Campo chico De ayer y de anteayer

  • Algeciras ha tenido, desde el Franquismo hasta hoy, alcaldes de todos los espectros políticos

Playa del Rinconcillo, en Algeciras.

Playa del Rinconcillo, en Algeciras. / E. S.

Cuando en los años sesenta se decidió sustituir paisaje y belleza por bloques de hormigón y chimeneas, los pueblos del arco de la Bahía apostaron por la industrialización y abandonaron la tácita idea de preservar el medio, de disfrutar, en fin, de un horizonte limpio y saludable. Nunca estuvimos por la defensa de nuestros verdaderos intereses, siempre nos dejamos invadir por las tendencias globalizadoras de la especulación y el consumo.

Cuando en los veranos veo a mi admirado amigo Fernando Gallego Ortega sentado en su pequeño trono de sombrilla y sillita de playa junto al Bahía, con su gorra deportiva y su envidiable juventud, me aumentan las pulsaciones. Se me hace que Fernando es un resistente, como lo eran los de la Pastorada de la Peña Miguelín en la consolidación de la Transición, cuando se oscurecieron las tradiciones y nos encogimos con el a ver qué pasa. Entonces, por aquí, éramos todos de izquierda. De pronto pasamos de ser una ciudad albergue de funcionarios civiles y militares –incluso tuvimos un capitán del ejército, Rafael Correa, de alcalde– a acoger con entusiasmo al socialismo más bien marxista de los primeros tiempos.

Cambiamos de chip en un santiamén. Bien es verdad que los alcaldes del régimen anterior, como en la mayor parte de nuestra historia, eran nombrados por la autoridad competente, pero eran aceptados como si hubieran sido elegidos. Solían ser gente de prestigio que el personal aceptaba por considerar que su labor sería beneficiosa. Después, cuando la cosa iba de elección, nos fuimos de golpe hacia la izquierda del espectro político, tal vez como reacción al hábito de asociar el absolutismo con la autoridad y de creer que ésta pertenece al ámbito del poder omnímodo.

Es un problema de educación, que se manifiesta en ámbitos de dejación social, cuando se piensa que el respeto a los demás y al entorno sólo es posible si se impone por la fuerza. Empezamos con mayoría comunista, nuestro primer alcalde constitucional, Francisco Esteban Bautista, pertenecía al Partido Comunista de España. En las primeras elecciones, las de 1979, entre el PCE (31,04%) y el PSOE (22,9%), con una participación inferior al 50% (49,51%), sumaron más de la mitad de los votos emitidos. Debe señalarse que la lista del PCE estaba formada por personas muy estimadas por el personal de a pie que, de hecho, constituyeron uno de los mejores equipos de gobierno tenidos en la ciudad.

En 1983, más del 80% de los votantes –la participación subió a más del 58%– se decantó por PCE o PSOE y éste último partido invadió la comarca hasta el punto de que, eras de por ese lado del espectro o no eras nada. Los socialistas se quedaron a muy poco de una mayoría absoluta, que alcanzarían en los comicios de 1987. En 1991 mantuvieron una mayoría relativa, pero el andalucismo político en alza, consiguió la complicidad de la derecha y un PSOE en retirada fue abandonando el poder más espectacular de su historia en la comarca. Todo era socialista, pudieron transformarlo todo, pero se quedaron en el camino y si algo cambiaron fue a ellos mismos.

La espectacular irrupción del socialismo en la década de los ochenta produjo una especie de expectativa de masa que afectó al comportamiento colectivo. Algeciras parecía haberse quedado nublada y a la espera de que saliera el sol por algún lado. Cosas así como la Semana Santa o las celebraciones callejeras de la Navidad, se pusieron bajo mínimos. Anecdótico pero significativo fue el intento de desmantelamiento de La Columna, una cofradía que procesionó por primera vez en 1946 por iniciativa del Ayuntamiento, cuando la recuperación de la Semana Santa estaba en pleno apogeo y los salesianos adoptaron la gran responsabilidad de restaurar nuestras tradiciones religiosas.

Los primeros alcaldes de la posguerra tuvieron un protagonismo muy fugaz y cambiante hasta José Gázquez Morales (1940-46), fotógrafo de prestigio y referente de la saga de los Gázquez, cuyo hijo mayor, del mismo nombre, es un legendario atleta –fue subcampeón de España de salto de longitud– y uno de los mejores fotógrafos de nuestra historia cercana. En fotografías antiguas de la Plaza Alta se ve su estudio, una gran caseta de madera sobe los altos de la esquina con la plaza, de la calle Convento, frente al Casino.

Corporación Municipal, hacía 1952. Corporación Municipal, hacía 1952.

Corporación Municipal, hacía 1952. / E. S.

El sucesor de Gázquez, Manuel Baleriola Soler, estuvo algo más de un año. Se da la circunstancia de que una descendiente directa suya, Rosa María Baleriola Salvo, pertenecía por vía materna a la familia algecireña de los Salvo, de tanta importancia en nuestro devenir artístico y social. Rosa, una mujer de gran relevancia en el socialismo andaluz, murió joven, sin cumplir los cincuenta años de vida, fue la primera mujer directiva de un club de fútbol andaluz de primera, el Betis, en 1988, ejerció como directora general de Relaciones con el Parlamento regional de la Junta de Andalucía y fue jefa de gabinete de José Rodríguez de la Borbolla (después presidente) cuando éste era consejero de Gobernación de la Junta.

En diciembre de 1947, por dimisión de Baleriola, se hizo cargo de la alcaldía quien sin duda sería el gran alcalde de Algeciras, Ángel Silva Cernuda (1947-1956), madrileño que llegó como alto funcionario de Tabacalera y sería destinado después a la Dirección General de Emigración, desde la que prestó una gran ayuda a los paisanos de la comarca en los movimientos migratorios de los década de los años sesenta.

La Columna pudiera ser un símbolo tanto de la recuperación de la Semana Santa en los años cuarenta; especialmente en tiempos del alcalde Silva, verdadero creador de la Cofradía y de la introducción de los primeros pregones de la Semana Santa; como de la manifiesta oscuridad que envolvió las celebraciones de los años ochenta. Si el entusiasmo de los cuarenta por la restauración de la normalidad social fue grande, no menos lo sería el que pusieron los ayuntamientos de los ochenta en procurar la eliminación de las manifestaciones tradicionales de religiosidad popular.

Un dibujo del Ayuntamiento de Algeciras. Un dibujo del Ayuntamiento de Algeciras.

Un dibujo del Ayuntamiento de Algeciras. / E. S.

El Consejo de Hermandades y Cofradías de esos años sería el frente de la resistencia en el propósito de devolverle a la ciudad sus hábitos ancestrales. Como la Pastorada de la Peña Miguelín, en esos tiempos en que las rondallas casi no existían ya. Volveré sobre el asunto, sobre esa pequeña historia de la peña, sobre figuras como la de Manuel “El Bollo”, el pintor del Cristina, aquel gran personaje del que tanto disfruté, o como la de Bernardo, el matarife, al que le dije un día que era el Manolo Caracol del oficio, que hizo del fandango un cante grande.

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