Historias de Algeciras Mujeres de la vida (III)

  • La Ditera tuvo que hacer frente a la persecución de las autoridades después de que una antigua compañera, María O., denunciase dónde se ejercía la prostitución en Algeciras

A la Ditera le gustaba observar el mercado A la Ditera le gustaba observar el mercado

A la Ditera le gustaba observar el mercado / E.S.

Aún recuerda la denuncia de la que fue objeto por quien suponía ser buena compañera, la que en tiempos tenía como amiga de nombre María O., aquella con la que compartió los primeros años de “oficio”. La tal María se dirigió a las fuerzas de orden público para hacer constar de su puño y letra lo siguiente: “La Ditera, recibe en la calle de las Huertas. María G. tiene dos pupilas admitiendo todo lo que le sale en su casa. La Bolatera es ama de casa y recibe. La Antonia vive en el callejón de Las Viudas, es ama de casa y tiene a mujeres y llama a mujeres. María la Palacia vive en callejón del Muro, tiene 2 mujeres y las que van de noche. La Tarifeña tiene 2 primas y 2 mujeres más. La Melona, en el callejón de Jesús, tiene una pupila; y la Campilla, ama de casa, también admite”.

Aquella denuncia indicaba hasta los lugares más recónditos de Algeciras donde se practicaba la prostitución; prosiguiendo el texto delatorio: “La Palacia, en el Ojo del Muelle; la Melona, en callejón de Jesús; Antonia V., en calle Bailén; la Pachocho, en San Isidro; en la calle Gloria hay una casa; en el Secano, dos; en calle Escopeteros, una casa; en el sur del Río, otra casa”. La documentación recoge apodos sin especificar casa de mancebía o lugares al uso: “La Palacia (en la denuncia reseñada callejón del Muro-Ojo del Muelle); la Dorotea; la Campilla; la Almejera; la Portera y la Quiquina”. Dejando para el final de la denuncia información documentada de los lugares habituales para la práctica de “placeres menores a bajo coste” efectuados en los llamados: Tunar de Ojeda, situado ente la Ronda o Secano; el Camino a la Estación, hoy Fuente Nueva; o el Puente, en referencia al antiguo Puente del Matadero.

Tras la reclamación, el alcalde actuó contra la presencia de meretrices no controladas

Parte de reconocimiento meretrices en Hospital de la Caridad Parte de reconocimiento meretrices en Hospital de la Caridad

Parte de reconocimiento meretrices en Hospital de la Caridad / E.S.

A raíz de aquella denuncia se vivieron días de auténtica persecución, recordaba la Ditera, quedando plasmada la acción represora del modo siguiente: “Por orden del Alcalde, los agentes de su autoridad recluyeron días pasados a diez desgraciadas que, sin someterse a la reglamentación de las leyes de higiene, se dedicaban a la vida alegre”. Se refiere a las que conocedoras de su salud, eludían el control sanitario obligatorio, prosiguiendo la denuncia: “una vez revisado el estado de muchas de ellas, no siendo el más satisfactorio, pasaron por tanto al Hospital de la Caridad para ser sometidas a un plan curativo”. Según la documentación consultada, el Alcalde actuó con carácter de emergencia ante la presencia de meretrices no controladas: “Ha constituido un peligro para el pueblo el que pululen por calles y plazas, cafés y paseos una banda de mujeres en estas condiciones y en este estado, ni puede ser más inmediato, ni más cierta la intervención de la autoridad”. La presencia de este grupo de “incontroladas”, provocó una gran alarma social en nuestra ciudad: “La opinión pública asustada ha señalado el asunto como escandaloso, dándose casos en que tras largas y penosas enfermedades, han venido a encontrar algunos jóvenes una muerte cierta”.

Esta última referencia a la juventud era muy contemplada por la Ditera. Ella bajo ningún concepto hubiera admitido a una menor de edad como “trabajadora”; y ni mucho menos, a otro menor como cliente. El asunto, con toda justicia, fue muy perseguido por las autoridades de la época, como le expresa el siguiente documento: “También sería posible que nuestras autoridades tomasen algún cuidado sobre ello, evitar la explotación de las menores, caso muy frecuente en nuestra población – y en el resto desgraciadamente-, ¿y no sería posible prohibir la entrada en las casas de lenocinio a menores de edad?, pues se da el bochornoso espectáculo de ver a adolescentes hacer alardes de su inmoralidad en medio de las calles”.

-"Todo eran problemas para el mantenimiento de las casas de tapadillo" (definición popular recogida por Pío Baroja en su obra La Busca), pensaría la patrona de la calle de Las Huertas; mientras recordaba la traición que a todas les hizo la que fuera su amiga María O. Los tiempos no eran fáciles, según un documento consultado: “Además de la contribución municipal que se les cobra a las meretrices semanalmente, se les exige por sus patronos o patronas, cuando llega el momento de ausentarse, cantidades de 5 y 25 pesetas”. Sí, la Ditera desde su discreto negocio de la calle de Las Huertas, sabía que algunas de las viejas alcahuetas cobraban a sus pupilas con tal de mantener el negocio aunque no trabajaran. Poco podía imaginarse aquella mujer, que medio sabía leer y escribir, que un tal Quevedo, siglos atrás, de forma solidaria, pues les tenía en gran consideración, expresó: “Hetairas y poetas, hermanos son”.

Algunas alcahuetas cobraban a sus pupilas sin trabajar para mantener el negocio

De la época de este genio de las letras hispanas es la frase: “Alcahueta de mucho caletre y trastienda, gobierna su mancebía mejor que muchos príncipes sus Estados”. Recordando al autor cojitranco en su célebre obra El Buscón, este pone en boca de uno de sus personajes centrales: “Alcahueta o algebrista de reedificar doncellas, revivir cabellos o matar canas”. Cuántas alcahuetas como aquella -descrita por Quebebo, como le llamaba su enemigo Góngora-, había conocido María la Ditera a lo largo de su vida como devota de Venus; ejerciendo unas laboras -definidas también por Baroja en su magnífica obra reseñada- denominadas unas veces como “proveedoras de angelitos para el cielo”; y otras, como “recomponedoras de virgos y doncellas”. Incluso supo de más de una descarriada decente, que acudió acompañada de su compungida madre, para que aquella “trotaconventos” recompusiera lo que había roto un atractivo soldado de infantería y no precisamente con la bayoneta reglamentaria. Desgraciadamente, la ignorancia y una moral represor hicieron posible que no pocas jóvenes se desangraran sobre mesas de lúgubres cuartos, victimas de aquellas carniceras, maestras en el manejo de plantas abortivas, como la ruda o la artemisa.

La sociedad miraba para otro lado y no reconocía la realidad y los peligros de la prostitución

En cuestiones del pecaminoso sexo, aquella sociedad de comienzos del nuevo siglo prefería mirar para otro lado y no reconocer la realidad de la prostitución y sus peligros. Tan solo los miembros de la sanidad local, en coordinación con la militar, conformaban la gran defensa ante los posibles efectos para la salud de sus habitantes. Y aún así, para no sobresaltar a “los castos”, el asunto se trataba con el máximo de los sigilos posibles; por ejemplo: “Doctor Martínez. De los Hospitales de París. Especialista en las enfermedades secretas. Calle Sagasta, 3 y 4. Consultas de 10 a 13 horas. Algeciras”. La presencia de un galeno con carácter tan privado y exclusivo para según que clase social implicaba que “los males secretos”, no solo afectaban -como se pretendía señalar- a las clases populares. Aquellas pobres mujeres estaban abocadas en su mayoría a la practica de la prostitución como única salida de la endémica pobreza nacional, venidas hasta nuestra ciudad desde diversos puntos de la geografía española, huyendo de la miseria; además de contribuir humildemente al desarrollo de los municipios de la zona –pues pagaban sus tributos al erario público y hacían posible la movilidad del dinero-, sufrieron el menosprecio de la sociedad, que salvo el control sanitario para su propia defensa, jamás se ocupó y preocupó de ellas, no posibilitándoles otras alternativas a sus desgraciadas vidas.

De vuelta a su deleite matinal, viviendo la vida que transmitía el gentío del mercado de Algeciras, la Ditera no pudo por menos reflexionar sobre cuánto había que trabajar para conseguir los 2 reales que costaba un puchero. Allá estaban los trabajadores carniceros de Soto, cuyo establecimiento se encontraba en la cercana calle Sacramento; o, el ir y venir del “carro de mano” de la pescadería de Antonio Pérez, con las canastas de cañas llenas de pescado cubiertas con helechos y soltando agua de mar vueltas pestilentes con el sol.

Al otro lado del mercado, entrando por la calle Pi y Margall o Tarifa, una joven desaliñada y hatillo en mano, miraba a un lado y a otro. Frente a ella, se encontraban los puestos o casillas propiedad de Julián Navarrete y Ángela Acosta, quedando entre ambos la casilla del almotacén que en aquella época estaba bajo la responsabilidad de José Castillo. La joven sabía a quién buscaba y porqué.

La Ditera seguía sentada en el popular establecimiento Café del Moro cuando vio a lo lejos a una muchacha muy joven, casi una niña, que fijamente la miraba. Conocedora del alma humana la patrona de la calle de Las Huertas, adivinó la intensión de la joven. Nada más llegar a su altura y antes de que esta hablara, le espetó con rotundidad a la cara:

-"No", Guardó silencio unos instantes para agregar. - Tú no sirves para esto, date media vuelta y vuelve a tu casa".

La joven intentó explicarle su historia, pero la patrona la conocía antes de que aquella pudiera abrir la boca; y, la verdad, estaba hasta el moño de oír una y mil veces la misma cantinela... "Que si el señorito del pueblo se encaprichó con la moza de turno, y una vez conseguido lo perseguido, aflojó la cartera para que la futura madre desapareciera con el bombo, no vaya a ser que eche por tierra el buen apellido de la familia… Que si la niña engañada por su novio una vez la dejó “preñá” se quitó de enmedio… O que el padre echó a la calle a la futura madre, porque no podía mantener otra boca, o porque valoraba más su honra que la de su hija. ¡En fin...Siempre lo mismo!".

La joven insistía y la Ditera tuvo que hablarle claro:

-"En este trabajo siempre tienes que estar con las piernas abiertas, cuando no es para el cliente que te paga, es para el médico que te examina" - la Ditera agregó. "Siempre expuesta a enfermedades, mal pagada y siempre señalada por todo el mundo, hasta por el que fue tu cliente la noche anterior".

El examen al que se refería la patrona era el obligado control sanitario al que estas mujeres estaban sometidas, estando a cargo del médico higienista quién cumpliendo un calendario de visitas, pasaba revista a todas las “profesionales del amor” de Algeciras; recogiendo documentalmente el resultado de la preceptiva revisión, como tal les aconteció a las siguientes meretrices: “Josefa L. quién se encontraba enferma; Mercedes M. y Elvira R. quienes se encontraban sanas; Margarita S. enferma; Aurora P. enferma; María P. sana; Dolores B. menstruando; Mercedes C. y María V. sana; Isabel A. enferma; María G. sana; Dolores P. sana; Virginia P. enferma; María C. sana; Josefa S. enferma ó Francisca, G. sana. El Médico Higienista. V. Morón”.

Insistía la Ditera intentando convencer a la joven:

-"Y después de años de vender tu cuerpo por un mendrugo solo te queda la nada: vieja y olvidada. Nadie quiere a las putas".

En referencia al último comentario de la patrona, hay que añadir que, según la documentación de la época, el único apoyo social al que podían aspirar estas “mujeres de la vida”, se encontraba en el llamado Padrón Municipal de Beneficencia: “A los pobres de solemnidad, se sumaban los ingresos de las llamadas sanitariamente meretrices: Sebastiana R., Ana F., Teresa J., Pilar y Carmen V., Ysabel P., Antonia B., Esperanza R., Herminia C., Francisca G., Mercedes P., Josefa G.., Encarna L., Teresa P., Patrocinio L., Emilia A., y las hermanas Encarnación y Antonia C”.

Finalizando María su monólogo con la joven:

-"Esta noche dormirás en mi casa; pero mañana te irás", sentenció la Ditera.

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