Historias de Algeciras Decente sepultura (II)

  • Los entierros se dividían en funerales de medias honras o de honras enteras o general y extraordinarios

  • El cadáver de Rafael Cintado tuvo que ser trasladado a vuelta a su domicilio al encontrarse cerradas las puertas del camposanto

El librepensador López Carrasco residía en la calle Huerta del Ángel.

El librepensador López Carrasco residía en la calle Huerta del Ángel.

Recordemos, que dentro de la tradición local, los entierros contaban con un protocolo muy estricto, en función del nivel social del difunto o difunta. Los entierros se dividían en funerales de medias honras o de honras enteras o general, y extraordinarios. En el primero de los casos sirva como ejemplo el que tuvo como triste protagonista a Leocadia Díez, que se desarrollo mediante: “Funeral hasta el cementerio y acompañado de un sacerdote y doce pobres, dándose á estos una limosna de 1 peseta, y su vela a cada uno […] En sufragio de su alma se aplicarían posteriormente las misas de San Gregorio […], y estipendio de 2,50 pesetas que serían rezadas por los señores sacerdotes adscritos a esta parroquia”.

Otro fue el que se produjo al fallecer Antonio Bonany Gurety; en este caso: “Entierro de medias honras, desde la casa morada a la Iglesia parroquial; y desde esta a las afueras de la población, y se mandarían aplicar por su familia los sufragios que tengan por conveniente en bien de su alma”. Y por último, el del también vecino de nuestra ciudad, Ángel Saínz, quién optó por: “Funeral de medias honras, desde la Yglesia a las afueras acompañándoles 20 pobres a quienes se les daría la limosna de 1 peseta. Dándose lo de costumbre a las que antes se llamaron Mandas Pías Forzosas (tributo sobre las sucesiones impuesto en 1811, para los damnificados durante la Guerra de la Independencia), y se aplicarían como sufragios en bien de su alma 20 misas rezadas al estipendio de 2'50 pesetas cada una”. 

En cuanto a los funerales extraordinarios, además de las características de los anteriores, es decir: acompañamiento de sacerdotes y pobres, misas de San Gregorio y los diversos estipendios, etc; contaban con un componente social en función de la importante figura de la persona fallecida. Valga como ejemplo el entierro del importante empresario y propietario Carlos Bianchi, cuyo funeral se desarrolló del modo siguiente: “El entierro tuvo lugar a las cuatro de la tarde, fue una verdadera manifestación de duelo demostrativa de la justa consideración que se tenía al finado. Las cintas del ataúd eran llevadas por los Sres. Antonio G. Nouvelles, Francisco España Rojas, José Jiménez Prieto, Manuel Sangüinety, Francisco Clavero y Manuel Coterillo. En la presidencia del funeral figuraban, el director espiritual y cura párroco Manuel Flores Tinoco, Eduardo Mensayas, Narciso Pérez Petinto, Plácido Santos, Enrique Alcoba de la Hoz, Rafael de Muro y Juan A. Utor. Seguido de un nutrísimo acompañamiento seguido por todas las clases sociales de Algeciras”.

Existía la costumbre desde tiempos inmemoriales de repartir por las clases altas alimentos entre los pobres. Tal tradición se mantuvo en nuestra ciudad hasta bien entrado el siglo XX, pues así aconteció en el siguiente funeral desarrollado en 1915: “Se celebró en la Iglesia Parroquial solemne misa por el alma del finado Juan Domínguez (q.e.p.d.), hermano político del concejal conservador Luís Delgado León, repartiéndose por dicho motivo entre los pobres, bonos de pan y carne”. 

También existían los entierros de los pobres de solemnidad, quienes tras recibir los sagrados sacramentos, y una vez enterrado el cuerpo del difunto, la caja era devuelta para “nuevo uso”. Sobre este particular, en la sesión plenaria celebrada el 30 de agosto de 1901, es decir ¡¡en pleno siglo XX!!, se acuerda: “Se hagan las reformas necesarias en el féretro para la conducción al Cementerio de los pobres que fallezcan en el Hospital Civil”. Al menos en el siglo anterior, de vez en cuando, se adquiría una caja nueva. 

De regreso al cortejo del cadáver de Rafael Cintado, que había quedado en plena subida hacia el Cementerio de nuestra ciudad, camino que por cierto, fue recientemente reparado: “Con objeto de designar el sitio en que se han de construir los nuevos nichos, según acordó el Ayuntamiento, el Concejal Félix Flores y el Contador Vicente Ruiz visitaron hace unos días el Cementerio Católico de esta Ciudad. Al mismo tiempo se hubo de inspeccionar el camino que se está arreglando y conduce al indicado Cementerio, en el que se están construyendo cunetas y desmontando la parte accidentada de aquel terreno para dejar el camino llano a fin de que pueda ser transitable en la estación lluviosa”.

Una vez arriba tras tan largo trayecto, los dolientes que componían la procesión de carácter civil que acompañaba al practicante difunto, encontraron las puerta del Camposanto algecireño cerradas. Las voces del exterior harían acudir raudo y veloz desde el interior al conserje José Larios, quien y según el documento consultado, justificó aquel cierre del siguiente modo: “No habiendo avisado con la anticipación debida para que abriera la fosa o sepultura, donde el cadáver de que se trata había de colocarse, no estaba dicha fosa, y por tanto no había traído la llave del repetido Cementerio”. 

Los entierros marchaban de la casa mortuoria a la Palma. Los entierros marchaban de la casa mortuoria a la Palma.

Los entierros marchaban de la casa mortuoria a la Palma.

La cara de perplejidad de los presentes mientras oían al nervioso conserje sería total pues, salvo la presencia y actuación religiosa, se había cumplido con todo los preceptos legales; es decir: certificación de la defunción por medio del médico del distrito de la Caridad, quién a su vez daría el preceptivo informe o escrito al responsable municipal de dicha zona, que se correspondía con la llamada 3ª Tenencia de Alcaldía (ejercida en aquellos días por Juan B. Guadalupe Miranda), desde que en 1878: “No siendo posible llevar el servicio que nos corresponde en la visita á domicilio de los enfermos declarados Pobres de Solemnidad […] para evitar los abusos que por falta de estos datos se suceden á cada momento […] se proceda a su formación por distritos (coincidentes con los electorales previamente establecidos). Algeciras 28 de Enero de 1878”.

Y los empleados municipales de dicha 3ª tenencia, como Manuel Blandino, Miguel Bianchi o José Rodríguez González, a las ordenes de los oficiales Diego López, Domingo Carvallo o José Alcoba, pondrían en conocimiento del conserje del Cementerio Municipal, José Larios, tal defunción; dando este último las indicaciones oportunas al sepulturero dimisionario -como se expresó en el anterior capítulo- Santos Caballero, para tener todo preparado para cuando llegase el cortejo que se encontraba al otro lado de la verja de acceso al Camposanto local, con caras cansadas e incrédulas.

Tras el momento de desconcierto, Larios dio como más pronta solución, y según siempre lo recogido en el informe, lo que sigue: “Podían dejar depositado el cadáver en el depósito del Cementerio Católico por no haberlo en el Civil”. Aquella posible solución, entenderían los presentes, haría removerse al difunto en el interior del féretro dada su forma de pensamiento anticlerical. Ante lo cual y en aquel acto la presidencia de duelo y demás amigos del finado: “Acordaron volver el cadáver a su domicilio, y en el día de mañana verificarían su sepelio, como así lo ejecutaron, regresando a esta Ciudad a la 7 de la noche”.

Sería algo insólito para los que lo presenciaron, observar como todo aquel cortejo emulando al que encabezado por la regia hija de los Reyes Católicos, se puso de nuevo en marcha con el objetor Cintado, cual Felipe el Hermoso, atravesando nuevamente las calles algecireñas  al igual que el flamenco esposo hizo por los campos de Castilla. Como tal hecho aconteció durante la estación y horario propicio para la presencia de los ciudadanos en la calle, de seguro que el frustrado entierro contaría con no pocos observadores entre caminantes, paseantes, niños y mayores, pensionistas, medio-pensionistas o militares sin graduación.  

En aquella Algeciras entre dos siglos, en la que no acontecía hecho alguno de relevancia, salvo los acostumbrados desencuentros con las fuerzas de represión del contrabando, un cortejo de la seriedad de aquel –a pesar de carecer de la sobriedad religiosa-, que había salido de la casa mortuoria a las 17:15 y abandonada -tras el incidente-, las puertas del Cementerio a las 19:00 bien pudo significar la callejera presencia -entre idas y venidas- del paseado difunto por tiempo suficiente como para atravesar el total perímetro urbano de la ciudad, y convocar con su sola imagen a toda su población. Pues aún contando con la segura presencia en el cortejo de coche fúnebre, este, iría a la coordinada velocidad de los acompañantes; salvo desbandada en el regreso. 

Sea como fuere, de seguro que los días posteriores a los hechos narrados y documentados, desde la lejana calle de Los Barreros en la Villa Vieja, donde tenían sus domicilios, entre otros: Francisco Cerra, Antonio Aranda o el grupo de vecinos avecindados en el popular patio Gamboa, propiedad de Vicente Gamboa; a la calle Nueva o Matadero, donde residían vecinos como: la viuda Aurora Valero, Juan Quintero Espada o todo el elenco de vecinos del popular patio de Custodio, cuyo administrador era Antonio González; todos los vecinos de nuestra ciudad, comentarían tan insólito hecho. Sentenciando algún que otro meapilas aquello de... ¡Dios es muy justo y no castiga ni con piedras ni con palos!

Nuestra ciudad gozo de la presencia -ciertamente poca- de aquellos librepensadores no comulgantes con el pensamiento religioso, político o social mayoritario, siendo uno de aquellos personajes Juan Bautista López Carrasco, del cual no se conocían datos de su vida y milagros, salvo su naturaleza rondeña; y que tenía su residencia habitual en una casa de huéspedes que por aquel comienzo del nuevo siglo, existía en el número 2 de la calle Huerta del Ángel, denominada De Castro, regentada por el matrimonio compuesto por Eduardo Rivero y Adela Simino. Ambos, además de la citada pensión o fonda, tenían abierto en aquel inmueble un establecimiento de bebidas muy popular en la Algeciras de entonces.

López Carrasco, falleció en nuestra ciudad a la avanzada edad de 74 años y lo hizo no sin dejar clara su postura frente al mundo, al expresar documentalmente por mano ajena: “Declara que es libre pensador cristiano, puramente de Cristo y por lo tanto no profesa otra religión que las doctrinas Espiritistas (filosofía que elimina la mediación institucional en la relación humana y espiritual), por estar en un todo conforme con las máximas del Divino Jesús; mandando que la forma de su entierro sea únicamente civil, sin señal ni acompañamiento alguno religioso [...] queriendo que su cuerpo con ropas de su uso, sea depositado en el panteón civil de la ciudad dónde ocurra su fallecimiento”. Aquella declaración se encontraba avalada por el Dr. Morón, quién al parecer y en función a la presencia documental de su firma, bien pudo gozar de la amistad -y tal vez de largas charlas sobre lo divino y lo humano- con tan enigmático y a la vez atractivo personaje. También hay que tener presente que la citada casa de huéspedes, estaba dentro del distrito sanitario coincidente con el del Hospital Civil, del cual Morón en aquella época era su director. 

Pero quizás el caso más extraño -por ser la protagonista una mujer, dada la posición social de subordinación del género femenino en aquella época-, lo protagonizó la viuda Isabel Fernández Avilés, quién proclamaría a los cuatro vientos su pensamiento expresando: “Ordena que su cadáver se sepulte en el Cementerio Civil, sin ninguna clase de entierros ni otras prácticas religiosas”. Aquella librepensadora mujer, muy valiente y adelantada para la sociedad que le toco vivir, había estado casada con Nicolás Fuentes Ríos. Ambos, en vida del marido, habían conseguido crearse un patrimonio urbano importante, constituido por dos viviendas en calle Munición, y otros dos inmuebles en calle Matadero, siendo uno de ellos un patio de vecindad que les reportaba una renta muy significativa. La vida de esta librepensadora, vecina de Algeciras, no fue nada fácil, trajo al mundo ocho hijos: Dolores, Antonio, María, Juan, Juana, Encarnación, Luisa y Gerónimo; falleciendo cinco de estos. A una edad muy avanzada, aquella valiente mujer, tras ver desaparecer a su marido y a cinco de sus hijos, se hizo cargo de dos nietos Antonio Corral Fuentes y Luisa Carmona Fuentes, hijo el primero de su difunta hija María; e hija la segunda, de su también finada hija, Juana. Toda esta carga la asumió generosamente aquella mujer con una personalidad fuera de su tiempo hasta llegar a los ochenta años en los que falleció.  

(Continuará)

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