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Las formas que vuelan

  • Con la mezcla de sabiduría y amenidad que lo caracteriza, Rüdiger Safranski traza en esta obra la biografía del Romanticismo a través de autores como Hegel o Wölfflin

Siguiendo una vieja tradición romántica, el ensayista Rüdiger Safranski presenta Romanticismo. Una odisea del espíritu alemán, estupenda obra donde se analizan, no sólo los reducidos márgenes temporales de aquella estética, sino la pervivencia de su ideología, de su visión del mundo, más allá de las décadas del XIX que acogen este brote de individualismo agónico nacido, por ejemplo, de la Historia de Herder (tan del gusto de Arzalluz), o del "fastidio universal" de nuestro Meléndez Valdés, genio proto-romántico. Así, para Safranski, hay un fondo romántico en la Alemania que marcha triunfal a la Grand Guerre, como hubo un romanticismo, trufado de ciencia y tecnología, en el ideario nazi del año 33 o en el existencialismo de posguerra y el mayo del 68.

Esta pervivencia de lo romántico como categoría, como constante histórica, es una antigua preocupación heredada de Herder, de Hegel, del propio Spengler, o bien de los teóricos del arte Wilhem Worringer y Heinrich Wölfflin. Es Worringer, con su Abstracción y Naturaleza, quien postula una división entre el arte lineal, de forma clásica, y aquél otro que tiende a la imitación y confusión con el entorno. Sin embargo, la inclusión del Romanticismo en una categoría mayor, de carácter cíclico, es don Eugenio d'Ors quien la postula, año 31, en su maravillo ensayo Lo barroco. Ahí se define un eón barroco, universal y multiforme, enfrentado a un eón clásico, que atraviesa las épocas y nutre el fondo último del Gótico, del Barroco histórico, del Romanticismo, del Simbolismo, del arte hindú, del Surrealismo de bretón, del fauvismo de entresiglos, del Picasso fascinado por las máscaras africanas, y en suma, de todo aquello que propende a la evasión, a lo volátil, a lo inaprehensible, a "las formas que vuelan" del alado Bécquer, frente a "las formas que pesan" del Partenón, Miguel Ángel o Andrea Palladio. De este modo, Barroco, o sea romántico, es la necesidad de confundirse con la Naturaleza, de anegarse en ella, de sumergirse, anónimo y feliz como Robinsón, en una selva umbría. Barroco es el impulso de disolverse en la infinita proliferación del cosmos, en un caos originario que es también Paraíso, comienzo, Apocalipsis. Romántico, o sea Barroco, es la fatiga de vivir, el entusiasmo de estar vivo, la electrizante dicha de sentirse amado y el abismo sin fondo que viene con el desamor, con el olvido, con la aciaga trompetería de la muerte. Barroco es amar la noche y esperar de ella lo imposible. "Y no hallé cosa en que poner los ojos/ que no fuese recuerdo de la muerte", escribe Quevedo, citando a Séneca, dos siglos antes de que los jóvenes se suicidaran siguiendo el ejemplo de Werther, o de que las muchachas se enamoraran leyendo a Byron. Todo eso es barroco, según d'Ors, el formidable antagonista de Ortega y Gasset. Todo eso es romántico, según Safranski, que cita a Novalis e ignora el Gótico y su ojiva, su nervadura arborescente, puro eón barroco, nacido de la oscuridad germana.

Y es esta reducción, a nuestro juicio, la que induce a Safranski a matizar la continuidad romántica del nacionalsocialismo, cosa que sí vieron Thomas Mann, Lukács e Isaiah Berlin. Matización, por otra parte, con argumentos rigurosos, basados en la pátina científica y en el biologismo del ideario nazi, y cuya raíz romántica/barroca se halla en esa concepción de la Naturaleza, del linaje, de lo determinado, como única forma de enjuiciar al hombre. Sin embargo, la política es aquello que se construye al margen y a la contra de la Naturaleza. La política no es biología; es transacción y raciocinio, pacto entre iguales, logro humano. De esta forma, el eón romántico de Safranski se infiltra en la pureza aria, de la mano de Wagner y de Nietzsche, pero también de Heidegger, y niega la democracia como espantoso engendro de los débiles. Romanticismo, en fin, cuyo subtítulo nos lleva a preguntarnos si en verdad existe un espíritu alemán, si fue una odisea teutona aquel estremecimiento que sacudió al siglo, es un libro tan polémico como sugestivo, y en cualquier caso brillante, documentado, excepcional.

Rüdiger Safranski. Tusquets. Barcelona, 2009. 379 páginas. 24 euros.

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