3D, brujería y rock & roll

Earwig y la bruja | Crítica

Una imagen de 'Earwig y la bruja', el primer largo de animación 3D de Studio Ghibli.
Una imagen de 'Earwig y la bruja', el primer largo de animación 3D de Studio Ghibli.
Manuel J. Lombardo

30 de abril 2021 - 07:00

Ficha

** 'Earwig y la bruja'. Animación, Japón, 2020, 82 min. Dirección: Goro Miyazaki. Guion: Keiko Niwa, Emi Gunji. Música: Satoshi Takebe.

Serán los fans quienes determinen si este primer salto a la animación digital 3D del famoso estudio Ghibli, casa matriz de los maestros Miyazaki y Takahata desde mediados de los años 80, ha merecido realmente la pena después de una resistente fidelidad al dibujo y los procesos artesanales tradicionales como señas de identidad que, con permiso de Disney y Pixar, han ofrecido algunos de los largos de animación infantiles más exquisitos de las últimas décadas.

Un primer salto que viene avalado por el propio Hayao Miyazaki en labores de planificación y desarrollo y que está dirigido por su hijo Goro, que ya había debutado en solitario con la desigual Cuentos de Terramar. Earwig y la bruja adapta también a una vieja conocida del repertorio literario anglosajón tan del gusto de Miyazaki, Diana Wynne Jones, autora de El castillo ambulante y de la novela que, ambientada en la Inglaterra provinciana en los años 70, da cuenta de una niña abandonada en un hospicio y adoptada luego por una extraña pareja de brujos hechiceros (Mandrake y Bella Yaga) que la obligarán a hacerse cargo de las tareas más ingratas del hogar.

De nuevo con una protagonista femenina de fuerte carácter y trazo carismático, Earwig se adentra en los caminos de la iniciación con la magia, la complicidad animal y el humor familiar como horizontes para el aprendizaje, un camino salpicado aquí por una banda sonora rock de Satoshi Takebe que remite a los orígenes de la familia y la madre de nuestra protagonista.

En lo que respecta a la animación, el diseño de personajes y su expresividad, la paleta de color y la iluminación Ghibli siguen estando ahí como elementos significantes, aunque se diría que en el trasvase a la imagen sintética se ha perdido algo de esa calidez y personalidad de los trabajos analógicos del estudio, donde lo pictórico brillaba con una luz propia que aquí se revela algo artificial.

Earwig y la bruja se intuye así como un filme menor o de tanteo sobre las posibilidades del nuevo formato, algo monótono y empantanado en su parte intermedia, blanco y amable en su celebración de la diferencia, la excentricidad o el sentido de pertenencia, un filme de transición que nos empuja a la nostalgia de los grandes títulos de casa y en el que también se echa de menos la paleta musical de Joe Hisaishi.

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