Avíos y desavíos del gran puchero

Los emigrantes andaluces afrontan los mismos desafíos de los inmigrantes que llegan a Andalucía en los países donde residen, siendo parte del conflictivo crisol del mundo globalizado

Una mujer de Trebujena (Cádiz) despide a un familiar que emigra para trabajar.
Una mujer de Trebujena (Cádiz) despide a un familiar que emigra para trabajar. / B. Benjumeda
Miguel Lasida

28 de febrero 2026 - 07:00

La democracia y la Constitución llegaron junto a un buen número de andaluces que iban volviendo a casa, dejando atrás varios lustros como emigrantes. Este año se cumplen 45 de la ratificación del Estatuto de Andalucía y en 1981 se estaba produciendo un fenómeno en los colegios que llamaba la atención del escolar nativo. Eran los nuevos alumnos, los recién llegados, que venían con nombres como Curro o Pepe pero cuyos documentos de identidad revelaban un François o un Joseph. “Que vuelvan pronto los emigrantes”, había cantado Carlos Cano. Los avíos del puchero de la abuela, contaban aquellos curros y pepes, sabían mejor en la casa, en la tierra.

En 1981 no había un registro oficial de los andaluces emigrados, sólo estimaciones. Los estudios calculan para la primera mitad de los años 80, para los inicios de la Andalucía estatutaria, unos 400.000 andaluces con residencia fuera de España. Las cosas han cambiado, también en los datos: el Instituto de Estadística y Cartografía de Andalucía ordena un recuento desde 2009. Aquel año eran 77.576 personas nacidas en la región que residían allende los Pirineos, el pasado 1 de enero eran 103.938 los andaluces emigrados. Quizá haya más de un Curro y de un Pepe entre ellos que se haya presentado en el colegio como François o Joseph, como Frank o Joe.

La cuestión migratoria ha vuelto al debate público. El foco está sobre el extranjero. En dos décadas, la proporción de inmigrantes residentes en Andalucía ha pasado del 5% al 10% del total de la población. El debate público sobre el asunto se ha convertido en ciertos foros en un combate impúdico. Se oye de todo: abusos de las consultas médicas, imposición del menú en los colegios, beneficios exclusivos de ayudas públicas, sustracción de empleos, destrucción de la cultura autóctona... No sería sorprendente que alguien los señalara por presuntas cacerías de las mascotas con fines alimenticios.

La disputa de los recursos ha sido, es y será un motivo predominante de conflictos en el planeta, sostienen los antropólogos. El conflicto se agrava cuando el rival por el recurso finito habla otra lengua, reza a otro dios o viste con otras indumentarias. Son los desarreglos, los desavíos del gran puchero cultural que comporta el fenómeno migratorio. “Los inmigrantes no roban los trabajos ni consumen más recursos de los que generan”, afirma Miguel Lozano, un sevillano que lleva quince años trabajando en Ginebra, Suiza. Miguel hace referencia a una realidad inexorable, al signo de los tiempos de un mundo donde no sólo fluyen las mercancías, son también las personas, y conoce bien los discursos que pesan sobre los inmigrantes. “Es el discurso de la gente que no es capaz de entender que el mundo está globalizado y que cada día más gente se desplaza buscando oportunidades, por curiosidad o simplemente por buscar algo distinto”.

Almeriense de Vélez Rubio es Ginés Pascual. Cerca de los 45 años, sumando ocho en Leeds, Reino Unido, comprende que la llegada de gente, de mucha gente en un mismo lugar en un mismo tiempo, repercuta en la competencia laboral, en la competición por la vivienda o en la eficiencia de los servicios públicos. “No creo que plantear estas cuestiones sea algo de xenófobo o de racista”, defiende Ginés. Según los contextos del lugar de recepción, según cómo se aleen los compuestos en el crisol, si es a fuego lento a o fuego vivo, la cultura aborigen recibe de un modo u otro la cultura extranjera. Aunque los discursos de extrema rivalidad por los recursos sean “inexactos”, Ginés comprende que ahora “gocen de más aceptación, pues conectan con un descontento no del todo infundado”.

Las jerarquías raciales en una botica de Estocolmo

El contexto del país de acogida, efectivamente, importa. Y los contextos son cambiantes, líquidos, complejos. Cuanto mejor percepción haya del funcionamiento del país, mejor será para el emigrante. Carolina García, 51 años, farmacéutica de Granada, reside en Estocolmo desde hace 14 años. Carolina recuerda cómo compartió el despacho de la botica en un barrio de las afueras de la capital sueca con una compañera recién llegada de Dinamarca y otra que era de Delhi, India. Carolina percibió ciertas reacciones del público, de los pacientes que acudían a la oficina de farmacia, que dejaron de sorprenderla hace ya años: el trato del público contemplaba una gradación, dependiendo del color de la piel y de los ojos y, cómo no, del acento. A la compañera india le faltaron el respeto mientras dispensaba, a la danesa la trataban como si fuera sueca, y a ella, a quien no la insultó ningún cliente, hubo quien evitaba dirigirse a ella. El modélico melting pot sueco ha tenido sus periodos. “La crispación política y la gestión pública, dependiendo de si es mejor o peor, afecta a los emigrantes”, evoca Carolina.

No hay melting pot más célebre que el de Estados Unidos. Allí, en Nueva York, vive desde 2001 José Carlos Clemente. “La xenofobia es una lacra que paradójicamente no conoce fronteras”, reflexiona Clemente. Este investigador sevillano pone en cuestión la novedad del asunto y la realidad de los tópicos, empezando por el del modélico puchero de las gentes y las culturas en Estados Unidos: “Aquí hubo rechazo contra los irlandeses y los italianos”. También menciona Clemente la Ley de Exclusión en China y la tendencia de países como Japón, “donde, aunque el porcentaje de extranjeros es mínimo, se está discutiendo la imposición de límites”. Clemente, casado con una mujer nacida en Japón y con una hija nacida en Estados Unidos, apunta a lo “fácil” que resulta “señalar al extranjero sin reflexionar sobre la raíz de los problemas sociales. Es el antiguo mito del chivo expiatorio. Como ejemplo, dice, no hay más que recordar que el paro en España era superior al 25% cuando la proporción de extranjeros era muy baja”.

Colas de viajeros en el aeropuerto de Málaga.
Colas de viajeros en el aeropuerto de Málaga. / E. Press

La retahíla de quejas, reproches y desafíos que todo emigrante ha de afrontar en el lugar de destino depende al cabo de las condiciones sociales en las que desemboca. No es lo mismo tener la condición de emigrante en Australia que en Argentina, en Japón que en Suiza. Desde el país helvético envía una explicación David Gallego, sevillano de 47 años, que ha vivido también en Reino Unido. En su caso puede comparar. En Inglaterra –refiere David– los discursos críticos con la inmigración tienen un acento en la competencia de lugareños e inmigrantes por el empleo. No es así en Suiza: “Aquí el desempleo es bajo, la preocupación va más hacia la presión sobre la vivienda, los servicios y las infraestructuras”. Siendo el centroeuropeo un país con un porcentaje de inmigración en el entorno del 30%, cuenta David que pesan también cuestiones como la identidad y la falta de adaptación de los extranjeros al país que recibe. Llamarse Joseph es por tanto preferible a llamarse Pepe. “Siendo Suiza un pueblo con raíces no muy fuertes, la identidad es una cuestión importante aquí”.

De la pizza neoyorquina al dulce andaluz

A diferencia del resto de los homínidos, el Homo sapiens guarda el secreto de la cúspide de la pirámide de la cadena trófica: la capacidad de adaptarse a medios naturales variados y extremos. Desde la estepa africana a la tundra ártica, el hombre se ha dispersado de un modo fructífero en la empresa de buscar recursos o en la huida de enemigos más fuertes o más listos. La migración, sea emigración o inmigración, no va a dejar de existir, sobre todo en lugares, como Andalucía, donde la procreación se ha desechado como algo superfluo. “Fenicios, griegos, cartagineses, romanos, godos, judíos, musulmanes... La cultura española no es más que el resultado de un intercambio cultural”, recuerda el almeriense Ginés, para quien el fenómeno migratorio actual en España es sólo “un capítulo más en la Historia de España”. Es el mismo sentido al que se refiere el sevillano José: “La tempura japonés viene de los portugueses, la pizza neoyorquina es originaria de Italia, nuestros dulces navideños son árabes… La idea de que la cultura está siendo contaminada por los inmigrantes es tan extendida como incorrecta. No hay más que mirar al puchero para ver que la belleza está en la mezcla”. Son los avíos y desavíos de un mundo que no ha dejado ni dejará de ser una mescolanza.

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