Historia

La Trocha en la época de la frontera

  • Este camino es una de las vías de comunicación más antiguas de Occidente

  • Durante la Edad Media se convirtió en un espacio con un elevado valor militar

Puente gótico sobre el arroyo del Yeso. Camino de la Trocha Puente gótico sobre el arroyo del Yeso. Camino de la Trocha

Puente gótico sobre el arroyo del Yeso. Camino de la Trocha / José Juan Yborra | Jesús Mantecón

El camino de La Trocha se configura como una de las vías de comunicación más antiguas de occidente. Desde tiempos protohistóricos servía para poner en contacto  la antigua bahía de Algeciras con el estuario del Guadalquivir, en tiempos pretéritos un extenso lago interior hasta donde llegaba un continuo trasiego de metales extraídos de Sierra Morena y de las explotaciones mineras del oeste peninsular. 

A lo largo de la historia, este camino ha conocido diferentes roles y funciones, momentos de auge y decadencia y alguna que otra variante, aunque su sentido fue siempre el tráfico de personas y mercancías a través de la orilla norte del Estrecho por el interior, a salvo de las numerosas contingencias que presentaba la travesía marítima del canal.

Durante los últimos siglos de la Edad Media, La Trocha pasó a desempeñar un papel muy peculiar, ya que se instituyó además en la más rápida y eficaz vía de penetración en territorios enfrentados y hostiles divididos por una frontera que durante más de doscientos años dividió la zona occidental cristiana y la oriental musulmana. Durante todo este tiempo fue mucho más que un camino, ya que a esta función de verdadero eje de penetración en territorios enemigos y enfrentados, se añadió la de instituirse en un espacio con un elevado valor militar en el que se implantaron importantes novedades organizativas en el ámbito de la guerra, que acabaron transformándolo en un eje lineal que dio sentido a numerosos hitos del territorio que cobran sentido y significado plenos precisamente gracias al camino.

Tras la decisiva victoria de las Navas de Tolosa, Fernando III logró dar un considerable impulso al avance de las tropas castellanas en Andalucía. Úbeda fue la primera ciudad de entidad que quedó bajo su control, y desde allí extendió su dominio a la práctica totalidad de la provincia de Jaén. Siguiendo el curso del Guadalquivir, conquistó Córdoba y la campiña sevillana hasta llegar a la capital. Una vez en ella, sirviéndose de la antigua vía que se dirigía hacia el sur, se hizo con Arcos, El Puerto, Sanlúcar y Jerez. Tomó esta ciudad como verdadero eje de operaciones y, desplazando sus tropas a través del antiguo camino de La Trocha, llegó hasta Medina Sidonia y Vejer en su afán por alcanzar Algeciras, la verdadera llave del Estrecho, el destino que durante siglos los monarcas castellanos tendrán como un complejo, caro y casi inalcanzable objetivo. 

Hitos en las fortificaciones de La Trocha. Hitos en las fortificaciones de La Trocha.

Hitos en las fortificaciones de La Trocha. / José Juan Yborra | Jesús Mantecón

Tras la conquista de Cádiz en 1262, el hijo de Fernando III, Alfonso X, tuvo que enfrentarse a la conocida como Revuelta Mudéjar de Jerez de 1264, que puso en serio peligro el control de Castilla sobre importantes plazas por las que discurría el camino que servía como principal vía de acceso a la bahía algecireña. Tras una campaña militar, el rey Sabio pudo asegurarse de nuevo el dominio de ciudades como Jerez, Medina o Vejer y estableció la frontera de Castilla en el territorio de la Janda, a escasos kilómetros de la embocadura oriental del Estrecho de Gibraltar, la meca de las aspiraciones cristianas, ya que, a través de Tarifa y, sobre todo, Algeciras, llegaban los continuos refuerzos del ejército árabe.

La ciudad de la Bahía será el principal objetivo de Alfonso el Sabio. Con este motivo, tras varios intentos fallidos y con la continua amenaza de desembarcos árabes a través del canal, en 1279 puso en marcha dos expediciones militares con la finalidad de su conquista. En la primera, embarcó los pertrechos en una numerosa flota que partió de las atarazanas de Sevilla y descendió el Guadalquivir hasta Sanlúcar. Desde allí se dirigió hasta el Estrecho y se apostó frente a la ensenada de Getares. Una segunda expedición se dirigió a la ciudad por tierra. Salió de la antigua Hispalis y después de dejar atrás Dos Hermanas siguió el camino que llevaba hasta el vado de la Cartuja por el oeste de la sierra de Gibalbín, el cual seguía en parte el trazado de la actual AP-4. Tras cruzar el río Guadalete, se sirvió del antiguo camino de La Trocha para llegar a Medina Sidonia, la Janda y el valle de Ojén hasta Algeciras. Una vez aquí, asentó su ejército en el escarpe sur del río de la Miel, donde pocos años después se alzará la Villa Nueva –paradójicamente conocida hoy como Villa Vieja- y comenzó a escribirse una de las páginas más ominosas para el reino de Castilla en aquellos convulsos tiempos.

Alfonso el Sabio había preparado concienzudamente la toma de Algeciras. Hasta había creado una muy peculiar orden militar relacionada con la ansiada ciudad y con el camino terrestre que hacia ella conducía: la de Santa María de España o de la Estrella, la única de carácter mixto –naval y terrestre-, cuyo fin no confesado fue también el de dotar a La Trocha de las infraestructuras necesarias para preparar la campaña del Estrecho y la conquista de la ciudad anhelada. Sin embargo, todas sus ilusiones se volatilizaron con la brusquedad del fracaso que supuso la severa derrota que se llegó a conocer como “el Desastre de Algeciras”. En 1279 la totalidad de la flota castellana fue destruida frente a una ciudad sobre la comenzó a fraguarse el mito de lo inexpugnable. La literatura de la época se hizo eco de varias consecuencias de este hecho, como los numerosos cautivos cristianos que tuvieron que penar en las mazmorras algecireñas. Algunos de ellos lograron escapar –muchos a través de La Trocha- y llegar hasta el monasterio burgalés de santo Domingo de Silos, a quien se le adjudicó el carácter milagroso de la huida, como lo relatan los Miraculos romançados. 

La torre de Botafuegos. Camino de la Trocha La torre de Botafuegos. Camino de la Trocha

La torre de Botafuegos. Camino de la Trocha / José Juan Yborra | Jesús Mantecón

Las cuantiosas pérdidas sufridas por el ejército castellano en Algeciras se acrecentaron el año siguiente en el conocido también como “Desastre de Moclín”, donde la poderosa orden militar de Santiago sufrió tan duro descalabro que el monarca se vio obligado a tomar una decisión bien dolorosa para su proyecto, como fue la supresión de la de la Estrella y el trasvase de sus posesiones y efectivos a la santiaguista. En ambas derrotas tuvo responsabilidad importante el heredero, el futuro Sancho IV, al cual, poco antes de morir, Alfonso el Sabio le transmitió la prioridad de conquistar Algeciras como clave del paso del Estrecho de Gibraltar.

Tras soportar varias incursiones y cabalgadas protagonizadas por Abu Yacub que llegaron a través del camino de La Trocha hasta las mismas puertas de Jerez, el nuevo monarca se dispuso a la toma de Algeciras en 1291; sin embargo, tras reclutar su ejército, realizó un cambio de planes y se dirigió con el mismo a través del recurrente camino hasta las proximidades de Tarifa y puso cerco a una plaza que no planteó en ningún momento las dificultades que tenía el de Algeciras. De hecho, tras menos de dos meses de asedio, las tropas castellanas entraron en el recinto tarifeño por el portillo de Santiago y se hicieron fuertes en la ciudad. Sin embargo, esta conquista no supuso una total garantía de poder del monarca sobre el territorio, como lo demostró el conocido episodio de un nuevo sitio al que se vio sometida en 1294, en el que se produjo el conocido, reseñado y múltiples veces representado episodio protagonizado por Alonso Pérez de Guzmán, que entró en la historia, la literatura y la vida con el seudónimo de “el Bueno”.

Una obsesión heredada

Tras la muerte de Sancho IV, su heredero, Fernando IV, volvió a plantearse lo que acabó convirtiéndose casi en obsesión de la corona de Castilla durante siglos: la conquista de Algeciras. Para ello, vuelve a concentrar un ejército que vuelve a salir de Sevilla, vuelve a cruzar el Guadalete por el vado de la Cartuja y vuelve a recorrer el camino de La Trocha en busca de la ciudad ansiada. Al llegar a la Bahía, el monarca castellano logró conquistar con relativa facilidad la plaza de Gibraltar, donde realizó su entrada el 12 de septiembre de 1309; sin embargo, el hado siguió mostrándose adverso para los intereses castellanos, que levantaron de nuevo el cerco a Algeciras sin poder conquistarla.

La ciudad acabó siendo el feudo de Abd al-Malik, rey que terminó ostentando el título de monarca de una Algeciras árabe que causó más de un quebradero de cabeza a Castilla. No solo reconquistó Gibraltar, sino que efectuó numerosas cabalgadas en territorio enemigo utilizando -cómo no- el camino de La Trocha. En una de ellas, acompañado de más de cinco mil caballeros recién desembarcados en Algeciras, llegó hasta Jerez, donde capturó un generoso botín de guerra. Sin embargo, el regreso será fatal para Abomelique, ya que el nuevo rey castellano, Alfonso XI, entró en batalla con él en las proximidades del arroyo del Rocinejo. De este episodio quedan numerosos rastros en la toponimia local: desde el cerro de Lario (antes conocido como del Alarío), la mata del Tuerto o el llano de la Pelea hacen referencia a gritos, motes y espacios directamente relacionados con el hecho. El más significativo es la loma y el camino de la Juía, ya en las proximidades de sierra Momia, a un paso de La Trocha, con lo que se vuelve a poner de manifiesto el valor del camino como vía que empleó el rey de Algeciras en un lastimoso regreso a la ciudad que su propia muerte impidió, como relatan las crónicas.

Esta victoria, conocida como la de las Vegas de Pagana, animó a Alfonso XI a insistir en la interminable campaña militar del Estrecho. Para ello, volvió a sitiar infructuosamente a Algeciras en 1340, lo que provocó un nuevo rearme del ejército benimerín.  El siguiente paso del rey castellano fue asegurar Tarifa, por lo que se dirigió con un nuevo ejército que condujo de nuevo a través de La Trocha desde Sevilla hasta las inmediaciones de la Torrejosa. Una vez allí, a través del río del Valle, llegó a la costa atlántica, donde tuvo lugar la batalla del Salado que no solamente logró aliviar la presión sobre Tarifa, sino que empujó al monarca a planear de nuevo la conquista de Algeciras. Esta nueva campaña la preparó concienzudamente. Siendo consciente del valor geoestratégico del camino de La Trocha como vía de penetración directa hasta su bahía, mandó construir dos puentes –los actuales góticos que salvan el arroyo del Yeso en las proximidades de Medina- y ordenó arreglar los antiguos caminos de carretas que atravesaban el valle de Ojén, por donde discurría La Trocha desde la venta homónima al puerto de las Hecillas.

Perspectiva desde el castillo del Berroquejo. Camino de la Trocha Perspectiva desde el castillo del Berroquejo. Camino de la Trocha

Perspectiva desde el castillo del Berroquejo. Camino de la Trocha

Estos preparativos fueron el primer paso de un cerco largo, muy largo, de los más largos que se conocen, ya que se extendió durante casi dos años, aunque concluyó con la entrada de las tropas cristianas en Algeciras el Domingo de Ramos de 1344. Este fue el motivo por el que Alfonso XI ofreció la antigua mezquita Mayor, a partir de entonces con rango de catedral,  al culto de Santa María de la Palma. Otro templo fue cristianizado en honor de san Hipólito, cuya festividad se celebra el 13 de agosto, día del nacimiento del monarca. Tras su entrada, Alfonso XI fortificó la ciudad, lo que no fue suficiente para que en 1369 pasara de nuevo a manos árabes hasta su posterior destrucción. Desde entonces, se sucederán casi cien años de estancamiento en las líneas de frontera en los que La Trocha volvió a ser la vía de penetración de razias y cabalgadas, hasta que a través de ella Pedro García de Herrera se desplazó hasta Jimena para conquistarla en 1431; tres años más tarde, Juan de Saavedra entró en Castellar –topónimos ambos de frontera-, mientras que Alfonso de los Arcos, al mando de un exiguo ejército, tomó Gibraltar en 1462.

A lo largo de más de doscientos años, La Trocha fue un camino que sirvió de vía directa de penetración de los ejércitos castellanos hasta la bahía de Algeciras y de los árabes en sentido inverso. Desde el reinado de Alfonso X, los primeros se encargaron de fortificar y militarizar el camino. La creación de la orden de Santa María de la Estrella, con sede en el castillo de San Marcos de El Puerto de Santa María, no fue sino una muestra de ello, como lo manifiesta la erección de un considerable número de hitos. 

La ermita de los Santos Mártires La ermita de los Santos Mártires

La ermita de los Santos Mártires

En aquel tiempo se erigió el castillo del Berroquejo, atalaya desde la cual aún hoy se controla el paso de la A-381; en aquel tiempo se fortificó la ermita de los Santos Mártires, al pie de Medina Sidonia y del antiguo camino, enclave decisivo desde, al menos, época romana; en aquel tiempo se levantó el castillo de Torrestrella, verdadero eje y acuartelamiento de tropas de la homónima orden; en aquel tiempo se completó la torre de Benalup, desde la que se abría la imponente laguna de la Janda; en aquel tiempo se pudo erigir la enigmática torre-castillo de la Torrejosa, que controlaba toda La Trocha desde Benalup al puerto de las Hecillas, linde de la vertiente mediterránea. Desde aquellos tiempos, el control del camino lo ejercía ya en el borde de la bahía de Algeciras la torre de Botafuegos, hasta donde llegaba una variante del camino que, desde las Hecillas, bordeaba la falda suroriental de la sierra de la Palma hasta arribar a un antiguo territorio de estuarios, cabezos al borde de un mar entonces mucho más cercano y ciudades protohistóricas.

Durante aquel tiempo, La Trocha realizó la función que ha venido realizando desde milenios hasta mediados del siglo pasado, en que perdió todo su uso: fue la sarta que unió todas sus cuentas, el hilo conductor de fortificaciones, hitos, iglesias visigodas, calzadas romanas, puentes góticos, perdidos oppida, ciudades sin sede, construcciones clásicas, señoríos barrocos y la senda por donde discurrieron el metal y el contrabando, los ejércitos y los huidos, los románticos y los perdedores, los monarcas y tantas gentes anónimas que atravesaron el camino sin otra ayuda, en muchos casos, que la de las estrellas.              

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios