Campo Chico

El Callejón y la calle Larga

  • En la calle Larga, había una taberna que tenía un nombre precioso; se llamaba "El Racimo de Oro"

La Plaza Alta, hacia 1900.

Ya entrados los años cincuenta, el número de estudiantes de Bachillerato (10-17 años de edad), era bastante menor de lo que habría sido deseable. El Instituto era la única institución oficial de la comarca para esos menesteres y la gran mayoría de los jóvenes optaban por preparase para actividades comerciales o por aprender un oficio.

Los muchachos de algunas familias con posibles, y padres más dispuestos a ello, marchaban a algún internado. Muy mayoritariamente a los jesuitas de El Palo, en Málaga, o a San Felipe Neri, de los marianistas, en Cádiz. Se perdía, creo yo, en su desarrollo como personas, el apego a su ciudad; pero así eran las cosas.

Aquel bachillerato daba la oportunidad de obtener un título (Bachiller Elemental) desde el que se podía acceder a carreras tales como Magisterio o Náutica. Quienes continuaban hacia el Bachiller Superior se dirigían a carreras militares y a los que cursaban el Preuniversitario se les suponía aspirantes a una carrera universitaria. El examen de ingreso, a los 10 años, exigía ciertas habilidades. Había que saber de cuentas, redactar y tener una buena ortografía, exigencia que hoy causarían grandes trastornos si se impusieran en el ingreso a la Universidad.

Una socorrida alternativa al Bachillerato, eran los estudios de Comercio. Perito Mercantil era el título que podía alcanzarse preparándose por libre y presentándose ante los tribunales que acudían a la ciudad a examinar a los estudiantes. Más adelante, en las Escuelas de Comercio, se accedía a la titulación de Profesor Mercantil, y en las Escuelas Superiores de Comercio, a la de Intendente Mercantil. Eran los antecedentes de las Facultades de Ciencias Económicas y Comerciales. Se trataba de orientar, entonces, hacia la empresa y el comercio a quienes no se sentían llamados a estudios de carácter humanístico o científico. En la práctica, estudiaban Comercio algunos jóvenes que por razones familiares o vinculaciones a entidades mercantiles o financieras, encontraban así una vía formativa para familiarizarse con esa clase de actividades. Pero también era una posibilidad para los muchachos de familias modestas, como ocurría con mi amigo Paco, el hijo de Antonio, el del Kiosco Moya, que llegaría a ser uno de los directivos más destacados del Banco de Andalucía.

Paco, al que gustaba escribir su nombre compuesto: Francisco Rafael, no podía permitirse el lujo –un verdadero lujo en la época– de estudiar algo que le impidiera contribuir al mantenimiento de su familia. Comercio podía estudiarse en casa, acudiendo eventualmente a alguna clase particular, y luego, tribunales venidos de Cádiz te examinaban en Algeciras. Era frecuente recurrir a los locales de la Escuela de Artes, en la calle San Antonio, en la esquina de la calle Sevilla.

Como ya escribí, en casa de Paco se producían artesanalmente cigarrillos con picadura de Jorge Russo. Mi amigo, y a veces también yo, los llevábamos empaquetados al Kiosco. Mientras aquellas mujeres liaban el tabaco, jugábamos en la calle y cuando había material disponible, María o Maruja nos llamaban desde la puerta de su casa para que lleváramos el paquete a Antonio al Kiosco. La tarea se desarrollaba a lo largo del día y yo, que estaba por allí cuando no en el Instituto o haciendo los deberes, acompañaba a Paco en sus continuos ir y venir por la calle Larga, hasta los aledaños de la Cervecería Universal y La Giralda, a poco de su confluencia con Prim que formaba un chaflán donde lucía la magnífica tienda de tejidos de Rafael López, el abuelo materno de Rafael Pérez de Vargas y de los Silva.

Un anuncio de Tejidos López (1927). Un anuncio de Tejidos López (1927).

Un anuncio de Tejidos López (1927).

Aparte de Quili, el sobrino de la señorita Elvira que tenía su academia –la legendaria Academia Gómez– en el Callejón, solían participar en nuestros juegos, Manolín; hijo de don Manuel Patricio Herrera, un médico muy estimado en Algeciras y en toda la comarca; y su primo Manolo. Manuel era un nombre muy común en esa familia de emprendedores y de importantes algecireños cuya historia es inseparable de la de Algeciras. Manolín era algo más pequeño y más infantil y retraído. Su primo cuidaba mucho de él, pero también todos nosotros, sobre todo Paco, cuya bondad y actitud, heredadas de sus padres, le inducían un carácter protector que ejercía con cualquiera que él tuviera por más débil que los demás.

Como ocurre en algunos pocos casos, la historia familiar de los Patricio y su proyección social, está al alcance de quienes se interesen por nuestra historia próxima. Víctor Manuel Patricio Amo se ha encargado de dar a conocer la capacidad emprendedora de su familia a través de publicaciones abiertas. Una de ellas, “La primera fábrica de luz en Algeciras”, apareció en 2014 en una revista de Cádiz y Francisco Lopez Muñoz la reproduce en aepa2015.com. El autor nos cuenta cómo un grupo de notables algecireños constituyó en 1890, la Sociedad Anónima de Alumbrado Eléctrico de Algeciras, domiciliándola en el número 1 del callejón del Muro. Su primer director fue Manuel Patricio Ragel, antepasado directo de Víctor Manuel. Era una térmica que permitió alumbrar la Feria hacia finales del siglo XIX, lo que suponía un acontecimiento extraordinario. La enorme chimenea aparece en el fondo de fotografías y postales de la época dedicadas a la Plaza Alta. En los Tosantos de 1900, se alumbró el mercado, ya en la plaza; derivado de sus orígenes en el cruce de la calle Panadería con la de Sacramento. Treinta y cinco años antes de materializarse la monumental iniciativa que llevaron a cabo el ingeniero Eduardo Torroja Miret y el arquitecto Manuel Sánchez Arcas.

Uno de los patios de la Calle Larga. Uno de los patios de la Calle Larga.

Uno de los patios de la Calle Larga.

Siguiendo la cuesta hacia abajo, aún hoy se conserva, milagrosamente, un pequeño y bello patio, a pesar de que el edificio ha sido reconstruido. En él vivían los hermanos Juan y José Morales, que también formaban parte de nuestra pandilla. Juan era algo así como el presidente de un equipo de fútbol, el Juvenil C.F., en el que yo fiché para la temporada 1955/56. Por entonces el equipo de Juan Mari Ríos y el de Acción Católica lo ganaban todo. Pero, como bien dice Luisito Santamaría, el lechero de mi calle, yo no tenía futuro como futbolista. Paco Moya, sin embargo, era un defensa extraordinario que podría haber llegado a profesional si sus circunstancias familiares se lo hubieran permitido. En la parte alta de la calle Larga, casi en la esquina con Ventura Morón, vivía Eduardo Ramírez, que también participaba a veces de nuestros juegos. Su hermano Juan era de los mayores; como Antonio Rus que también vivió por allí, en una casa en cuyos bajos había un bar que tenía un nombre precioso; se llamaba “El Racimo de Oro”. No sé cómo a nadie se le ha ocurrido rescatar ese nombre para alguno de los espléndidos locales de hostelería que hay en Algeciras.

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