EL reciente y rotundo “No a la guerra" pronunciado por el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, no es solo un recordatorio de nuestra brújula moral, sino un anclaje vital en tiempos de zozobra. En este mundo hiperconectado, resulta alarmantemente fácil perder el norte, dejándonos arrastrar por relatos falsos y por la corriente nefasta que marca la ultraderecha global, con ese peculiar estilo de gobernanza que podríamos definir, siendo generosos, como las políticas caóticas de Donald Trump. Frente al ruido ensordecedor de quienes prefieren exacerbar los conflictos y polarizar a la sociedad, la defensa de la paz y de la diplomacia es el primer paso indispensable para proteger nuestra democracia.
No podemos entender el momento de profunda polarización que vivimos sin analizar cómo circula la información en nuestras sociedades. En su reciente libro Nexus, el historiador Yuval Noah Harari plantea una tesis demoledora que me gustaría utilizar como hilo conductor: las redes de información humanas no están diseñadas necesariamente para difundir la verdad, sino para crear un determinado orden social. El problema actual es que, impulsados por algoritmos y por un populismo descarnado, el “orden" que algunos pretenden construir se basa precisamente en el enfrentamiento perpetuo y la polarización sistemática con el uso de las mal llamadas fake news.
Para la socialdemocracia, esta polarización no es una mera incomodidad electoral; es una amenaza existencial. Nuestro proyecto se basa en la racionalidad, en la defensa de los derechos humanos y en la convicción humanista de que las personas no somos mercancías, sino ciudadanos libres e iguales. Si el debate público se sustituye por la trinchera y la mentira, desaparece el terreno común donde se construyen los grandes pactos, el Estado de bienestar y los cimientos de la igualdad de oportunidades.
Desde una perspectiva filosófica, la raíz de este agotamiento democrático la explica magistralmente Byung-Chul Han. En obras como Infocracia o La sociedad del cansancio, el pensador nos advierte de cómo la digitalización y el exceso de información han socavado la acción comunicativa. Hemos sustituido el diálogo argumentativo, pausado y respetuoso, por el afecto efímero y la indignación viral. Han nos recuerda que, en esta sociedad del rendimiento y el ruido, la verdad se diluye, dejando a los ciudadanos a merced de quienes mercantilizan sus emociones. Y aquí radica el nudo gordiano: combatir la desigualdad, especialmente entre mujeres y hombres, o impulsar una transición ecológica justa, requiere tiempo, pedagogía y alianzas; requiere todo aquello que la polarización mediática destruye en cuestión de segundos con un tuit incendiario.
Llegados a este punto, la pregunta es inevitable: ¿cómo debemos actuar para situarnos en el lado correcto de la historia? La respuesta, como casi siempre, la encontramos volviendo a nuestros clásicos modernos. El historiador y ensayista Tony Judt, en su imprescindible Algo va mal, nos legó un mandato ineludible: debemos recuperar el coraje de hablar del bien público. Judt nos enseñó que la socialdemocracia no es una reliquia del pasado, sino la única arquitectura institucional capaz de proteger la dignidad humana frente a los excesos del mercado desenfrenado y del autoritarismo excluyente.
Estar en el lado correcto de la historia exige un patriotismo cívico, alejado de los nacionalismos excluyentes; un patriotismo de derechos, obligaciones e instituciones que nos movilice por nuestra pertenencia a Andalucía, España y a la Unión Europea. Significa abrazar, con rigor y sin falsas promesas, los 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) de la Agenda 2030, entendiendo que el humanismo y proteger nuestro planeta no son caprichos estéticos, sino compromisos intergeneracionales de supervivencia.
Como servidor público he aprendido que los grandes cambios no se logran jugando con las esperanzas de la gente ni gritando más alto que el adversario. Se logran con datos ciertos, con buena regulación económica, con educación y, sobre todo, con un profundo respeto por el otro.
Hay intereses que nos invitan a un banquete de odio y verdades alternativas que a corto plazo puede resultar embriagador, pero que a la larga nos deja una resaca de desigualdad institucionalizada y fractura social. Frente a ello, los y las socialdemócratas debemos responder con fraternidad, promoviendo el diálogo y la cooperación. Porque defender la paz, la verdad y la dignidad humana es, y será siempre, el único camino para mantenernos firmes en el lado correcto de la historia.
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