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Lenin no hay más que uno

  • Las marcas internacionales conviven con naturalidad con monumentos dedicados a la URSS en las calles de las ciudades rusas

Una joven mira su móvil bajo la lluvia, ayer, ante una estatua de Lenin en Moscú. Una joven mira su móvil bajo la lluvia, ayer, ante una estatua de Lenin en Moscú.

Una joven mira su móvil bajo la lluvia, ayer, ante una estatua de Lenin en Moscú. / yuri kochetkov / efe

Viniendo de un país que tantos ríos de tinta ha hecho correr a propósito de la memoria histórica, me llamó la atención cómo los rusos asumen con naturalidad su complejo pasado reciente. Digo me llamó porque la cuestión ya no me despierta especial curiosidad a estas alturas. Lenin y McDonald's. Coca-Cola y Marx. Beverly Hills y Doctor Zhivago. Como estas duplas podríamos escribir muchas más. Decenas más.

Naturalidad. La cuestión despierta mucho más morbo a visitantes y foráneos que desde luego a los habitantes de esta ciudad de Moscú.

Mis colegas rusos no dan crédito cuando les relato la emoción que les procura allá en España a mis amigos freaks de la URSS palpar sellos usados de la Unión Soviética, hojear amarillentas obras de Lenin en español de la editorial Progreso o poder colgar en casa un póster sobre las hazañas cosmonáuticas de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas que encuentro en el fascinante mercado moscovita de Izmaylovo. "Cuando quieras te vienes a la dacha de mi abuelo y te llevas de allí decenas y decenas de objetos de la Unión Soviética que no queremos para nada y los regalas o vendes en España", me invitaba con cierta guasa mi compañero Maxim.

La Copa del Mundo de fútbol que está a punto de comenzar regalará a los visitantes inacabables metáforas. Imágenes aquí manidas, digo. Porque en cada avenida de Moscú, al igual que en muchas otras ciudades rusas, encontrarán el rostro de algún prohombre de la Unión Soviética compartiendo espacio con alguna boutique francesa o restaurante de comida rápida estadounidense. Por ejemplo, junto al McDonald's del bulevar Pushkin, fundado a comienzos de 1990 -cuando a la URSS le quedaban todavía casi dos años de vida- luce un gigantesco mural dedicado a las hazañas militares soviéticas. No en vano este local de comida rápida, el primero de Rusia, siempre a reventar, es conocido entre muchos de nosotros como el McDonald's de la URSS, con lo cual la paradoja es completa y simpática. Camino del aeropuerto de Domodédovo nunca dejo de observar la entrada del antiguo sovjós Lenin, con la efigie del líder en impecable estado.

El pasado es respetado profundamente -cada 9 de mayo, Día de la Victoria, millones de personas marchan en las urbes para recordar a sus parientes caídos en la Gran Guerra Patria- y, al mismo tiempo, los rusos no están dispuestos a perder demasiado tiempo enfrascándose en debates estériles. El orgullo nacional es tan fuerte como el deseo de abrirse al mundo y disfrutar de todo lo que éste nos ofrece. Cada fin de semana Moscú me sorprende con la apertura de algún restaurante japonés, alguna trattoria italiana y hasta con garitos especializados en paellas de quince tipos.

Lo que está en pleno desarrollo es la incorporación de las marcas e iconos de la URSS al merchandising turístico ruso. Ayer veía en los pasillos del aeropuerto una máquina retro de agua, limonada, mors, kvas y tarjún -tres bebidas muy populares de esta descomunal parte del globo terráqueo- con tipografía de la época, junto a la tienda de Chanel y el duty free. En la zona reservada a la prensa para el Mundial de fútbol, junto a la Plaza Roja, lucen carritos de helados de la marca Plombir, todo un clásico de la Unión Soviética, con el mismo diseño que nos muestran películas y fotos en sepia. "Saben tan ricos como entonces", me decía con nostalgia un vecino.

Por el momento la tumba de Lenin resiste en la Plaza Roja como si hubiera estado allí desde siempre. El mausoleo comparte espacio con una enorme tribuna instalada para los aficionados y periodistas. No sabemos si Lenin iría con la Roja. Pero sí que seguirá ahí sin hacerse notar demasiado. A nadie molesta y, al fin y al cabo, Lenin no hay más que uno.

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