Campo Chico Gibraltar en su laberinto

  • La pandemia y el Brexit son las garrochas de una lidia que ha culminado en un acuerdo improvisado

  • El desequilibrio impositivo queda intacto, por más que los trabajadores transfronterizos conserven su trabajo

Gibraltar, visto desde La Línea.

Gibraltar, visto desde La Línea. / Erasmo Fenoy

Un viejo amigo, al que llamamos Bibi sus allegados, me remitió ayer un comentario –al que me referiré enseguida– del hijo de un linense de mi generación; es decir, de la que conoció, de bien conocer, el cierre de la Verja (1969-1982), sus efectos, antecedentes y consecuentes inmediatos. Fue uno de aquellos afectados por la resolución inevitable del Gobierno español de la época. Ese cierre y otras acciones diplomáticas abortaron la maniobra independentista orquestada desde la Asociación para el Desarrollo de los Derechos Civiles (ADDC), creada por unos cuantos llanitos, que se las arreglaron para evitar el exilio impuesto por Londres a la población civil, durante la segunda gran guerra europea (1939-1945). Siendo como es, una base militar británica, Gibraltar no disimuló su verdadero carácter; lo revistieron de fortaleza, evacuaron a sus habitantes y horadando la piedra aumentaron sus estrategias de defensa y sus recursos bélicos. No muy lejos del puerto (Waterport Place) existe un monumento que recuerda ese hecho que tardaría en revertir más de una década (1940-1951).

Al comienzo de la guerra, el joven Joshua Hassan (1915-1997), judío sefardí de origen marroquí, se alistó en la llamada Gibraltar Defence Force. Así evitó, como algunos de sus paisanos y amigos, la evacuación ordenada por el ejército británico. Entre ellos crearon la mencionada ADDC, que presidiría Hassan; institución sin la que no se entendería la historia de esos años ni la evolución posterior de los acontecimientos.

Hassan, abogado de profesión, como casi todos los llanitos que han accedido a la universidad, fue el creador del bufete Hassans, el más importante de los innumerables despachos de Gibraltar. De ese bufete son socios destacados Picardo y su esposa. En 1964, Hassan se convertiría en el primer ministro principal de la historia, de un supuesto Gobierno de Gibraltar, carente de toda legalidad y de toda personalidad jurídica internacional.

El paisano linense, al que me refería al principio, trabajaba en Gibraltar cuando el cierre y se vio obligado a abandonar su puesto de trabajo, como otros muchos. En mi familia había dos trabajadores de esos que hoy se llaman trasfronterizos (¿?), no obstante no haber frontera. Juan Jesús, hermano de mi padre, marchó a Australia y volvió unos años después incorporándose laboralmente al Ayuntamiento de Algeciras. Otro hermano, Alberto, también trabajaba en la Roca. Ambos lo hacían en los astilleros de la base naval. Este último murió poco antes del cierre, pero tuve tiempo de escucharle hablar sobre su experiencia y condiciones de trabajo.

El menor de sus hijos, José Antonio, sería uno de nuestros grandes pintores (Vargas). En todos los casos, los trabajadores fueron atendidos, se indemnizó a quien lo prefirió y se le facilitó un puesto de trabajo al que optó por ello. Muchos emigraron y fue precisamente un exalcalde de Algeciras, Ángel Silva Cernuda, el que ayudó desde la Dirección General de Emigración (de entonces) a colocar a los que prefirieron –como mi tío– la emigración.

El comentario que me manda Bibi se refiere a los sucesos que rodearon al cierre de la verja, en 1969: “Ha sido la única vez que se puso a la colonia y a la metrópoli contra las cuerdas. La Línea sufrió mucho las consecuencias, pero no fue olvidada ni postergada, mi familia como muchas otras tuvo que emigrar, pero con un empleo digno, mi padre se jubiló como funcionario de la Comunidad de Madrid, anteriormente de la Diputación, y a los 6 meses de desplazarse a Madrid nos fuimos el resto de la familia, ya que le dieron una vivienda digna en la que fuimos muy felices y agradecidos. El resto que se quedó en La Línea, tuvieron su jubilación garantizada hasta el final de sus días. Las medidas económicas que se tomaron en el Campo de Gibraltar posibilitaron que nuestra generación tuviera un futuro digno, de trabajo y desarrollo”.

"Ojalá que, cuanto antes, el señor Picardo y las autoridades títeres de Gibraltar acepten la situación y se avengan a soluciones sin subterfugios"

Un diplomático, buen conocedor de la comarca y de su larga historia de subordinación a la colonia, me escribe también para decirme: “El acuerdo a todos beneficia. Ojo, por razones sentimentales por encima de cualquier otro tipo: la relación abierta de la colonia de Gibraltar con su entorno. Toda España y Europa viven razonablemente bien sin ser vecinos de la colonia. Pero el Brexit ha creado una situación impensable durante décadas y en estos momentos quienes corren el peligro de quedarse absolutamente aislados de Europa, si no cuentan lealmente con España, son los gibraltareños. Se acabaron las bravuconadas y las mentiras para encubrir una base militar extranjera en territorio español. Ojalá que, cuanto antes, el señor Picardo y las autoridades títeres de Gibraltar acepten la situación y se avengan a soluciones sin subterfugios, realistas y justas. Por mucho que se esfuercen y manipulen la información, los supuestos representantes de 35.000 habitantes no pueden pretender ya imponerse a los intereses de los millones de ciudadanos de la única nación europea de su entorno”.

La pandemia y el Brexit son las garrochas de una lidia que ha culminado en un acuerdo improvisado. Enfocado a evitar la ruina de Gibraltar y a eludir el compromiso del Gobierno español con los ciudadanos; v. gr.: procurar trabajo y bienestar a las personas; esa tarea se delega en la colonia.

A tanta complejidad se le ha añadido la angustiosa tragedia de la presencia de esos dos males; cada uno en su papel, pero semejantes. Y todo ha terminado en algo que se parece mucho a una chapuza, recurrida para campear el previsible temporal que habría generado cualquier iniciativa que dificultara las comunicaciones por tierra; explícitamente prohibidas en el tratado de Utrecht. No se llega al fondo de la cuestión, se deja todo como estaba y se mejora el acceso de la colonia al continente y las seculares servidumbres de La Línea y aledaños. Se evitan turbulencias sociales y problemas que aunque menores para las dos potencias en litigio, incidirían de modo negativo en la dinámica política de los poderes en liza.

Uno se pregunta quién va a emprender en La Línea, pudiéndolo hacer en Gibraltar casi a pelo y con una baja presión fiscal. ¿Qué pasa con la base militar –de hecho– conjunta británico-americana? ¿Tendrán los marineros de la Royal Navy que pasar aduana para ir a retozar a Main Street o a Convent Place? ¿Y los británicos, deberán presentar el pasaporte para pasear por una parte de su territorio? El desequilibrio impositivo, legislativo y de radicación queda intacto, por más que los trabajadores transfronterizos sin frontera (¿?), conserven sus derechos y su trabajo; lo que, en cualquier caso, ya estaba garantizado con anterioridad.

La colonia tiene mucho más acceso a Europa del que tenía, pero su autonomía queda muy dañada y eso hace pensar en la llegada de un mar de conflictos sin solución de continuidad: el desequilibrio es condición sine qua non para la supervivencia de Gibraltar. ¡Ah!, y queda por ver lo que dice Europa. En cuanto a la soberanía, de la que no sé por qué no puede hablarse, si es lo que interesa y a lo que no se renuncia, ahí queda: Ad libitum.

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