La otra guerra | Crítica Malvinas, crónica de un cementerio

  • Leila Guerriero entrega un reportaje a la vieja usanza, seco y pulcro, sobre las huellas más dolorosas de la corta y dura guerra que libraron Argentina y el Reino Unido en 1982

La periodista y escritora argentina Leila Guerriero (Junín, 1967).

La periodista y escritora argentina Leila Guerriero (Junín, 1967). / D. S.

Del 2 de abril al 14 de junio de 1982 el ejército de la Argentina, gobernada entonces por la agónica Junta Militar, y el del Reino Unido de Margaret Thatcher, sometida a fuertes contestaciones sociales, libraron una sonada guerra por la soberanía de las islas Malvinas, en disputa entre ambos países desde el siglo XIX. La contienda fue dura pero corta. Los combates sólo duraron 74 días.

Quienes nacimos en 1970 teníamos por entonces 12 años. Con el tiempo la memoria se convierte en una especie de patchwork de imágenes y fogonazos coloreados. Ayer como hoy, aún estamos viendo la arenga del teniente coronel Leopoldo Fortunato Galtieri, asomado a la Casa Rosada, a las masas enfervorecidas. La Plaza de Mayo de Buenos Aires rebullía de cánticos y banderas albicelestes. El ejército argentino, al mando del general Menéndez, iba a tomar en pocos días Port Stanley, en la isla Soledad, en aquel remoto archipiélago que Argentina siempre ha considerado parte integral e irrenunciable del país.

De la primavera de 1982 jamás olvidaremos las imágenes que el telediario emitía sobre aquella guerra: buques y cruceros hundidos, cazas argentinos en vuelo rasante, Harrier británicos en despegue vertical, parajes agrestes y ventosos, desembarcos de tropas, soldados argentinos ateridos, los ingleses con los rostros cubiertos de betún y tocados con gorra granate como si patrullaran los barrios católicos de Belfast, explosiones y humaredas, columnas de soldados argentinos capturados... Y, todo ello, mientras el Mundial de España 82 iba contando sus horas para su inauguración.

Soldados argentinos leyendo la prensa en los días previos al comienzo de la guerra. Soldados argentinos leyendo la prensa en los días previos al comienzo de la guerra.

Soldados argentinos leyendo la prensa en los días previos al comienzo de la guerra. / D. S.

El 13 de junio la selección argentina –Maradona tenía 22 años– perdió contra Bélgica en el partido de inauguración del Mundial. Un día más tarde, el ejército de Argentina se rendirá oficialmente ante los ingleses, dejando atrás un bulto inerme de 649 soldados y oficiales muertos (255 bajas por parte británica). Muchos de ellos quedaron esparcidos por los fríos páramos de las islas. De entre estos cuerpos, un largo centenar tardó muchos años en ser identificado en el cementerio argentino de las Malvinas. De 122 cadáveres, aún hoy hay siete que continúan señalados con la siguiente inscripción: "Soldado argentino sólo conocido por Dios".

Sobre la historia de este cementerio de las Malvinas, situado en el istmo de Darwin, ha escrito Leila Guerriero La otra guerra. Responde a un reportaje a la vieja usanza, seco, pulcro, sin oropeles verbales, al más puro estilo del auténtico periodismo de investigación. Búsqueda de fuentes, documentación, entrevistas, cotejo de opiniones divergentes, tesón y olfato. En buena parte, la historia de este cementerio refleja las contradicciones que han marcado a la sociedad argentina desde la dictadura hasta los sucesivos gobiernos democráticos (sin olvido del peronismo ambiental que tan difícil resulta de descifrar desde fuera).Al acabar la guerra de 1982, el ejército inglés encargó al oficial Geoffry Cardozo que se hiciera cargo de las tropas establecidas en las Malvinas. Para su asombro se topó con cadáveres de soldados argentinos que no habían sido inhumados ni llevados a tierra continental tras la derrota. Durante varios meses se encargó de dar forma al cementerio de estos soldados olvidados en la intemperie y reunió a todos los cuerpos en una única finca funeral. Exhumó a los que sí yacían enterrados, identificó e inhumó a quienes pudo y, a los desconocidos, les añadió la citada inscripción de "Soldado argentino sólo conocido por Dios". Los ingleses entregaron su informe forense a Buenos Aires, pero dicho testimonio pasó inadvertido para la opinión pública durante años.

Portada del libro. Portada del libro.

Portada del libro. / D. S.

Las pesquisas que lleva a cabo Leila Guerriero evidencian los aspectos oscuros que la derrota en la guerra de las Malvinas ha producido en la conciencia nacional en todos estos años. La Comisión de Familiares, el Centro de Ex Combatientes Islas Malvinas y la Confederación de Veteranos de Guerra mostraron opiniones opuestas acerca del proceso de identificación de los soldados muertos y enterrados en su día por Cardozo. Muchos temían que lo que se perseguía, bien por parte de supuestos espías ingleses o bien por parte de saboteadores dentro del gobierno, era el traslado de los restos a tierra continental, lo que significaría la renuncia simbólica de Argentina a reclamar las Malvinas.

Los soldados que llegaron vivos y los que murieron en combate fueron considerados héroes de guerra. Pero el gobierno quiso esconder a los sobrevivientes a su vuelta a la patria. Algunos veteranos sufrieron traumas de guerra y hubo suicidios. El trabajo de Guerriero revela un aspecto incómodo. Muchos de los considerados hoy héroes de guerra fueron militares que contribuyeron a la represión durante la dictadura. Muchos otros sólo fueron jóvenes palurdos, enviados al frío y desabrido matadero.

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