Historias de Algeciras

Una protesta contra el viento

  • A finales del siglo XVIII el joven Joaquín Gomila se enroló como grumete en un falucho al servicio de la corona

  • Su conocimiento de la Bahía de Algeciras le permitió salvar a la polacra 'La Concepción' en un viaje de Málaga a La Habana

Una vista de Algeciras de la época. Una vista de Algeciras de la época.

Una vista de Algeciras de la época.

Aquel viejo lobo llevaría tiempo deseando volver a su espacio natural: la mar. Nada más echarlo la madre al mundo, Joaquín se criaría, como posiblemente cualquier niño de su época y condición, en callejuelas inmundas junto a cualquier fondeadero de aquella España de finales del siglo XVIII. Por simple necesidad de subsistencia, sacrificaría como tantos otros una infancia que nunca tendría y se haría a su corta edad con una obligada madurez que le permitiría, como si de una herramienta natural se tratara subsistir en aquel ambiente tan hostil para un niño.

Rápidamente comprendería que su única salida estaba en la mar. Y como tantos de su edad, saldría una mañana del hogar sin decir adiós, despidiéndose tal vez con una mirada de quién lo parió, mientras amamantaba al último de aquellos parias engendrado como sus hermanos, por la insensatez y el instinto en el tálamo de la miseria. A pesar del mutuo afecto, madre e hijo sabían sobradamente que aquel obligado sacrificio significaba una boca menos que alimentar.

Nada más enfrentarse al mundo, Joaquín buscaría un rápido sustento, siendo los oficios de recadero y mandadero de las tiendas y almacenes que aprovisionaban a los barcos los más socorridos. En un rincón de la trastienda del negocio, acompañado de las familiares ratas, encontraría un lugar donde dormir. Así pasarían los meses, trabajando por un plato de comida y un cuchitril. Solo alguna que otra propina y tal vez alguna que otra bolsa indebidamente guardada por su propietario, le permitiría ayudar muy de tarde en tarde a su madre y hermanos. En las peores épocas, encontraría solución a su situación junto a las lúgubres tabernas del puerto. A altas horas de la noche, cuando algún marinero borracho no se sostenía en pie o aparecía tirado en un callejón herido de faca, sus inanimados cuerpos eran objeto del despojo de bolsillos y carteras por mendigos de corta edad, viejas prostitutas o cojituertos de mentira, que salían de las sombras para una vez consumado el delito volver a las mismas.

Cumpliendo uno de aquellos recados que le daban techo y comida, quizá, bien pudo recibir el ofrecimiento de enrolarse como grumete en un falucho de iguales pretensiones que de eslora al servicio de la corona. No estaba mal para comenzar. Siempre era mejor hacerlo en un barco con patente del rey que en la Marina de S.M. En no pocas ocasiones había tenido que poner los pies en polvorosa para no ser enrolado en un barco de S.M. Los niños en aquella época eran muy apreciados en los navíos de guerra, su agilidad y pequeñez le facilitaban el trasladar la pólvora de un lugar a otro del navío con gran rapidez, no en vano eran llamados “monos de pólvora”.

Y así fue como posiblemente Joaquín Gomila -que así se llamaba-, comenzaría su vida como mareante. El rumbo de aquellos pestilentes cascarones, dadas sus cortas dimensiones, siempre estaba ligado al contrabando tan recurrente en aquella zona del sur de España. A veces, en un afortunado encuentro con un barco de S.G.M. británica enemiga de Nos Sr Dn Carlos Q. Dios g, sacaría buenos cuartos; pues pensaría dada su aún corta edad: "¡Qué más da despojar de sus bienes a un borrachuzo en una callejuela, que al Rey de los ingleses en el mar!". Como le enseñaría seguramente el que fuera su primer capitán, y en el que encontraría tal vez lo más parecido a la figura del padre que nunca tuvo: "Lo importante es volver a puerto con algo en la bodega". Pues en el gremio se decía: "Para un marino el vientre de su barco era su estómago: si la bodega estaba llena, su estómago estaba lleno; si la bodega estaba vacía, su estómago también lo estaría".

Así, Joaquín, el joven Joaquín, conoció las productivas y a la vez peligrosas aguas del Estrecho de Gibraltar. Así visitaría lugares como el fondeadero de Ysla Perejil, lugar de encuentro de contrabandistas y pescadores de Ceuta y Algeciras cuando se veían acosados por el mar o por los hombres. La Punta de Gibraltar que en las cartas se denominaba de Europa, aunque su capitán la llamara Punta de León (sic). Al poniente Punta del Carnero en Algeciras, referencia para llegar a Cala Secreta, que ofrece abrigo de los vientos del cuarto cuadrante a toda clase de barquichuelos; o, Ysla de Las Palomas y Las cabrillas que solo permite el paso de pequeñas embarcaciones; aunque su capitán de seguro le señalaría: "¡¡Guárdate de La Perla, Joaquinillo!!". Es un peligroso escollo a 9 cables del E. 8º S. de la Punta del Fraile a 5’5 de la Isla de Las Palomas, y a 3’8 millas de la Punta del Carnero. Puntualizando. "Es una piedra erizada de agudos picos tiene de 3’ á 6 m de agua por encima, puesta allí por el mismo diablo, formando con la isla de Las Palomas un canal de 12 á 1 m de profundidad".

El puerto de Málaga, donde el capitán Gomila se hizo cargo de 'La Concepción'. El puerto de Málaga, donde el capitán Gomila se hizo cargo de 'La Concepción'.

El puerto de Málaga, donde el capitán Gomila se hizo cargo de 'La Concepción'.

Una vez conocido todos los secretos de su oficio, ya sean “a vista de obra viva o a vista de obra muerta”, Joaquín convertido en todo un hombre, decidiría cambiar de barco y de rumbo. Había oído a otros marineros que la plata estaba en América, y la lucha entre ingleses contra los gabachos y la Marina española, hacía cada vez más difícil ganarse la vida en el mar. Su suerte estaba echada. Y así fue como Joaquín Gomila, sin más patria que su barco y más credo que la mar, conocería lejanas latitudes al otro lado del mundo: puertos con olor a tabaco y ron; la morena piel de las hijas de Venus de allá; y el inmenso azul de aquellas aguas.

También allí en tierras del aún imperio español encontraría Joaquín universidad de pícaros, que le enseñaría -parafraseando al cojitranco de la Orden de Santiago látigo del poder dos siglos atrás-, que "para sobrevivir en tierras de nuestro Sr. Don Carlos hay que quemar la fortuna ajena antes que la propia, huir de la conciencia de mercader pues es como virgo en puta que lo vende sin saberlo, ó -pensamiento muy extendido-, de quién no hurta en esta España no vive". Maestro en lo aprendido, Joaquín volvió de tierras lejanas cuando el pendón de Castilla y el estandarte que Carlos III había elegido años atrás para los navíos hispanos habían dejado paso a la insignia de San Jorge en el Imperio de los mares, tras el desastre acontecido en los bajos de la Aceitera y frente a Trafalgar.

Años más tarde, tras la declaración de guerra contra el francés, en la que se involucraría, como tantos otros, no por sacrificarse a una nación que nunca se preocupó de él, sino por defender su libertad, su barco y su pan, vio llegar la impronta del Deseado y sus acólitos; la cual, sin duda, le alejaría de tierra. Nuevas rutas por nuevos puertos. Quizá por una buena bolsa, trasladaría y desembarcaría en la oscuridad de la noche a hombres con ideas que su experiencia de la vida calificaría, tal vez, de sueños.

Así transcurrirían aquellos años: mirando las nubes y a los hombres; entendiendo a las primeras y alejándose de los segundos...cuando surgió la posibilidad, al parecer, de volver a navegar por las aguas del Caribe. Aquel viejo mar -recordaba- con aromas de tabaco y ron. Y estando en el fondeadero de Málaga, donde le informaron que el liberalismo de un tal Riego había triunfado, mientras él, quizá, se encontraría en derroteros de Berbería llenando la bodega de ilícitos o legales, que para la ley del mar no hay distingos. Sea como fuere: surgió la oportunidad. Lo cierto fue que a las faldas de Gibralfaro y en su viejo muelle, se encontraba amarrado el que sería -¡por fin!-, su barco: una polacra, con sus tres palos carente de cofa, a la que según “los papeles” que le entregaron cuando se hizo cargo de ella como capitán, rezaba -y nunca mejor dicho-, con el nombre de La Concepción.

Con matricula malacitana, según está documentado, la polacra La Concepción había sido reacondicionada por su propietario, tras adquirirla en pública subasta para destinarla al comercio con las Indias. Puesta la confianza en aquel hombre con sobrada experiencia en la mar, fue estibada convenientemente por los camalos malagueños con frutos de pan (harina).

La polacra con su capitán Joaquín Gomila -según consta-, se dio a la vela “con viento fresco a las 7 de la tarde, del día 28 de noviembre de 1822, poniendo rumbo hacia el Estrecho. A la vista de Gibraltar por la proa, dejando Estepona a estribor”. Prosiguiendo el texto consultado: “Le salió a La Concepción, viento sudeste bastante fresco que aguantó hasta la una; y viendo que nada podría granjear y que el viento arreciaba cada vez más, se vio obligado a arribar en Algeciras, donde fondeó como a la 2 de la madrugada”.

"El viento", bien pudo pensar su capitán, estaba poniendo en peligro su barco y su sueño. Recordó a su mentor cuando le dijo: "El fondeadero de Algeciras que es bueno y de tenedero muy firme, ofrece abrigo de los vientos de SW al N por el W a toda clase de embarcaciones". Prosiguiendo en el recuerdo: "Cuidado Joaquín no te acerques al S a la Isla que llaman Verde, pues podrías con el borneo y NE llegar a su bajo; y tampoco no muy al N para no aproximarte demasiado a los arrecifes que salen de la torre del Almirante". Nada más pisar tierra algecireña, y frente a la plazuela de La Cruz de la Pescadería, tras visitar el Café del Griego, donde reflexionaría probablemente sobre el retraso sufrido y sus consecuencias, una nueva frase de su viejo capitán le vino a la mente: "¡Sálvate el culo siempre!". Y así lo hizo.

Entrando en la Aduana local, encontró a la única autoridad presente en aquel momento, pues en tiempos de revolución si son de interés se ocupan pronto; pero si ofrecen solo responsabilidades se tardan en cubrir…Y allí estaba Benito Maestre, a la sazón contador de la Aduana algecireña y Principal del Partido, empatizando con el capitán Gomila. Maestre, estaba casado con la manchega María Manuela Ibáñez, quién le seguía en todos y cada uno de sus destinos que le indicara la administración de la Corona. Funcionario de gran experiencia, para poder ocupar el cargo años atrás, su mujer hubo de hipotecar la vieja casa familiar que heredó de sus padres sita en Ciudad Real para pagar la fianza que la ley le imponía. Con la entrega de los 14.000 reales resultantes de la operación Benito Maestre bien pudo comenzar su andadura profesional.

Sensible a la explicación del capitán de La Concepción, y conocedor de lo perecedero de su carga (harina), Maestre intermedió para levantar acta donde Joaquín Gomila pudiera expresar lo que sigue: “Protesto contra el viento y contra la forzosa arriada que he hecho para cualquier demora, coste, perjuicio que esto originase; no sean de su cuenta, cargo y riesgo, y sí de quién corresponda; pero de modo alguno del capitán o su tripulación en cuyo favor implora cuantas leyes, pragmáticas u ordenanzas le favorezcan [...] ofreciendo testimonio de Su verdad”.

Y no siendo mentira que el temporal amainó, La Concepción volvió a dar vela, pero esta vez desde Algeciras. Y en recordando, quizá, a su viejo amigo el capitán, indicaría a su piloto: "Dentro de la bahía de Algeciras hay que advertir que ocurren tres corrientes distintas. Cuando la marea crece las aguas que penetran en el Estrecho por Punta Europa se dirigen hacia la del Carnero, tomando dos rumbos, continuando una parte hacia el W, mientras que la otra entra en la bahía hacia el N, reuniéndose a media creciente en la cabecera de la bahía, formando una revesa que de N a S baja por el centro mezclándose con la corriente general del Estrecho". Salvada la bahía. Culminada la maniobra, la polacra pondría rumbo a La Habana, mientras que su capitán había decidido también cambiar el derrotero su vida. Algeciras y España quedaban a popa. 

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