Cultura

Una y mil formas de escuchar

  • El compositor Sánchez-Verdú estrena en el Festival de Música y Danza ‘Libro de las Estancias’, una obra que traza un peregrinaje a través de las miradas árabe y occidental basado en la arquitectura

José María Sánchez-Verdú ha creado para el Festival de Música y Danza una partitura por la que, literalmente, se puede caminar. Libro de las Estancias es como un edificio proyectado en el futuro pero que hunde sus raíces en los espacios y las luces de dos miradas, la árabe y la occidental.

Estructurada en siete piezas (o estancias) la música comienza en el desierto y recorre a través de imágenes poético-sonoras el plomo, la memoria, la piedra, el laberinto, el alabastro y la escritura. “El público puede moverse por ella, levantarse de la silla y guiarse por las voces o los instrumentos que prefiera”, como explicó ayer en la presentación.

El compositor algecireño estrena hoy la obra en el cubo de la sede central de CajaGranada con el contratenor Carlos Mena, la voz árabe de Marcel Pérès, un piano, dos coros, dos grupos de cuerda, dos grupos de metales, auraphon y electrónica en vivo. Libro de las Estancias une antigüedad y contemporaneidad gracias a ecos de textos y músicas pasadas y a la presencia de la electrónica o el instrumento llamado auraphon, desarrollado en el Experimentalstudio für akustische Kunst de Friburgo con Joachim Haas.

Sánchez-Verdú partió de la absoluta libertad que le ofreció el Festival para componer una pieza compleja que no busca la comprensión sino la emoción. Lo dijo ayer: “El arte no está hecho para entender sino para sentir”.

Se dan cita en Libro de las Estancias múltiples “juegos de ficciones”. El juego del lenguaje que parte de dos textos fundamentales para representar las visiones árabe y occidental. En la primera recupera los Libros Plúmbeos, y para la segunda el Codex Calixtinus, conservado en la Catedral de Santiago y que recoge un gran número de textos y piezas musicales en torno al Apóstol Santiago.

Pero también el juego de las voces con Carlos Mena, que simboliza el mundo cristiano, y Pérès, que es la voz de los moriscos y refleja el pasado islámico y la tradición oral. Ambas voces conviven con elementos de la electrónica que “empapan cada rincón de la partitura”, explicó Sánchez- Verdú.

Otro juego fundamental es el que se crea entre orquesta y público, que entra a formar parte activa de un espectáculo “pluridimensional”. Por eso Libro de las Estancias es “una y mil diferentes formas de escuchar”, como la describió.

Las paradojas sonoras confluyen con la sinestesia que el compositor suele crear, con influencias arquitectónicas, literarias y pictóricas. Ya pasaba en sus anteriores El viaje a Simorgh o Aura. Sánchez-Verdú es capaz de crear una ecuación perfecta de sonido, espacio y luces, donde las paredes se “iluminan” gracias a las resonancias del auraphon.

Se produce un “enfrentamiento de orden creativo” como ocurre en la arquitectura árabe y cristiana. Dos formas diferentes  de materias, texturas y geometrías ante los conceptos de espacio y tiempo. El arquitecto musulmán suele avanzar concatenando y superponiendo espacios mientras que el cristiano traza el plano y expande el espacio adaptándolo a la planta. Ese choque conceptual y artístico lo ejemplifica el compositor en el palacio de Carlos V y el espacio de la Alhambra, “donde se produce un choque entre dos ficciones que crean una energía tremenda”. En la obra pasa algo parecido.

Dirigida por Sánchez-Verdú y Joan Cerveró, está coproducida por el Institut Valencià de la Música (IVM). Cerveró explicó que la música, “tanto la que fue, como la que está y la que será, tiene todavía mucho que decir del hombre”.

Pérès destacó la labor de investigación que el compositor lleva a cabo en sus obras, “un trabajo microscópico que encuentra en la música antigua la semilla de una nueva música”. Mena elogió, por su parte, el “enorme respeto” que Sánchez-Verdú muestra “hacia la voz y los instrumentos”.

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