golpes de efecto y giros que frenen la caída estrepitosa sufrida en las recias tierras extremeñas. Se comprende: era la primera ocasión en la que se ponía a prueba la solidez del PSOE desde el estallido de los casos de corrupción y acoso sexual en su propio núcleo duro mientras el frente penal adverso continúa avanzando sin prisa pero sin pausa.
También era la primera vez que las políticas fundamentales y las estrategias más queridas por Sánchez (la mejora de la economía y el empleo, el escudo social y la subida de pensiones y sueldos funcionariales, la crispación y la polarización de la vida nacional, el PP rehén de la ultraderecha, la España plurinacional) eran sometidas al dictamen de una parte significativa del electorado.
No una parte cualquiera, sino una comunidad autónoma que se ha pasado varias décadas respaldando –salvo dos breves excepciones– a sus gobernantes socialistas, un auténtico granero del PSOE con Felipe y con Zapatero e incluso con el primer Sánchez (en 2019 sacó el 39% de los votos frente al 26% del PP, unos 70.000 votantes más). Territorio amigo, pues, que parece haber cambiado de bando precisamente en el segundo mandato de Pedro Sánchez, no antes.
Explicación socorrida y banal: es que el candidato, Miguel Ángel Gallardo, no daba la talla, restaba más que aportar. Vale, pero eso explica tal vez la derrota, no las dimensiones desastrosas de la misma. Que PP y Vox sumen el 60% de los votos en Extremadura, que el PSOE se haya desplomado en todos los distritos electorales y entre los votantes de todos los tramos de renta y que la ultraderecha haya avanzado sobre todo en los barrios habitados por familias con bajos ingresos, no puede ser obra del pobre Gallardo. Quien, por cierto, no era un camisa vieja del sanchismo, sino un sanchista sobrevenido, sanchista de David Sánchez, al que colocó en la Diputación de Badajoz, razón por la cual será juzgado dentro de un rato. El otro Sánchez, Pedro, perdonó su susanismo anterior y lo condujo de la mano al matadero extremeño.
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