Los búnkeres del Estrecho, un patrimonio en peligro

El desplome de un búnker en el Parque del Centenario en Algeciras evidencia el abandono institucional de bienes históricos protegidos por ley y la Constitución

Dos históricos búnkeres del Parque del Centenario de Algeciras se desploman

El nido 310, en la orilla de la punta de San García.
El nido 310, en la orilla de la punta de San García. / Ángel Sáez

"El nido, que se ha caído". Ese fue el diagnóstico directo y sencillo del caballero que paseaba a una preciosa perrita negra, recién adoptada en el refugio de mascotas. Gente de buen corazón que cuenta la vida, tal cual es, sin adornos. "La verdad es que esto se veía venir. Y menos mal que no ha pillado a nadie". Claro y sin ambigüedades, remató, continuando el paseo por el sendero embarrado en un extraño y tranquilo intermedio en la cadena de borrascas atlánticas como las de antes.

Los regueros brillantes de las recientes lluvias bajaban con prisa desde los altos de la punta de San García, anegados como todo el territorio en este raro invierno de lluvias eternas, pantanos rebosantes y barriadas atestadas de camiones incapaces de cruzar el Estrecho.

El fortín número 310 del Sistema Fortificado del Estrecho, que abarcó más de 130 kilómetros de costa desde el río Guadiaro hasta cabo Roche, en Conil, se había caído, con nocturnidad y alevosía, como tantos otros. Y daba igual. O no.

El fortín 310, derrumbado.
El fortín 310, derrumbado. / Ángel Sáez

Que otro búnker se hunda ha dejado de ser noticia. Lo novedoso, para los que siguen el tema desde hace ya unos años, es que ya no los tiran constructores sin escrúpulos. Y que ahora no permitan que sean arrasados impunemente unas autoridades que, en otra época, se mostraron insensibles, ignorantes o corruptas. Son otros tiempos, dicen.

Éste de la punta de San García, en Algeciras se ha deslizado sobre el techo inclinado de los estratos de areniscas y arcillas que conforman el espectacular flysch de nuestro frente litoral. Alguien, en el Gobierno Militar del Campo de Gibraltar, no acertó en la elección de su emplazamiento exacto, mientras se libraba la Segunda Guerra Mundial. Pero claro, las órdenes recibidas del General Jefe del Ejército del Sur, Queipo de Llano, desde Sevilla, eran taxativas. Y, en el Ejército, las órdenes se cumplen. Muy especialmente si emanaban del cuartel general de Franco, que, el 1 de mayo de 1939 había encargado establecer un dispositivo defensivo “con toda urgencia” en “los accesos del peñón de Gibraltar a La Línea cortando las carreteras en tres puntos con muros de cemento y piedra (…) en evitación de una sorpresa”. Y, una vez conformado en lo básico el “cerrojo del istmo”, se continuó con lo que se ha venido en denominar “la Muralla del Estrecho”.

El nido 310 era uno de sus integrantes, entre el más de medio millar de obras levantadas sólo en el extremo sur de la Península ante los temores del dictador de un ataque aliado en el Campo de Gibraltar procedente del Peñón.

Nunca llegaron a entrar en acción y, de haber tenido que hacerlo, habrían resultado poco eficientes, a tenor del testimonio de uno de los oficiales al mando de un grupo de aquellas obras, a quien tuve la fortuna de entrevistar hace una década.

Triste perspectiva la del derroche de recursos por el régimen de Franco, con resultados poco más que propagandísticos, habiendo sido llevado a cabo en un momento crítico para la nación. Tal era el nivel de destrucción alcanzado por la contienda civil, finalizada sólo unos meses antes, y las enormes penurias que atravesaba la población. A lo que se unió el sufrimiento de los integrantes de los Batallones Disciplinarios de Trabajadores, un depurado sistema represivo articulado contra los perdedores de la guerra, empleados como mano de obra forzada en la construcción de estas defensas de hormigón, así como de las pistas militares y las baterías de costa que, seguidamente, llenaron el territorio.

Como indicaba el caballero de la perrita negra, ésta del pequeño fortín de la Punta de San García es la crónica de una muerte anunciada. Se viene denunciando desde hace mucho el estado de abandono de este conjunto patrimonial que, no por ser contemporáneo y erigido con materiales poco valorados desde la óptica de la Historia del Arte, carece de preceptos jurídicos que obligan a su conservación. Sobre eso hablan los artículos 46 y 44, 149.1.1, y 149.2 de la Constitución, señalando, entre otros detalles, que “los poderes públicos garantizarán la conservación y promoverán el enriquecimiento del patrimonio histórico, cultural y artístico de los pueblos de España y de los bienes que lo integran, cualquiera que sea su régimen jurídico y su titularidad”. Sobre ello se detiene la Ley 16/1985, de 25 de junio, del Patrimonio Histórico Español, que califica a estas obras como bienes de interés cultural y señala, como organismos competentes para su ejecución, “los que en cada Comunidad Autónoma tengan a su cargo la protección del Patrimonio Histórico”. Y, en consecuencia, y dado el estado descentralizado de nuestra Administración, todos ellos son elementos integrantes del patrimonio histórico cultural andaluz, cuya protección está encomendada a la Junta de Andalucía, quien tiene competencia exclusiva sobre protección del patrimonio sin perjuicio de lo que dispone el artículo 149.1.28 de la Constitución.

El Fuerte del Tolmo, en 2024.
El Fuerte del Tolmo, en 2024. / Ángel Sáez

Hace ya años, la Dirección General de Bienes Culturales de la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía trabajaba en su inclusión en el "Inventario de Bienes Reconocidos del Patrimonio Histórico Andaluz" a través del Plan de Arquitectura Defensiva de Andalucía. En particular, dicha consejería, en su delegación territorial de Cádiz, dispone desde 2006 de un catálogo que recoge los fortines hormigonados o búnkeres del sistema fortificado del Campo de Gibraltar.

Y no debe caer en el olvido que la ley andaluza establece que los ayuntamientos han de colaborar con la Junta y que les corresponde adoptar, en caso de urgencia, las medidas cautelares necesarias para la salvaguarda de todo este patrimonio.

En definitiva, que los responsables de velar por la salvaguarda de este conjunto patrimonial están perfectamente identificados conforme a la legislación vigente. Que dicho conjunto se encuentra perfectamente definido e identificado, no sólo en el referido catálogo (Catálogo de los búnkeres del Campo de Gibraltar. Redacción de documentación para la catalogación de elementos defensivos del siglo XX en el área del estrecho de Gibraltar. Delegación de Cultura de la Junta de Andalucía. Cádiz, Expediente I061333CA11CA, 2006) sino también en las numerosas publicaciones de carácter científico realizadas al respecto en los últimos 25 años, al menos, e impulsadas muy especialmente por el Instituto de Estudios Campogibraltareños.

De manera que, tal vez, no dé igual que se caiga otro fortín. Aunque sea de los menos monumentales, de los más pequeños del sistema defensivo, de los menos modélicos desde la óptica de la ingeniería militar, de los peor conservados. Aunque fuera tan menospreciado por las autoridades responsables de su mantenimiento, que hace unos años se le colocó un banco de madera encima, generando un ilegal, peligroso y, sin duda, privilegiado lugar desde el que contemplar la Bahía de Algeciras. Aunque se hayan caído otros ante la desidia y la incompetencia de las administraciones culturales, responsables de velar por su integridad. A pesar de que jueces sobrepasados de trabajo o indolentes o ignorantes, o un poco de todo ello, no hayan admitido a trámite numerosas denuncias presentadas después de haberse cometido atentados flagrantes contra nuestro patrimonio monumental. Una y otra vez. Y con la concurrencia de peritos en la materia que les fueron explicando qué es un bien a proteger según la citada legislación, ilustrando con bibliografía y ejemplos prácticos. Y argumentando, sin resultados, por motivos técnicos a decir de sus señorías, que la obligación de protegerlo es acorde a convenios internacionales originados por aquella Convención para la protección del Patrimonio Cultural y Natural del Mundo, adoptada por la Conferencia General de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco) ya en 1972.

La Torre del Fraile, en 2020.
La Torre del Fraile, en 2020. / Ángel Sáez

Pues nada. Se nos ha derribado impunemente y se les sigue dejando caer. Como ocurre con otros monumentos menos sospechosos, como esa preciosa Torre del Fraile de Algeciras, el edificio histórico más antiguo del término de Algeciras aún conservado en pie, aunque cada vez menos, algo más allá del Faro de Punta Carnero. Éste es del siglo XVI, no como esos trastos de hormigón que sólo tienen ochenta y tantos años. Y como los fuertes artilleros del siglo XVIII, que siguen deshaciéndose en el silencio del olvido: el del Tolmo, el de San Diego, el de Santiago… No, perdón, que éste lo arrasó, también con absoluta impunidad, Somixur, en 2001, la empresa participada por el Ayuntamiento de Algeciras y la constructora Aldía. Hoy es un edificio potente del centro (Plaza Mayor) y un parque de perros. Y como el impresionante patrimonio prehistórico que constituye el arte rupestre del Extremo Meridional o Arte Sureño, desatendido por unos y vandalizado por otros.

"El nido, que se ha caído", comentó, circunspecto, el caballero que paseaba con una preciosa perra negro azabache, luminosa y juguetona, en el privilegiado mirador de la Bahía.

Como tantos. Claro. Que no hay forma de atender tanto patrimonio en este país tan antiguo. Si fuéramos como los yanquis, ricos y sin monumentos, nos iría mejor. O tal vez no.

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