Campo chico Algeciras, calle Real (V)

  • Se puede decir sin equivocarse que fueron los gallegos los que trajeron el 'pescaíto' a la zona

Calle Dato, hacia 1900.

Calle Dato, hacia 1900.

Junto a la capilla de Europa vivían unas monjas, que tal vez cuidaban de lo que quedaba de ese pequeño y entrañable templo que había dejado en 1943 de ser una carpintería. No muy lejos de la fachada, a veces en el acceso a la Escalerilla, se colocaban unos soportes de madera con los espectáculos que se ofrecían en el Casino Cinema, las corridas de feria o cualquier otro acontecimiento. Salazar era el encargado de tenernos al tanto de todo lo que tuviera que ver con la cartelería. Por entonces teníamos al gran Pepe Marín, que era capaz de pintar cualquier cosa y a cualquier tamaño, como haría con el monumental mural sobre su titular que conserva en su salón la querida Peña Miguelín.

Dado el bullicio de ese brazo ancho y principal de la Plaza Alta, era habitual escuchar el vozarrón de Collantes, un vendedor de periódicos que formaba parte del paisaje. Daba gusto verle, respiraba humanidad y bondad. Salazar se movía como un atleta y algunas veces repartía publicidad de los cines obsequiando a los que tenían más suerte, con un “argumento”, que era como llamábamos entonces a los policromados de pequeño formato sobre las películas. Otro lugar que elegía Salazar para colocar sus soportes eran los bajos de mi casa, en el número diez de la cuesta, ya muy cerca de la plaza y por eso, entre otras cosas, un lugar muy circulado.

Cuando abrió el Bazar Segura, junto a la modestísima vivienda de las monjitas, se añadió mucha luz a las tardes de invierno. Junto a él, la platería de Don Emilio añadía un sello de formalidad que definía la transición hasta el Bar Moya. Se llamaba “De la sobrina de J. del Río”, pero todo el mundo la conocía por el nombre de este buen paisano que gustaba sentarse en Los Rosales, desde donde contemplaba su negocio, atendido por su familia. Allí charlaba con Ignacio y con los pocos que a esas horas de media mañana, acudían a la mesa velador a cuya derecha estaba la entrada principal del local.

Platería Bar Moya, 1950. Platería Bar Moya, 1950.

Platería Bar Moya, 1950.

Le seguían otros tres veladores hasta solaparse con la otra puerta, que no servía de acceso sino de algo parecido a un mirador en el interior y a nivel de calle. Los Rosales, que se cerró en los últimos días de 1967, fue, unos años después, sustituido por el “Chic”, del inolvidable Salvador Romero, que ocupaba más o menos la mitad de la fachada de Los Rosales. No es posible detenerse, en esta ocasión, en este último, porque disponiendo Algeciras de una gran variedad de bares y calidades para todas las exigencias y de un anecdotario interminable, la historia de la Algeciras de la posguerra tiene una parte fundamental de sus esencias depositada entre las paredes de ese más bien pequeño bar, modesto y no muy dotado de instalaciones, donde recalaron algunos de los personajes más representativos de esa etapa que fue el cauce entre el antes y el después de nuestra ciudad.

La zapatería de Félix Vázquez un poco más abajo de la esquina de Ramírez, era una referencia en lo que tenía que ver con los arreglos del calzado, algo muy demandado en la época. En Algeciras había muchas y buenas zapaterías, entre las que tal vez La Ideal y Manzanete, fueran las de mayor ascendencia sobre el personal de a pie, pero eran tiempos en que había bastante más tendencia a reparar que a renovar y los zapatos, como todo, tenían una elevada componente artesanal. El menos coste de la mano de obra suponía mayor tendencia a arreglar que a adquirir un producto nuevo.

En ese tramo de calle entre General Castaños o Carretas y el callejón Bailén, junto a Ramírez, hubo durante mucho tiempo y hasta los años cincuenta, un reloj que sobresalía en la pared y añadía carácter al paisaje, en esos aledaños dominado por la que quizás fuera la primera freiduría que se instaló en Algeciras, me refiero a Los Gallegos, ubicada en el frente entre la cuesta de la calle Real y la otra cuesta hacia la plaza de abastos, la calle Sacramento, hoy Rafael de Muro, que sería alcalde de Algeciras en tres ocasiones, en la decadente década de los años 1890 a 1900, con la progresiva pérdida de protagonismo internacional de España y, no obstante, el florecimiento de la llamada Generación del 98, una clase intelectual que anunciaba la llegada de un tiempo nuevo. Rafael de Muro presidió el consistorio algecireño entre 1891 y 1893 y luego, en 1895 y en 1897, año en que se construyó el edificio de la Alcaldía de la calle Convento.

Podemos decir sin equivocarnos que aquí fueron los gallegos los que inventaron el pescaíto

Los Gallegos fue una iniciativa de un joven venido al terminar la guerra de 1936. Podemos decir sin equivocarnos que aquí fueron los gallegos los que inventaron el pescaíto. Entonces era un producto menor orientado a los soldados de reemplazo que pasaban por aquí, marineros y gente de pocos posibles. Arturo Lea Souto, parece ser que conoció estos pagos a través de un primo suyo que ya tenía una freiduría en Cádiz y de hecho era su pariente el que le proporcionaba la materia prima cuando empezó con el negocio. Maraver, el cerillero del bar, que decía ser anarquista cuando te hablaba al oído, se encargaba de vender los chuscos. En el mostrador te servían el pescado frito en papel de estraza en el mejor de los casos y, con frecuencia, en papel de periódico.

No estaban las cosas para mucho más y había veces que la gente acudía a Los Gallegos simplemente a que Maraver les proporcionara pan, un bien escaso que, como tantos otros alimentos de primera necesidad, estaba controlado en las panaderías a través de cartillas de racionamiento. Todavía faltaba mucho tiempo para que en el extremo opuesto del callejón Bailén, se abriera el Bar Kito, el pionero del pescaíto pensado para otro segmento de la sociedad. Don Arturo Lea fue un emprendedor que se afincó en Algeciras y creó escuela con su hijo Manuel, que regentaría la popular Casa Arturo a la vera del río, junto al Puente de la Conferencia. Me cuenta nuestro amigo Fali (Rus) que Manuel murió en Granada, hace unos años, mientras visitaba a su hija médico. Una hermana, hija pues de don Arturo, fue una conocida farmacéutica que tuvo su oficina de farmacia (Lea Porto) en la calle Convento.

En Los Rosales sólo se servía vino de Jerez y cerveza embotellada. Había máquina de café y grifos para la cerveza, pero no se utilizaban. Ignacio y sus empleados remitían al Bar Moya, enfrente, a cualquier cliente despistado que pedía, inocentemente y a la vista de los artefactos, un café o una caña. El único Jerez no embotellado, que se conservaba en grandes barricas en el interior el bar, era el fino del Marqués del Real Tesoro.

De aquellos representantes de vinos, recuerdo especialmente a Ramón Méndez, de Domecq, un gran tipo

En aquel tiempo los representantes de los vinos finos jerezanos se bebían una buena parte de lo que vendían. No recuerdo el nombre del de esa casa, pero sí que llegaba acompañado de un vehículo que trasvasaba el vino a los barriles de Los Rosales. Mientras se realizaba la operación y después que terminara, aquel hombre se bebía al alimón con Ignacio, mientras le contaba sus cuitas, unas cuantas medias botellas que traía con él a cada visita. Aquellos representantes eran verdaderas instituciones del buen beber y del saber estar. Recuerdo especialmente a Ramón Méndez, de Domecq, un gran tipo.

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