Crónica Personal

Suerte y audacia. El sentido de Estado del PP

Suárez y Sánchez son ejemplos de políticos audaces, aunque sus objetivos no podían ser más opuestos

Los perfiles de Adolfo Suárez y Pedro Sánchez, y los tiempos que a cada uno les ha tocado atravesar, no pueden ser más diferentes. El primero enfocó toda su energía en transformar una dictadura con avanzados signos de putrefacción en una democracia plena. Fue la operación más delicada y trascedente del último siglo de historia de España. El segundo ha empleado arte y artimañitas, de hecho lo sigue haciendo, sin otro fin que el de mantenerse en el poder el máximo tiempo posible. Pero a los dos los une un denominador común que no es muy frecuente encontrar: han utilizado una audacia infinita en estrategias por las que nadie hubiera dado un duro y a los dos los acompañó la suerte en los empeños más arriesgados.

Suárez hizo cosas inimaginables en su momento. Llegó a la Presidencia del Gobierno en una operación rocambolesca directamente desde la secretaría general del Movimiento. Convenció a la Cortes corporativas de que se autodisolvieran. Creó un partido, la UCD, en el que forzó a convivir una amalgama imposible de intereses, pero que le sirvió para transitar él mismo por el poder. Legalizó al Partido Comunista jugando al límite con una posible sublevación militar... En cualquiera de esos momentos podía haber fracasado, pero arriesgó y ganó.

Sánchez fue echado a patadas de su partido. Volvió y ganó unas primarias en las que nadie apostaba por él. Promovió una moción de censura contra Rajoy que tenía todas las papeletas pasa salir mal. Prometió una y mil veces que no pactaría con Pablo Iglesias, pero lo colocó de vicepresidente y logró urdir alianzas que le garantizasen la permanencia en la Moncloa. Arriesgó al máximo con los indultos a los condenados del procés y dio una vuelta más de tuerca con la amnistía, poniéndose en contra incluso a una parte muy significativa de su partido. El domingo pasado consiguió que su candidato ganara las elecciones en Cataluña y que el bloque independentista se hundiera y perdiera la mayoría. Cómo termine esta partida es algo que todavía está por ver, pero buena parte de sus objetivos están cumplidos.

En la política, como en tantas otras facetas de la vida, la audacia es un elemento consustancial. Si no se toman riesgos y se tienta a la suerte no se va a ningún sitio, sobre todo en situaciones complicadas en las que lo previsible no sirve. Tanto Suárez como Sánchez son ejemplos de políticos audaces, aunque uno pusiera ese atributo al servicio del futuro de su país y el otro al de sus propias ambiciones personales.

EL premio a la falta de rigor y consistencia lo gana de calle el sanchismo (cuesta decir socialismo, o PSOE, porque los que conocemos ese partido desde hace décadas no lo reconocemos en los dirigentes y las políticas actuales). Ya están transmitiendo que PP y Feijóo carecen de sentido de Estado, que si lo tuvieran echarían un cable a Salvador Illa para que no dejara el Gobierno catalán en manos del independentismo. Sin embargo, los mismos que consideran al PP un partido que vive de ir contra cualquier propuesta del Gobierno y carece de proyecto propio, son incapaces de juzgarse a sí mismos.

Hace falta una cara muy dura para lanzar ese tipo de mensajes, además de tener escasa consideración hacia la inteligencia y sabiduría de los españoles, a los que toma por ciudadanos que no tienen idea de cómo se las gasta el Gobierno actual. Sus engaños, la gravedad de firmar acuerdos con partidos que jamás aceptarían como socios formaciones democráticas, partidos que en un caso desciende de una banda terrorista y aún no ha sido capaz de condenar los asesinatos y muertos que lleva a sus espaldas y, en otros, son partidos que pretenden escindirse de España y se jactan de no respetar la Constitución. Ante ellos, Sánchez ha cedido promover indultos, amnistía, abolición de unos delitos o reducción de penas, con el fin de mantener el poder.

Un partido, el sanchista, que además de todo lo descrito, ni siquiera respeta la libertad de sus más destacados militantes, a los que ha laminado por no someterse al criterio del supersecretario general. Súper porque en ningún caso puede ser cuestionado. Y cuando cambia de criterio, exige que también lo cambien sus acompañantes, aunque sea a costa de perder su dignidad. Puso en la calle a Leguina y Redondo por empeñarse en mantener sus principios, y ahora abre un expediente nada menos que a Javier Lambán, que prefirió ausentarse del pleno en el Senado antes que aprobar una ley de amnistía que, igual que Sánchez hasta hace unos meses, considera claramente inconstitucional. Si García Page estaba en el filo de la navaja, ahora Lambán ha sido sancionado con la apertura de un expediente más una multa.

Con estas mimbres, ¿cómo pueden acusar a Feijóo de falta de sentido de Estado? Con los resultado de las elecciones catalanas en la mano, un partido serio y que busca lo mejor para su país, no dudaría en ofrecer sus escaños a Salvador Illa para impedir una Cataluña mangoneada por Puigdemont. Pero, ¿qué hacer cuando es el sanchismo quien ha dado alas a Puigdemont, ha aceptado sus chantajes y exigencias, da ejemplo permanente de incumplir sus promesas y se alía con lo peor de cada casa?

En falta de sentido de Estado el primer premio sería para Pedro Sánchez.

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