Salud Sin Fronteras
José Martínez Olmos
Dos mundos separados
Tras la Segunda Guerra Mundial, se liquidó el orden internacional constituido en Westfalia en 1648, en el que el ius ad bellum, es decir, hacer la guerra sin necesidad de justificación alguna era un derecho absoluto. Con la creación de la ONU se instaura la obligación del arreglo pacífico de controversias y la prohibición del recurso a la amenaza o al uso de la fuerza.
La Carta de las Naciones Unidas pivotó su cumplimiento en el Consejo de Seguridad, que con todas sus debilidades ha tomado muchas medidas estabilizadoras del sistema. Me permito recordar a los cascos azules o las operaciones de consolidación de la paz y otras.
La irrupción en la escenografía internacional del presidente Trump está distorsionando todo el sistema jurídico acuñado durante décadas. Da igual que invada Venezuela, amenace a Canadá o a Groenlandia, o ahora ataque a Irán. El objetivo es decidir sobre el bien y el mal, desde la temeridad de una visión personal y personalista.
Creo que nadie discute que el régimen iraní, como tantos otros, viola los derechos humanos más elementales. Sin embargo, cuando ha habido otras circunstancias parecidas (pienso en el sistema de apartheid de Suráfrica y tantos otros), se han resuelto con el establecimiento de medidas de autoprotección, de contramedidas o de sanciones (que incluyen medidas militares, sanciones económicas y políticas o medidas judiciales). Incluso la Unión Europea ha establecido un régimen autónomo de sanciones (Decisión PESC 2020/1999).
Una vez que se rompe el Derecho Internacional en relación con el ius ad bellum, se inicia otro camino, exigiéndose la aplicación del ius in bello, que establece las reglas de la conducción de las hostilidades, porque no todo está permitido, ni siquiera en la guerra.
Su violación constituye crímenes de guerra o crímenes de lesa humanidad, que tienen una dimensión de responsabilidad penal individual. Para ello, el Derecho tiene que identificar si los ataques armados dirigidos contra Irán, son objetivos militares, independientemente de su legalidad o no. El objetivo no ha sido la destrucción de las instalaciones militares donde se desarrolla el enriquecimiento de uranio para fines militares (ya eso lo hicieron en 2025), sino que ha sido el descabezamiento del régimen iraní, es decir injerencia en sus asuntos internos. La inteligencia militar israelí, la más integrada en el territorio geográfico y cibernético iraní, ha localizado y neutralizado, con ataques selectivos que han provocado la muerte ya confirmada de Jamenei, de su ministro de Defensa y del comandante del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria.
Las represalias (mejor decir contramedidas) no se han hecho esperar y el régimen iraní ha querido involucrar a todo Oriente Próximo, bombardeando 37 bases militares de los Estados Unidos en la zona. El polvorín está llegando, incluso, más allá de Oriente Próximo y ya alcanza, por ejemplo, a Pakistán.
Y la Unión Europea ni está ni se le espera. Hasta ahora, ha sido la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, la que ha hecho declaraciones genéricas, pidiendo moderación y los presidentes de Francia y de Alemania pidiendo “estabilidad”. Pedro Sánchez, por su parte, ha sido más claro y ha rechazado tajantemente la intervención, por ser contraria al Derecho Internacional. Otros Estados miembros o se han callado o se han manifestado contradictoriamente unos con otros. Ello, probablemente explica que ni el presidente del Consejo Europeo (António Costa) ni el Presidente actual rotatorio de la UE (Chipre) hayan hecho manifestaciones, dejando la valoración a la presidenta de la Comisión.
Una vez más se visualiza la debilidad de la UE y su miedo reverencial a los Estados Unidos, que aprovecha las debilidades y el silencio europeos para liderar un cambio estructural del orden internacional. China y Rusia están en otros quehaceres, por eso solo quedamos los europeos, como garantes del Derecho Internacional, ese que nació en la Universidad de Salamanca en el siglo XVI.
El Reino Unido, afortunadamente, es más consciente de los riesgos de dejar un orden internacional en manos de una única potencia, por lo que no ha sido, ni siquiera consultado por su gran aliado los Estados Unidos, aunque ha manifestado que se unirá militarmente para los apoyos logísticos que sean necesarios.
La Unión Europea no sólo tiene intereses mundiales, sino que tiene responsabilidad global y debe apoyar el cumplimiento de las reglas jurídicas para que la ley del oeste no impere en las relaciones internacionales.
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