Meteo
El tiempo para el Día de Andalucía y primeros de marzo

Con el Sur como inspiración

Día de Andalucía

Artistas y creadores andaluces exhiben con orgullo en sus obras un imaginario vinculado a las raíces.

Julio Ruiz: pensar en un hombre se parece a bailarlo

La cantante de copla Laura Gallego (Jerez de la Frontera, 1991). / Juan Carlos Vázquez
Cristina Cueto · Braulio Ortiz

28 de febrero 2026 - 06:45

En su espectáculo La última folclórica,Laura Gallego recupera para el presente temas como Torre de arena, La bien pagá o A que no te vas, himnos que estaban llamados a ser eternos y que la desmemoria en la que vivimos relegó con el tiempo a un inmerecido segundo plano. En su gira, sin embargo, la intérprete jerezana comprueba que los clásicos que ella aborda entre la fidelidad y la audacia provocan en el público el mismo impacto de siempre: la lucidez con que sus letras plasman los sentimientos, su música pegadiza e infalible, devuelven a los espectadores la certeza de tener un lugar en el mundo.

Con La última folclórica, Gallego intenta “reivindicar y poner en alza un género que está bastante perdido”. La cantante parecía predestinada desde joven a este empeño –en sus comienzos ganó el concurso de Se llama copla–, pero ha sido con los años cuando ha comprendido la importancia del repertorio que defiende. “Me fui viendo un poco sola en esto”, admite sobre una labor en la que no identifica a nadie que le tome el relevo. “He notado la ausencia de nuevas generaciones que siguieran esta corriente, este legado que tiene nuestro país en la copla”, una situación que la lleva a pensar que “cuando yo me retire no sé si esto continuará: no encuentro a nadie de mi generación o más joven que siga tirando del carro”.

Gallego sabía que el “atrevimiento” de su proyecto, al que se refiere como un “experimento”, podía suscitar escepticismo. “Es complicado abanderar algo tan importante, tan antiguo y tan nuestro, siendo joven y con un acento determinado. No las tengo todas conmigo para que la credibilidad me acompañe, pero yo confío en mí, en el amor que le pongo y en las posibilidades de lo que defiendo”, reflexiona la artista, decidida a “despertar a la sociedad, concienciarla de que tenemos que proteger nuestros tesoros, y uno de ellos es la copla, que ha formado parte de la cultura de nuestra tierra desde hace muchísimos años”.

Más allá del género al que se dedica, esta última folclórica sí advierte en los creadores de su tiempo un inesperado orgullo por las raíces, con muchos otros músicos que reinterpretan los sonidos del sur desde la modernidad, artistas como Bronquio, Rocío Márquez, Quintín Vargas o los Derby Motoreta’s Burrito Kachimba. “Aunque nos queda mucho por conseguir, estamos siendo conscientes de nuestra riqueza, entendiendo que ser andaluz no es un problema, sino un regalo nacer donde nacemos. Que el acento no es un inconveniente, sino una virtud”, concluye Gallego.

Una imagen de 'La familia', el montaje de Julio Ruiz.

El almeriense Julio Ruiz, el primer bailaor y coreógrafo de flamenco becado por el Centre National de la Danse y la Cité Internationale des Arts de París, tampoco entiende su obra desligada de los orígenes. En La familia, su última y emocionante propuesta, que pudo verse esta semana dentro de la programación del Festival de Jerez, vuelve a su infancia y parte de una imagen perturbadora: una cena familiar en la que sobre una mesa reposa una escopeta. Alrededor de esa mesa bailan tres mujeres poderosas, su abuela, su madre y su tía, a las que convierte en animales en esta fábula.

“Estoy seguro de que el origen ha condicionado quiénes son estas mujeres andaluzas, granadinas. Ellas sólo podían ser del sur”, apunta Ruiz. “Mi madre se limpiaba la cara en una acequia, por ejemplo; nosotros pasábamos los veranos en un pueblo de Granada donde la casa era una cueva... Son situaciones que marcan. Esas mujeres se relacionan ante la vida de una forma muy distinta a los parientes por parte de mi padre, que son gallegos”, prosigue el creador, convencido de que “ese matriarcado con tantísima fuerza” ha trazado el camino “y la historia familiar. Cada vez estoy más convencido de que mi flamenco, mi danza, mi forma de crear y mi sexualidad tienen mucho que ver con estas mujeres andaluzas”.

Es el propio Ruiz quien interpreta con fiereza en La familia a la cucaracha, el cisne y la zorra, los tres personajes del cuento junto con ese niño perplejo en un hogar en el que pesan los silencios. La liturgia no es nueva: el bailaor ya había dado voz a sus familiares otras veces, pero no sobre el escenario si no en la vida. “Por esta cosa que tenemos los andaluces, que nos creemos inferiores, mi madre iba a explicar algo y me decía: ‘Dilo tú, nene, que yo no sé hablar’. Siento que también escribo y que cultivo otras expresiones artísticas por ellas, que estas mujeres hablan por mí”, comenta Ruiz, que bebe del “imaginario de Lorca y de Bernarda Alba, pero también de Agustín Gómez Arcos”, un autor en el que se adentra ahora para un próximo espectáculo y con el que comparte la “herida de ser almeriense, que tiene sus pros y sus contras, para con Andalucía y también con España”.

El arquitecto e ilustrador Javier Navarro de Pablos (Sevilla, 1991). / JUAN CARLOS VAZQUEZ CARLI

El profesor de Urbanismo e ilustrador Javier Navarro de Pablos, entretanto, también mira al sur en sus creaciones, que divulga en la cuenta Sevilla Dibujada. Un motivo al que se enfrenta con una hondura alejada del estereotipo, como cuando diseña “el abanico para todas las ferias de Andalucía” que reparte una marca de refrescos. “Sintetizar la esencia andaluza de las ocho provincias es muy difícil, pero siempre lo he intentado”, explica Navarro, para quien “al final, el mayor pegamento que tenemos nosotros es nuestra forma de vivir y de relacionarnos”, señala sobre un lugar que trasciende las estampas recurrentes “del flamenco y la cervecita” y por el que asoman genios como Lorca o Picasso. “En mi trabajo me gusta recalcar que esta ha sido una tierra de creación, y de lo más granado en la poesía o la pintura”.

Navarro de Pablos advierte a su alrededor “una generación que está utilizando el dibujo como instrumento de reivindicación y de resistencia. Me parece interesante, porque eso demuestra que la ilustración no sólo refleja identidad, sino que también la construye. Hay un movimiento muy fuerte que está, por ejemplo, reivindicando derechos que a lo mejor se están perdiendo, o desgastando, a través del dibujo. Yo desde luego siempre lo he intentado: para mí el pueblo andaluz ha sido un pueblo batallador, valiente, y siempre que he hecho alguna composición sobre Andalucía he metido ese cariz. Recuerdo haber incluido a Carlos Cano, o algún símbolo del PA, el Partido Andalucista, ese tipo de guiños que pueden convivir con los clichés que nosotros mismos vendemos”, opina el arquitecto, que reconoce haber acudido a los iconos “del bote de aceite y la flauta, a los elementos típicos, pero creo que siempre que se dibuje con una perspectiva crítica está bien. A mí, la ilustración me ha descubierto que hay muchas Andalucías más allá de Sevilla, sensibilidades muy variadas dentro de la comunidad”.

El escritor Adrián Daine (Sevilla, 1980). / Juan Carlos Vázquez

Ese anclaje en las raíces se da también en la narrativa, donde los autores ya no sienten la necesidad de ubicar sus ficciones en parajes distantes y recogen en sus páginas, ya sin complejos, la expresividad del habla andaluza. A libros recientes como Mosturito de Daniel Ruiz García y Sólo quería bailar de Greta García se suma Illo, el debut en la novela de Adrián Daine, publicado por la editorial Dieci6 y que ya desde el título exhibe su vocación meridional. El narrador pone a pasear a su antihéroe, Julián Albareda, un pobre desgraciado en busca de venganza tras la muerte de su padre, por una Sevilla donde resultan familiares los tipos, los sitios y las frases tocadas por el ingenio andaluz: “No es mal tío pero tiene menos luces que un patinete”, se dice en algún momento.

Daine buscaba “que alguien de aquí leyese la novela y sintiese la ciudad, reconociera en los personajes a gente que se puede encontrar en la calle o en los bares, que podrían ser sus vecinos. Quería que mientras pasaba las páginas, ese lector se dijera: ‘Esta tierra es la mía”. El retrato de una familia rota por la brutalidad y el rencor es también un análisis de la “desnaturalización” de los espacios por culpa del turismo masivo, “una cosa de la que hablo en este libro y que podría ser aplicable a casi cualquier ciudad. Aunque creo que esa desnaturalización se nota más en el sur, que ha tenido siempre un concepto muy turístico, ha sido el destino para los viajes de la gente. Me interesaba mucho representar no una Sevilla perdida, pero sí una Sevilla que se está desdibujando y que todavía palpita en el habla de los personajes, en las localizaciones que salen... Una Sevilla desde la calle, y no la postalita que estamos acostumbrados a ver en las ficciones”.

No hay comentarios

Ver los Comentarios

También te puede interesar

Lo último