Cultura

El ocaso dorado

Borges, que tanto le debió a la extravagante perspicacia de G. K, Chesterton, hablaba de la "felicidad pueril o divina que traslucen todas sus páginas". Y ello, probablemente, por la efectiva mezcla de humor paradójico y apacible entusiasmo con que abordó los grandes temas del XX. Sin embargo, el fondo último de Chesterton tal vez no sea la felicidad. Al cabo, felicidad es la palabra máxima del siglo ilustrado, que el esritor inglés deploraba por ineficiente. Felicidad fue el turbulento sueño inalcanzable de la mocedad romántica. Lo que sustenta la obra de este genio tocado por la gracia bien pudiera ser la alegría. Una alegría teológica, medival, profundamente humana, cuyos fundamentos son los mismos que encontramos en la biografía de Chaucer que hoy sometemos a glosa y escrutinio.

Así, en este Chaucer de Chesterton nos topamos con eso que Huizinga llamó El otoño de la Edad Media, y que el siglo XIX sólo había contemplado desde la perspectiva del arbitrio feudal y un cierto terror gótico. En efecto, el Romanticismo encontró en el Medievo una lejana excusa para especular con lo maravilloso y lo terrible. No obstante, los grandes historiadores del XX (Le Goff, Runciman, Duby, Delumeau, etc.), precedidos del mencionado Huizinga, supieron dar una visión mucho más compleja y exacta de aquella dilatada época. Cosa pareja hace Chesterton al abordar la misteriosa figura del autor de los Cuentos de Canterbury. Nueve años después de la publicación de El otoño de la Edad Media, el Chaucer de Chesterton (1932) venía a reivindicar el fastuoso colorido, la complejidad filosófica y el nutritivo suelo espiritual de la Europa del XIV. Como es lógico, el infatigable polemista que hay en Chesterton aprovecha la exégesis de aquella hora para sacudir cuanto de torpe o indecoroso descubrió en la suya. De igual modo, las deslumbrantes conclusiones a las que llega el escritor tienen el perdurable encanto de la originalidad y una inteligencia festiva. Y ésa es, precisamente (la originalidad), lo que une de manera radical al biógrafo y al biografiado: la originalidad en cuanto que origen, en cuanto que mirada primera y sorprendida sobre la inmensa variedad del mundo.

No es casualidad, sino lo contrario, que Chesterton abordara la figura de San Francisco de Asís y William Blake en otros ensayos tan admirables como éste. En todos ellos, en el alegre y generoso Chaucer, en el viriginal Poverello, en el alucinado Blake, lo que hallamos es una visión originaria, apocalíptica o primaveral, de la Creación y sus días. Así ocurre en el Medievo "inmenso y delicado", como lo llamó Verlaine, que cruza este Chaucer amonedado por Chesterton. Un Chaucer, por otra parte, cuya felicidad radica, no en saberse un fin de época, el último de un linaje o de una era, sino el despreocupado dueño del camino y la brisa.

G. K. Chesterton. Espuela de plata. Sevilla. 285 págs, 16 euros.

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