Historias de Algeciras

La sociedad humanitaria Santa Elena

  • Ante la falta de prosperidad de una gran parte de la población algecireña a finales del XIX, un conjunto de ciudadanos se unió para crear esta agrupación

El presidente de la Sociedad, González Olmedo, vivía en la calle Alfonso XI El presidente de la Sociedad, González Olmedo, vivía en la calle Alfonso XI

El presidente de la Sociedad, González Olmedo, vivía en la calle Alfonso XI / E.S.

A comienzos de la última década del siglo XIX, Algeciras vive un momento de gran auge económico con la presencia en su término municipal de inversores con capital británico. La inauguración del ferrocarril Algeciras-Bobadilla, la presencia de los vapores que unirán su fondeadero con el muelle de Gibraltar, y la creación de un sin fin de puestos de trabajo auxiliares que vivirán alrededor de aquella pujante economía, hace presagiar que nuestra ciudad afrontará los próximos años, hasta la llegada del nuevo siglo XX con grandes expectativas de progreso; o al menos, así le parecía a los algecireños.

La realidad no se presentaba del mismo modo para todos los vecinos de Algeciras. El cada vez mayor control del contrabando por parte de las fuerzas de orden público, la disminución de la población local, ya sea en busca de un futuro mejor en otras localidades, o la marcha de los jóvenes jornaleros a los frentes de Ultramar, para no volver en su gran mayoría. Todo ello unido a la escasa presencia en nuestra ciudad de trabajadores especializados en puestos de trabajos que demandaban tanto el tren como los modernos vapores, tales como: oficiales, maquinistas, mecánicos, administrativos, etc; hacía casi imposible que a la masa poblacional local –en su gran mayoría analfabeta, como era común en el resto del país-, le alcanzase aquella prosperidad de un modo directo. Tan solo los trabajadores no cualificados pudieron notar la tan esperada prosperidad, dada la presencia de estas labores secundarias siempre presentes en cualquier sector.

La parte de la sociedad algecireña no señalada por el dedo de la fortuna se agrupó en una asociación que bajo la calificación de humanitaria y nombre Santa Elena.  Se constituyó en 1893, concretamente el 30 de abril; siendo aprobada por el Gobierno Civil el 16 de octubre de aquel mismo año. Lo cierto fue, sin faltar a la verdad, que tras aquel adjetivo y denominación, se creó una Sociedad de Socorros Mutuos, Orden Independiente de Cruzada, Asamblea Número 4, de nombre: Santa Elena. Tras este rimbombante título, se agrupaba una serie de algecireños que buscaron refugio -frente la desprotección oficial- ante los diferentes avatares de la vida. También eran denominados montepíos, hermandades o mutualidades.

Estas sociedades históricamente se constituyeron durante la Edad Media, vinculadas a los gremios, evolucionando estas corporaciones posteriormente hacia hermandades; tal fue el caso en nuestra ciudad, durante el siglo XVIII, de la cofradía de Los Mareantes, conformada con miembros muy vinculados a las actividades del mar, transformándose con el tiempo -dada la gran religiosidad de sus componentes- en la Hermandad de la Caridad de Nuestro Señor Jesucristo, siendo el objetivo principal de esta corporación la construcción del Hospital de su mismo nombre (hoy, conocido como Civil). Su régimen económico se basaba en las aportaciones de los hermanos y particulares para cumplir -en este caso- con la tercera de las virtudes teologales bien plasmada en el frontispicio de la capilla de San Antón: La Caridad Me Hizo.

Los liberales de los diferentes gobiernos intentaron introducir el concepto de solidaridad frente al de caridad, pero la falta de recursos de las instituciones hacía inviable el sueño reformador.

Entrado el siglo XIX, y con la presencia de los liberales en los diferentes gobiernos, estos intentaron introducir el concepto de solidaridad frente al de caridad, aplicando medidas políticas a través de la beneficencia pública. Pero la falta de recursos de las instituciones hacía inviable el sueño reformador. La más que posible pérdida del trabajo, la presencia de una enfermedad o accidente, nada extraño por otro lado dadas las precarias condiciones higiénicas y de inseguridad en hogares y tajos, provocaban el mas de los absolutos desamparos ante una desgracia.

Aquella sociedad creada en Algeciras se definió como "gremial y de amparo", dado que, según sus estatutos, estaba “Compuesta de artesanos, lleva una administración honrada, que pudiera muy bien servir de modelo, y que merced a ella tienen asegurados a sus individuos durante sus enfermedades de recursos necesarios mientras permanezcan imposibilitados para volver a sus diarias ocupaciones”. Lo cierto era que la actividad de socorro de aquella entidad iba más allá de la dolencia, como bien demuestra la siguiente certificación: “Don Jacinto Jurado Durán, Secretario de la Junta Directiva de la Sociedad denominada Santa Elena establecida en esta Ciudad de Algeciras. Certifico que en sesión celebrada por dicha Junta Directiva en el día de hoy, se dio cuenta de una proposición presentada por el socio Don Antonio Domínguez Ramírez […], que fue aceptada por unanimidad tomándose el acuerdo siguiente: Se autoriza a la Junta Directiva para que de los fondos de la Sociedad se faciliten 2.000 pesetas con el interés de 15 pesetas mensuales é hipoteca de bienes suficientes: casa en número 11 de la calle San Felipe de esta ciudad al socio Don Antonio Domínguez para sus propias atenciones y por el término de un año, autorizando también al Presidente de dicha Junta y al Tesorero de la misma Don Juan González Olmedo y Don Ramón González Escaño, respectivamente, para que en representación de la Sociedad comparezcan a formalizar el préstamo, estableciendo los pactos y condiciones más ventajosas a dicha Sociedad, hasta dejar garantizados los intereses de la misma, y para lo cual se facilita la presente Certificación de este acuerdo. Algeciras á 20 de Julio de 1896. El Secretario Accidental: Jacinto Jurado Durán y Vº Bº Juan González. Presidente”.

La actividad documentada se integra en la expresada declaración de principios anteriormente reseñada. En 1897 -concretamente en 2 de julio-, cuatro años más tarde de su constitución, y conjuntamente con la relación de la Junta directiva formada por Juan González Olmedo, como presidente; Ramón González, tesorero; Jacinto Jurado, secretario; o, Francisco Vera, auditor; aparecen también los nombres de Eugenio Mañaco, conductor; Rafael Sena, vigilante o José Idrogo, guardián, demostrando su carácter gremial abierto. A esta relación se suma el siguiente estado de cuentas: “Cantidades recaudadas 7.807,36 pesetas. Socorro a los enfermos 2.813 pesetas. Mobiliario, casa y alumbrado 1.300 pesetas. Quedan en caja 4.194,36 pesetas. Número de socios 80”. También formaban parte de la corporación, como así queda reflejado en el documento del citado estado de cuentas: “Antonio Domínguez, presidente honorario; Salvador Alfarache, Manuel Rodríguez Tocón, Ramón Palomino, José Gutiérrez y Eduardo Cidrón”.

A poco de acabar el viejo siglo, la sociedad Santa Elena parece estar debidamente conformada: con un presidente ejecutivo y también con otro honorario. El primero, Juan González Olmedo, era de oficio barbero, siendo su domicilio el número 47 de la calle Alameda. Posteriormente, pasó a la calle General Castaños 16. Su establecimiento de barbería estaba en el número 18 de la calle Alfonso XI, esquina a la Plaza Alta. Hombre muy vinculado a la política local, fue en varias ocasiones concejal, alcanzando la Alcaldía en el año 1919. En cuanto al presidente honorario, Antonio Domínguez Ramírez, también pertenecía al gremio de barberos, tenía su domicilio en el número 13 de la calle Alfonso XI; posteriormente, pasó a residir en el número 11 de la calle Soledad (hoy, José Santacana). Quizá pudiera ser que Domínguez Ramírez, dando ejemplo de gran honestidad, al verse necesitado de solicitar el socorro de la sociedad, según se refiere en la certificación documentada precitada, se viese en la obligación de dejar la presidencia de la misma, antes de hacer oficial su solicitud de ayuda; a la por otro lado como socio tenía derecho.

La impronta e importancia gremial de los barberos en aquella sociedad local no era extraña, pues el plantel de los mismos en la ciudad de Algeciras, entre ambos siglos, estaba compuesto por un numeroso grupo, entre otros: Antonio Araujo Olmedo, con domicilio en calle Alta 4; Manuel Sánchez Fernández, con domicilio en calle General Castaños 17; Salvador Alfarache Palacios, con domicilio en calle Jerez 12; Eduardo Guerrero Manzanete, con domicilio en calle Cristóbal Colón 36; Francisco Piña Rendón, con domicilio en el número 34 de la calle Sagasta; Pablo Gamboa Arjona, con domicilio en el número 1 de la calle Soledad; Miguel González Más, con domicilio en el número 3 de la plaza Ntra. Sra. de la Palma; Francisco Sánchez Moreno, con domicilio en el número 31 de la calle Alta; Gabriel González Más, con domicilio en el número 1 de la plaza Juan de Lima o Joaquín Jaén González con domicilio en calle de Las Huertas 13. La figura del barbero siempre ha sido de gran consideración social y política, no en vano Cervantes para resaltar la importancia de una localidad, expresaba en su Don Quijote: “Pues además de botica tiene barbero”. Y Algeciras, si de boticas tenía las justas, de barberos, como se ha podido comprobar estaba sobrada. Décadas atrás de las reboticas y barberías habían surgido asonadas y levantamientos.

La sociedad Santa Elena consta como una de las más importante de la provincia La sociedad Santa Elena consta como una de las más importante de la provincia

La sociedad Santa Elena consta como una de las más importante de la provincia / E.S.

Mientras tanto, la sociedad proseguía consolidándose en la practica de la actividad prestamista como la referida anteriormente, pero esta vez documentada años más tarde: “En Algeciras á 31 de Octubre de 1899, Francisco Fernández Roca, Secretario; Presidente Juan González Olmedo y Tesorero, José Gutiérrez León. En representación de la Sociedad Santa Elena, dan en préstamo á Francisca Polo Jiménez, 60 años, viuda y propietaria, la cantidad de 1.000 pesetas á devolver en el plazo de dos años á un interés de 8 pesetas mensuales, mientras conservase en su poder el capital, pagaderos cada final de mes […], constituyendo hipoteca á favor de la Sociedad de casas números: 14, 16, 18, 20 y 22 de la calle Buenaire”. A continuación: “Que habiendo abonado el capital prestado se le emite la consiguiente carta de pago”.

Con el inicio del siglo XX, la Sociedad necesitó un local para seguir ejerciendo su actividad, dados sus buenos resultados

, según se recoge documentalmente: “Y siendo secretario de la Sociedad de Socorros Mutuos, Orden Independiente de Cruzada, Asamblea Número 4, denominada Santa Elena, Francisco Fernández Roca, con sede social en vivienda número 6 de la calle Soria, esquina al Secano, arrendada por quién es su propietario Francisco Pérez Petinto y Costa, casado, propietario, con domicilio en calle Castelar, 50 […] En la cantidad de 2'50 pesetas mensuales por un periodo de 20 meses. Firman por la sociedad los señores: Eduardo Meléndez de Casas, Diego Domínguez Ramírez y José Saavedra Saraiba”.

Para entonces la sociedad de socorros mutuos algecireña, había alcanzado el importante número de 237 socios. Los logros de esta institución humanitaria como sus estatutos la definían, alcanzaron tal volumen y adquirió tal importancia que en los anales del Instituto de Reformas Sociales y Estadística de las Instituciones de Ahorro, Cooperación y Previsión, en fecha 1 de noviembre de 1904, formada por la Sección 3ª Técnico-Administrativo; y en su apartado de Cádiz, se menciona a la Sociedad de Socorros Mutuos Santa Elena de Algeciras, como “una de las más importantes de la provincia”. Solo fue superada por las corporaciones gaditanas: Sociedad Cooperativa de los Empleados de la Compañía Transatlántica -con 709 socios-; la todopoderosa Caja de Auxilio en beneficio del personal obrero de la Fábrica de Tabacos -con 1.104 socios-; y por el isleño Centro Obrero de San Fernando, que contaba con 400 socios.

Al parecer, dos años antes, la algecireña sociedad se había reconvertido -según se establece en el reseñado documento- en la llamada: Orden Independiente de Cruzada. Núm. 2, San Constantino. Contando, curiosamente, con el mismo y exacto número de socios. Quizá pudiera ser que en la elección de la denominación de la nueva “Orden” -con igual fin y a modo de legado por el bien social- se intentó plasmar por un lado la relación cariñosa y maternal que hubo entre las figuras históricas de Santa Elena y su hijo Constantino; o como el emperador, por otro lado, dar una astuta respuesta ante el incremento exponencial de adeptos a la nueva fe; en el caso que nos ocupa de carácter mutualista.

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