Algeciras CF - Real Jaén | Fase de ascenso a Segunda B El idilio del Algeciras con el minuto 87

  • Los albirrojos han ganado sus tres últimos partidos en el Nuevo Mirador en ese último instante

  • Los de Emilio Fajardo se alían con ese factor místico que también juega en el fútbol

Iván celebra el gol del Algeciras ante el Real Jaén. Iván celebra el gol del Algeciras ante el Real Jaén.

Iván celebra el gol del Algeciras ante el Real Jaén. / Erasmo Fenoy

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El fútbol es trabajo, es talento, es táctica, es conocimiento... y es también magia. Este bendito deporte, que tantas alegrías y disgustos reparte, posee un alto componente que se escapa de toda lógica. Unos lo llaman psicología, otros apelan más a la mística. Lo que ha venido a denominarse por muchos entrenadores como “dinámica” ha hecho que el Algeciras CF gane sus tres últimos partidos en el estadio Nuevo Mirador en el mismo momento: rondando el minuto 87. Lo sufrió la UD Los Barrios, luego el L’Hospitalet y el pasado domingo el Real Jaén.

El embrujo del minuto 87 ha pasado de ser una mera causalidad a convertirse en una bonita historia. Ahora nadie duda de la fe de un equipo que estuvo muy contra las cuerdas, prácticamente fuera de todas las quinielas para jugar la fase de ascenso. Y es que este Algeciras ha reenganchado a su gente haciendo creer que era posible llegar a la liguilla y haciendo creer que es posible subir a Segunda B. No ha sido cosa de dos días ni mucho menos. Detrás hay un trabajo sordo de Emilio Fajardo, el entrenador, y Miguel Ángel Berlanga, el ayudante y no hace tanto veterano de la caseta. Haciendo creer desde dentro, el Algeciras ha convencido a su afición de que la meta es posible así haya que marcar tres veces más en el minuto 87.

El idilio algecirista de los finales de partido, fraguado en esa excelente racha del último tirón de la segunda vuelta, comenzó la tarde del 19 de mayo con el derbi a cara o cruz ante la Unión Deportiva Los Barrios en el Nuevo Mirador. El Algeciras no había pisado la zona de playoff en todo 2019, pero aquel mediodía se clasificó para la fase de ascenso tras remontar el gol de Javi Forján en un último suspiro trepidante. Corría entre el 86 y el 87 cuando un centro desde la derecha de Juanjo lo cazó Karim dentro del área chica para meter a los de Fajardo en la liguilla y dejar fuera a los barreños... tras otra exhibición de Jesús Romero.

Una semana después, ya con el modo de ascenso activado, el Algeciras inició su eliminatoria con el L’Hospitalet, el subcampeón del grupo catalán de Tercera, el favorito sobre el papel. El vibrante choque disputado en La Menacha apuntaba a cero a cero cuando Tote, el niño que había zarandeado el partido desde el banquillo, robó el balón y lo puso en las botas del pichichi Antonio Sánchez. Corría el minuto 87.

El pasado domingo el algecirismo vivió otra tarde mágica y plena, con muchísimo más sufrimiento que las dos veces anteriores pero también con más orgullo por lo que hizo su equipo ante la adversidad. El Algeciras se vio sometido por el Real Jaén en el primer cara a cara de esta segunda ronda por el ascenso. Los de Fajardo perdieron la brújula del balón pero contrarrestaron a su rival con agallas y con la versión más fiera de su portero. Las circunstancias de un partido con varios minipartidos en su interior (el larguero jiennense, el penalti parado por Romero, la expulsión de Moha, el empuje de las gradas, el desgaste físico...) acabaron por inclinar la balanza de lado algecirista hasta que en el minuto 87 –¡el 87!– un balón colgado a Karim significó el penalti que Iván Turrillo convirtió segundos después en una ventaja que vale su peso en oro para la vuelta en La Victoria.

¿Casualidad o algo más? Cada uno lo entiende a su manera, pero la realidad es que este Algeciras ha conseguido inculcar una creencia entre sus seguidores casi religiosa. Podrá ganar, empatar o perder el domingo en Jaén porque el fútbol unas veces da y otras quita. Podrá clasificarse o quedarse fuera de la carrera por el ascenso, pero a este Algeciras ya no le quita nadie el mérito de lo logrado. Sin alzar apenas la voz, sin mirar por encima del hombro a ningún rival, sin un solo partido tranquilo y convencido de que hasta el rabo todo es toro.

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