La capilla del asilo San José
Incluida en la Lista Roja del patrimonio por parte de Hispania Nostra, la capilla erigida y mantenida por centenares de alcancías se ha convertido en una muestra del patrimonio de Algeciras que se hace indispensable conservar
El desamparo del asilo San José
La memoria es un tejido resistente, a la vez que frágil: una red de urdimbres que perseveramos en tramar, aunque cueste trabajo tejer. Los recuerdos, que tienen la seductora inexactitud de una fidelidad sin absolutos, son el mejor antídoto frente al olvido.
Un niño rubio, de memoria tan perseverante como sutil, nació tardío, después de varias muestras de amor, dolor y desengaños. Cuando vino al mundo, su padre concluía las obras de un racionalista edificio con visos de modernidad con el que mandó sustituir una pensión de planta baja que abría su fachada a la calle del Ángel. En aquellos años, allí se hospedaban marinos, gente solitaria, profesores de instituto, viajantes de comercio y, de vez en cuando, el cuerpo de coristas de alguna que otra compañía que actuaba en el Florida a lo largo de giras que tenían mucho de viajes a ninguna parte. Cuando llegaba el verano, familias de los llanos tórridos de Sevilla y Córdoba paraban allí en busca de unos baños –entonces de lo más reputados– en la playa del Rinconcillo.
El cepillo tenía un frontal rectangular e inclinado rematado con un arco de medio punto, bajo el que se desplegaba la reproducción de un cuadro ajado por los roces y los años
Al hospedaje se entraba por un zaguán abierto a la calle a través de una cancela de hierro escoltada por dos guías donde el padre ajustaba una plancha de madera cada vez que las aguas desbordadas del río llegaban hasta la puerta desde la estación de trenes, la capilla de la Caridad y la calle Tarifa. Después de traspasar dos hojas abatibles guarnecidas de láminas de latón que relucían con brillo obsesivo, se accedía al pasillo de la recepción, donde se extendía un mostrador formado por planchas de madera con casetones. Sobre su encimera reposaba un solitario teléfono de baquelita y el reloj de arena que medía la duración de unas conferencias cuya distancia no podía medirse con kilómetros.
Hermanitas de los Ancianos Desamparados
Al niño rubio le llamaba la atención una alcancía de madera que había junto al aparato. El cepillo tenía un frontal rectangular e inclinado rematado con un arco de medio punto, bajo el que se desplegaba la reproducción de un cuadro ajado por los roces y los años. Adaptándose a la circularidad del remate había una leyenda: “Hermanitas de los Ancianos Desamparados”. La pintura representaba una monja con hábito negro, pechera tan blanca como almidonada, y toca azabache que caía en pico sobre la frente. Posaba la mano derecha sobre una anciana cuyas miradas se cruzaban, mientras que un desvalido se llevaba a los labios la cruz que pendía de su cinto. La mano siniestra se dirigía a la mitad derecha de la escena: un cálido refectorio donde otras religiosas servían la comida a hombres sin techo, mientras que en la parte izquierda se percibía una secuencia exterior donde aleros, tejados, quicios y balcones se mostraban cubiertos de una gélida nevada. Un nimbo de santidad resaltaba la figura de la monja que protagonizaba la estampa.
La hucha iba ganando peso con el paso de los días hasta que, con la regularidad de las aves de migraciones cortas, entraba por el zaguán una sor vestida como la de la lámina para llevarse los donativos. El niño no sabía que la mujer del nimbo era santa Teresa de Jornet, responsable de la Congregación de Hermanitas de los Ancianos Desamparados que se había creado en Barbastro en 1873, aunque la casa madre se radicó en Valencia con el patronazgo de la virgen local y un santo de similar predicamento levantino: san José.
El niño rubio tampoco sabía que la orden se estableció en Algeciras 23 años después de su fundación gracias a los desvelos de una dama del lugar, Dolores García de la Torre, que las acogió primero en su propio domicilio del callejón de las Viudas, perpendicular al del Ritz. Gracias a rifas, tómbolas y festivales organizados en el teatro Imperial de la calle Ancha, la filántropa algecireña recaudó fondos para la erección de un asilo en los apartados predios del cerro de las Monjas, en unos terrenos que fueron donados por Antonio García Reina. Mientras tanto, la congregación atendía a una veintena de ancianos en las dependencias del entonces clausurado cenobio de la Merced, que se alzaban en la calle Convento, frente a las recién inauguradas casas consistoriales. Además de atender a los ancianos, las hermanas cuidaban de la iglesia homónima y aledaña.
El niño de perseverante memoria tampoco sabía que en 1905, meses antes de la celebración de la Conferencia Internacional que puso a Algeciras en el mapa de muchos, se iniciaron las obras de un nuevo edificio que cumpliera las funciones de asilo en un lugar mucho más céntrico: en los altos del Calvario, frente a la plaza de toros de la Perseverancia, sobre unos amplios terrenos cedidos por el consistorio. El inmueble proyectado tuvo la dimensión y los caracteres de una ciudad que empezaba a creer en ella misma; de una población que por aquel entonces había visto cómo se construían hoteles de lujo, señoriales mansiones y se proyectaban casinos y balnearios que luego quedaron en nada.
Obra de un ingeniero: William Thompson
El diseño original de la residencia de ancianos fue proyectado con una alargada fachada de tintes historicistas abierta al tramo final de la avenida que entonces recibía el nombre oficial de Canalejas. Una holgada espadaña de dos huecos se abría al norte y se veía desde el coso y desde los aledaños de lo que empezó a configurarse como la entrada septentrional de la ciudad. Las obras se prolongaron a lo largo de más de una década. En 1914, el Ayuntamiento cedió a la orden los jardines que daban a la avenida y dos años después, el edificio estaba ya operativo gracias a la donación de su cocina económica, realizada por la duquesa de Parcent.
El niño, cada vez menos rubio, tampoco sabía que fue entonces cuando se consagró la capilla que vertebraba la nueva construcción, la cual fue oportunamente advocada a san José. Este fue siempre el espacio más representativo y valioso del edificio. Las religiosas consiguieron que el afamado ingeniero William Thompson se encargara de su diseño y de la ejecución de las obras. El que fuera subdirector de la Algeciras-Gibraltar Railway Company y ejecutara la vía férrea entre la ciudad y Ronda, había sido también el responsable de varias construcciones emblemáticas de la población que atestiguaban su peculiar relación con la arquitectura sajona: el hotel Anglo Hispano, del que se tiene constancia de su existencia en 1891 y el fastuoso hotel Reina Cristina, uno de los primeros establecimientos de lujo de España, que abrió sus puertas diez años después.
Thompson se encargó de la realización de la iglesia del asilo, para lo que recurrió al neogótico, un estilo muy en boga en todo el orbe desde finales del XIX y de lo más escaso por estos pagos sureños. Sus trazos casaban a la perfección con los gustos británicos de la alta burguesía de negocios que se estableció en Algeciras a principios del XX. Su única nave con bóveda apuntada, sus rosetones, jambas, arcos ojivales, pilares fasciculados, cresterías y antepechos de flamígera decoración acabaron conformando un espacio original y diferente. Con materiales humildes como el yeso y la escayola, el proyectista inglés fue capaz de crear una atmósfera de otras latitudes en una población adonde llegaban aires cada vez más cosmopolitas.
Aquí se casó Mariluz Larios Fernández de Villavicencio con Luis Peralta España o Rosa y Pura Trelles con Francisco Escuín y Jesús Golpe
Un proporcionado retablo de similar estética cubrió el presbiterio, mientras que los ventanales apuntados se dotaron de unas espléndidas vidrieras modernistas por las que entraba a raudales la luz desde cuatro patios abiertos con este propósito. Con los años, la capilla se convirtió en todo un referente del buen gusto ciudadano y llegó a ponerse de moda entre las clases altas de la población a la hora de servir de escenario religioso para eventos como la boda de jóvenes que eligieron sus muros como marco de bodas de postín. Aquí se casó Mariluz Larios Fernández de Villavicencio con Luis Peralta España o Rosa y Pura Trelles con Francisco Escuín y Jesús Golpe.
Nada de esto sabía todavía el niño, que iba creciendo en la pensión familiar de la calle del Ángel hasta que un día Ramón Maristany, un corpulento viajante de comercio y cliente habitual, le habló de las vidrieras modernistas de la capilla, tan parecidas a las que él recordaba en las claraboyas y los zaguanes del paseo de Gracia de su siempre añorada Barcelona. Otras tardes de verano y yodo, Mister Hunt, un enigmático cliente inglés, le narraba con lenguaje casi gestual breves lances de William Thompson, el paisano autor del oratorio.
Un azul casi crepuscular se adosaba a los muros, a los arcos, a las balconadas, al coro
Para el niño –poco dado aún a sutilezas– la capilla estaba en el otro extremo de la ciudad, a una distancia que entonces se consideraba de lo más remota. No entró en ella hasta una tarde de abril, bajo un cielo plagado de cirros dorados y con el ruido estridente de bandadas de golondrinas antes de posarse en los cables de la luz. Fue con su madre una tarde de Jueves Santo. La acompañaba en su devoto empeño de peregrinaje a los siete sagrarios que entonces se visitaban. Atravesó por vez primera el recatado portón que daba a una Perseverancia aún en pie y allí se encontró con una monja vestida de negro igual que la de la estampa pegada a la alcancía junto al familiar teléfono de baquelita. Sin nimbo, pero con una sonrisa, dirigió sus manos blancas hacia una puerta que lo condujo a un espacio que todavía conserva en su memoria. Un azul casi crepuscular se adosaba a los muros, a los arcos, a las balconadas, al coro. La luz suave de la tarde se filtraba con la insistencia de los últimos alientos por los cristales de sus vidrieras; los tonos blancos y gualdas del retablo adquirieron movimiento con la llama de velas y más velas encendidas y el suelo de mármol refulgente lo llevó hasta un altar donde ramos de palmas que no vieron nunca el sol, claveles y gladiolos ascendían en forma de eucarísticos delirios verticales.
El silencio y la atmósfera del lugar despertaron un estado de ánimo en su conciencia infantil que aún no ha olvidado. Luego la visitó más veces: con el radiante fulgor del mediodía, mientras la luz solar proyectaba desde el rosetón sur centellas de claridad sobre el verde brillante de las aspidistras o con la escenográfica oscuridad que hermandades recién fundadas de Viernes Santo recreaban en cultos que ahora resultan lejanos. La última vez que entró, la capilla era toda una metáfora del abandono: el retablo, despojado de toda sacralidad, mostraba las entrañas de sus maderas deslucidas; las grietas amenazaban muros, bóvedas, columnas, jambas, arcos ojivales, cresterías, antepechos y pilares fasciculados. Las vidrieras modernistas sobrevivían a la incuria en un escenario de apocalipsis laico que hizo despertar conciencias y alarmas.
Incluida en la Lista Roja del patrimonio por parte de Hispania Nostra, la capilla erigida y mantenida por centenares de alcancías se ha convertido en una muestra del patrimonio que se hace indispensable conservar. El que fuera niño ignorante de tantas cosas quiere confiar en que el futuro sepa respetar, conservar, mantener y poner en valor este espacio para que no sea una evocación más de la memoria colectiva en una ciudad tan dada a los olvidos.
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