Oratorio de Navidad
Cuentos del Natal
“Era la Fiesta de la Circuncisión del Señor, nunca lo olvidaré. Desde entonces me queda una sensación extraña de resquemor, ¿no deberíamos todos caer agradecidos ante la misericordia del Trono del Más Alto? Dicen que el Hijo de Dios no vino sólo una vez a la Tierra, sino que llega, al menos, en una ocasión por cada hombre... Sí, el Redentor da a cada criatura una oportunidad, parece que todos somos atendidos a nuestras súplicas como mínimo en algún trance de la vida.
Piensen, ¿no guardan en su memoria un fugaz encuentro con alguien que trajera la paz? ¿No hay en sus recuerdos una extraña persona, no vuelta a ver jamás, que les inundara de Gracia y felicidad? Yo he hecho la prueba, y he preguntado y todas mis amistades han vivido algo similar; quizá sea mentira o no fuera el Señor, pero ésta sería la presencia de Dios en nuestras almas; si es verdad, entonces es cuando aparece el resquemor porque la conciencia siempre pide más, y el sufrimiento del bueno es mayor porque siempre podría haber hecho algo más.
¿No será que su Nombre nos infunde, por dentro, la semilla diminuta del temor más amenazante? ¡No!, contestaría súbito el sabio. Es a la Muerte, el terror es a la Muerte fiera, pero ¿teniendo el Nombre del Sagrado debemos temblar ante ella? ¡No!, diría aquél de nuevo, ¡al contrario!, toda nuestra esperanza ha de estar puesta en Él: ¡sí!, clama ahora el sabio.
Había paseado yo, desde temprano, por el frío de los campos. La víspera había sido un día terrible de aguas. Ante el sol, la tierra entera se regocijaba como vuelta a nacer. Los rostros, en parte por la fiesta, en parte por la venida de la luz, lanzaban sonrisas plenas de vida. Caminaba yo con el orgullo de la tranquilidad de ánimo, volvía a mi vieja casa a disfrutar de la soledad, pues ésta, a veces, acompaña más que las personas y, aún no había terminado de acomodarme, cuando oí su voz.
Sí, ahora la recuerdo con una dulzura infinita, potente pero delicada, grave y cálida, llena de matices que anegaron mi corazón; claro, ahora la recuerdo así, aunque en aquel instante acudí a la llamada sin profundizar en la excepcionalidad de aquel acontecimiento. No pongo en pie su cara, pero el brillo de su mirada vive en mí todavía hoy.
¿Tiene usted algo de comer?; daba lástima verlo, harapiento, sucio el pelo, quizá empapado por las lluvias del día anterior, la piel manchada de intemperie... ¡Claro!, le contesté. Busqué algo de leche y unas latas de conservas. A mi regreso, aguardaba impasible. Tenía la paz. No había solicitud en su palabra y su Ser era pura satisfacción; no habrían hecho falta aquellas palabras pues todo lo comunicaba con su mera presencia.
Yo era joven, hace muchos años de esto pero, créanme, si afirmo que lo vivo de nuevo al contarlo. Supe que Dios me estaba llamando, no justo en el momento, pero la impresión vendría conmigo acompañándome ya constantemente.
Amigo, dijo e hizo una pausa eterna... le voy a dar un consejo: arregle usted este timbre. ¡Fíjense qué tontería!, y me emociono al rememorar, ¡que arreglara el timbre!... pero en su boca había una sonrisa que llevo grabada, esculpida en la roca helada de mi alma. Al menos una vez en la vida se nos presenta el Señor, y por las vías más insospechadas: un mendigo, una mujer sencilla, el niño... ¡Quién lo sabe!
Aquella tarde, mientras desmontaba los mecanismos de la pared, yo vivía en mi pueblo, recuerden aquellos antiguos tiradores a un lado de las acristaladas cancelas de hierro, digo que aquella tarde mientras intentaba reparar las campanillas: mi devoción y vocación se armonizaban con la hermosa melodía de Jesús, como las notas profundas de mi viejo timbre:
Porque Jesús dirige mis comienzos,
y Jesús permanece cerca mía;
porque Jesús refrena mis sentidos,
sólo Jesús habrá de ser mi anhelo,
sólo Jesús habrá de estar en mí.
Jesús: permíteme no vacilar”.
Y, mientras su alma caía deshecha en oraciones, por la cara vieja del cura trasegaba una lágrima henchida del recuerdo de su antigua casa, de las voces familiares de su lejana infancia, de los tiempos inmisericordes que lo devastaron todo y de los derroteros ingratos de una vida entregada a Dios... Lanzó una mirada por la fea parroquia de barrio, rebotando herida por las sillas de plástico vacías hasta llegar a la sucia anciana que dormitaba, solitaria, sola y cansada. En su pelo sucio no vio a Jesús y, en la puerta, atisbó el movimiento del ciego vendedor de cupones. Pasó el estruendo martilleante de una motocicleta y, sin terminar la misa, bajó de altar.
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