Crónicas levantiscas
Juan M. Marqués Perales
Manotazos de ahogado
Las vacaciones, no. En esto, como en otras muchas cuestiones, discrepo del señor Núñez Feijóo. Pero la felicidad, sin duda, sí que está sobrevalorada. No sólo porque se trata de una quimera, sino por lo que, a pesar de ello, sacrificamos para perseguirla y por lo que nos esforzamos inútilmente con tal de alcanzarla. Es como esa piedra que en su castigo Sísifo se veía obligado a subir una y otra vez a la cima de la montaña. Y nos olvidamos de que no somos más que el sueño de una sombra, o una sombra que sueña, que diría Píndaro.
Esto es lo que viene a concluir, entre otras cosas, Emilio Lledó, en su ensayo titulado Elogio de la infelicidad, y eso es también lo que yo creo. Aunque es muy posible, lo admito, que sobre este particular, como sobre tantos otros particulares, ande yo bastante equivocado.
La existencia es una carrera de obstáculos y conflictos. El sufrimiento cumple su función y purifica. No puede haber enriquecimiento espiritual en un supuesto estado de felicidad permanente que, además, no es ni verosímil ni posible. El conocimiento y la creación, como dar a luz, son fruto del dolor. Esta es una creencia antiquísima, que hunde sus raíces en el hinduismo, el orfismo de la Grecia clásica, el budismo y el estoicismo –así, por este orden– y que continúa vigente.
Aceptar retos, por muchas dificultades que entrañen, y no eludirlos, es la clave. No voy a decir eso de “para crecer como personas”, que resulta muy manido, pero sí para emanciparnos de la tiranía que nos impone la búsqueda de la comodidad y los placeres inmediatos.
Estar todo el día de fiesta, como si el mundo fuera jauja, no es nada recomendable para el alma, tampoco para el cuerpo y mucho menos para la inteligencia, por muy joven que se sea. Tempus fugit. Y, si nos descuidamos, se nos va en un suspiro. Al igual que Sócrates, precursor del autoconocimiento, yo también soy de los que piensan que “una vida no reflexionada no merece la pena ser vivida”.
La infelicidad, por tanto, no es un mal del que haya que rehuir, sino el precio que los seres humanos hemos de pagar para aproximarnos a un “bienser” deseable –me apropio del término acuñado por el filósofo sevillano– a costa de renunciar a un poco de nuestro aparente bienestar.
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