Campo chico El callejón del Ritz y el de las Viudas

  • Una colina llamada de La Matagorda sería el futuro asentamiento del barrio de San Isidro

  • El callejón que hoy se llama Joaquín Costa, es para los especialitos el callejón del Ritz o del Rit

El Emporium de Gibraltar.

El Emporium de Gibraltar. / E.S.

Vistos desde arriba o en un plano, el callejón de las Viudas y el callejón del Ritz forman una cruz cuya cabecera está coronada por el viejo edificio de Correos y Telégrafos. Apoyaría el pie en la empinada cuesta de la calle Larga y extendería los brazos hacia la confluencia con Ventura Morón y la Plaza Alta, por un lado, y hasta General Castaños por el otro.

Yo, personalmente, tengo muchos recuerdos gratos del primero de esos callejones, cuyo nombre oficial es Teniente García de la Torre, y también del segundo, que a efectos municipales se llama Joaquín Costa. Pero, como muy bien me dijo en una ocasión el alcalde Landaluce, los especialitos rara vez nos referimos a una calle por su verdadero nombre. AEPA 2015 tiene un apartado en su Web (Algeciras, calle a calle) que permite hacer un recorrido por la nomenclatura de nuestras vías urbanas. La calle Ventura Morón, por ejemplo, fue así denominada en memoria del gran médico que con su buen hacer y actuar hizo mucho bien a la ciudad. Además, don Ventura dejó una descendencia en la que están algunos de los mejores algecireños que en la vida han sido. Pero claro, esa calle que delimita la fachada sur de nuestra iglesia mayor, no se llamó así hasta después de que nuestro ilustre paisano nos dejara, el día de Nochebuena de 1940, con setenta y ocho años, después de haber dirigido el Hospital de la Caridad a lo largo de cuarenta y de haber sido cirujano de La Perseverancia durante los años más sonados de su historia. Ventura Arjona Morón, uno de sus nietos, que pudo, de muy pequeño, conocerle y convivir con él en su domicilio de la calle Ancha, es uno de los algecireños más relevantes de todos los tiempos.

Antes de que existiera el barrio de San Isidro, cuya incorporación al entramado vecinal, es posterior al diseño primitivo del recinto de la llamada Villa Nueva, la calle Ventura Morón se llamó Jerez y llegaba al límite oeste de la Algeciras recién repoblada de los primeros años del siglo XVIII: la calle Sevilla. Más allá, una colina llamada de La Matagorda sería el futuro asentamiento del barrio de San Isidro, llamado así por el santo al que se consagra su capilla. Se dice que de los viñedos allá plantados se extraía un vino llamado especial, del que derivaría nuestro gentilicio popular.

La versión que más me gusta sobre el origen de ese gentilicio, es la que cuenta que el interés del rey Alfonso XI por la importante ciudad andalusí al Yazira al Jadra (La isla verde) y lo costoso de su conquista, le indujo a crear un impuesto “especial” o alcabala, −palabra ésta que, curiosamente, procede del árabe hispano− para sufragarla. El sitio duró veintiún meses (1342-1344) y la crónica de Alfonso XI dice al respecto: El muy noble rey don Alfonso con todos los prelados et ricos omes et todas las otras gentes que y eran, entraron con muy gran procesión et con los ramos en la mano en aquella çibdat de Algeciras e dixieron la misa en la Mezquita Mayor, a que el rey puso nombre de Sancta María de la Palma. El pueblo extendió el calificativo “especial” del impuesto a los nuevos vecinos de la ciudad, que llamaron Algeciras castellanizando su bello nombre árabe. Al Yazira era una ciudad de unos 30.000 habitantes, defendida por un ejército bereber bien pertrechado. Añadiré que en mi infancia, en Algeciras todo era especial. En el real de la feria, en el Calvario y después, en la avenida, junto y tras el parque, carteles tales como “cerveza especial”, “pinchitos especiales” o “bocadillos especiales”, se colgaban por todas partes. Cabe esperar que los forasteros dijeran que aquí somos especiales. Mi padre me mandaba a por tornillos a La Llave, El Martillo o La Campana, al final de la calle Larga, en el tramo que luego se llamó Emilio Santacana, en honor del gran alcalde de la Conferencia, con el encargo de decirle a quien me atendiera: “que son para Ignacio el de Los Rosales”. Nunca supe qué significaba la advertencia y siempre me quedé con la duda de si los tornillos que proporcionaban a mi padre también, como todo, eran especiales.

El callejón del Ritz, en el pasado. El callejón del Ritz, en el pasado.

El callejón del Ritz, en el pasado. / E.S.

El callejón que hoy se llama Joaquín Costa, es para los especialitos el callejón del Ritz o del Rit. Hace más de un siglo que es ese su nombre y antes fue San Pedro. Pero nadie en Algeciras le llama ni lo uno ni lo otro. Siempre fue una callecilla muy frecuentada y con mucho garbo e historia. En lo que a mí respecta, estoy seguro de que he transitado por ella más que por ninguna otra, incluida mi calle: la calle Real. Ya lo contaré en otra ocasión, ahora quiero referirme a que lo de Ritz o Rit se debe a un hotel albergado en el edificio que hace esquina con el callejón de las Viudas, en los años cuarenta. Mucho anduve yo jugueteando por su portal cuando era ya de viviendas, el primero a la izquierda de mi querido callejón, el de las Viudas, al que nombrábamos tal cual y sin más: el callejón. Mi inolvidable amigo Paco Moya, que vivía allí de niño, y Quili, que sería de mayor, comisario de policía y murió habiendo alcanzado la categoría de comisario principal, en Pamplona, eran mis compañeros de juegos infantiles en aquel recinto viario que se nos antojaba nuestro. El hotel era del señor Navarro (¿Santiago?), abuelo de nuestro querido y admirado Babi, futbolista y preparador de élite. Le llamó Ritz, pero el famoso hotel madrileño del mismo nombre, le obligó a renunciar al uso de su marca. En un gesto muy algecireño, Navarro se limitó a quitarle la zeta. Así que Ritz o Rit, pero para nosotros es lo mismo, jamás la zeta ha sido un problema para nuestra habla.

Cuando te enterabas del nombre de Quili, Francisco José Gómez de la Concepción, te avergonzabas de llamarle de modo tan poco vistoso. Paco era un líder nato, fuerte, ágil y con unas facultades extraordinarias. Quili era mejor que yo, pero no mucho, pero Paco nos daba a los dos, sopas con honda en todo. Más si cabe, jugando a las bombas (lo que llaman canicas en otros lugares). Paco dominaba el “sepli en el hoyo” y el “quim por si da”, con una maestría innata. Los meblis los comprábamos en el Emporium de Gibraltar, pero en una tienda que había en la esquina del callejón del Ritz con General Castaños, frente a la casa Singer (donde hoy está La Alicantina), tenían bolas de china, que eran muy eficaces para pegar fuerte y romper las del rival. Con Paco había que armarse bien y las bombas de china eran ideales para enfrentarse a su poderío.

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