Historias de Algeciras La utopía algecireña (I)

  • Siete algecireños constituyeron el 21 de mayo de 1894 la Colonia Armenta, una tertulia basada en la filosofía positivista impulsada por el profesor Antonio Armenta

La calle río, a principios del siglo pasado. La calle río, a principios del siglo pasado.

La calle río, a principios del siglo pasado.

Aquella tarde, como tantas otras, el profesor de segunda enseñanza don Antonio Armenta, finalizaba sus clases vespertinas en su academia particular de primera enseñanza abierta en la parte baja del número 10 de la calle Salmerón o del Río. Y como tenía por costumbre, tras finalizar de recoger y despedirse de sus dos maestros ayudantes, su hijo Melchor Armenta y Angelio Benítez, subía a la parte alta de la vivienda, donde se encontraba su hogar; y allí, junto a su esposa Margarita Moreno reponer fuerzas, y quedar a la espera de la llegada de sus correligionarios. Don Antonio, como así era llamado y conocido, gustaba como intelectual que era, de leer el periódico y reflexionar sobre la España de su época, aquella nación que hacía cuatro años había afrontado la última década del convulso siglo XIX, y del que el para entonces viejo profesor, había sido humilde protagonista desde que viniera al mundo en un ya muy lejano 1842.

La actualidad española que se rendía ante su mirada, plasmada en la prensa madrileña traída diariamente y desde dos años atrás por el ferrocarril de los ingleses, no podía ser más desesperanzadora. Desde las elecciones celebradas un año antes, ostentaban el poder los liberales con Sagasta al frente, siendo la figura más destacada la de Germán Gamazo, un viejo abogado que asumió la cartera de Hacienda, suegro del que diez años después sería nombrado Presidente del Consejo de Ministros, Antonio Maura. Aquella sociedad española, entre tantos problemas, se habría de enfrentar al conflicto que popularmente se denominó la Guerra de Margallo, consistente en un enfrentamiento del ejército español contra las kábilas cercanas a Melilla, y al que el gobernador de la ciudad norteafricana, Juan García Margallo -de ahí el nombre del conflicto-, no sabía poner fin mientras las arcas del Estado se desangraban. A todo ello había que unirle la siempre amenazada paz en los territorios de Ultramar, para la cual Sagasta optó por ampliar los grados de autonomía y autogobierno para aquellos alejados territorios oponiéndose en la metrópolis la Iglesia y un sector de la Unión Constitucional sumándose a esta posición contraria, el Partido Liberal Autonomista Cubano. A todo este triste panorama había que sumarle el terrorismo anarquista que tuvo su momento de mayor trascendencia con el atentado que sufrió el gobernador militar de Barcelona, Martínez Campos y por el que fue juzgado y fusilado el anarquista Paulino Pallás, quien ante el juez quiso justificar su fallida acción en represalia por los hechos acontecidos anteriormente en Jerez de la Frontera, cuando una multitud de campesinos asaltaron la cárcel muriendo varias personas entre defensores y asaltantes. En fin, la perspectiva que ofrecían aquellas enormes hojas traídas desde la capital de España, no podían ser más opuestas al ideal de la ávido lector.

El viejo profesor pensaría en su fuero interno que, dada la negativa actitud de los gobernantes, la situación bien se podía calificar de normal. Desde su época de estudiante, el joven Antonio Armenta y Díaz, había descubierto a través de una de sus pasiones, como lo era la lectura, la figura del que el consideraría a lo largo de su vida uno de los más grandes pensadores: Augusto Comte. Este francés, cuya obra siguió el joven Armenta, a la vez que la complementó con las de otros autores como Claude Henry de Rouvroy, más conocido con conde de Saint Simón y el británico John Stuart Mill, le forjaron su pensamiento político basado en el positivismo (El conocimiento auténtico es el conocimiento científico, susceptible de cambiar a la sociedad y al individuo en sus propiedades sustanciales, utilizando como herramientas, entre otras, la socialización que llevaría al altruismo, al orden y al progreso). Esta filosofía decimonónica tuvo gran arraigo en algunos países sudamericanos, en la bandera de Brasil por ejemplo, consta la leyenda “Orden y Progreso”, principios defendidos por Comte.

Aquel vecino de Algeciras, desde el número 10 de la popular calle Río, creía en un mundo mejor y en que la solución a los problemas de aquella sociedad estaba en los principios de la filosofía positivista. Tal era su convencimiento y vehemencia, que dada su capacidad intelectual y pedagógica, había sabido trasladar a un grupo de vecinos de nuestra ciudad sus inquietudes políticas, para lo cual, periódicamente mantenía reuniones y tertulias en las vacías aulas del colegio privado que regentaba en el bajo de su domicilio y que se había convertido en la ciudad de Algeciras en poco tiempo, en referencia de una educación avanzada, practicando -como su maestro Auguste Comte- y en no pocos casos, el altruismo en el pago de la mensualidad entre sus alumnos.

Como si de unos apóstoles se tratase, a la caída de la tarde cuando las obligaciones laborales lo permitían y el sol se iba ocultando por Poniente, aquellos seguidores del positivismo de Armenta acudían a la hora fijada para comentar, exponer y discutir sobre este aspecto del científico pensamiento y la posibilidad o no de ponerlo en practica en aquella sociedad española aún anclada en el siglo XIX. A partir de que aquel vetusto reloj de pared colocado en la sala principal de la vivienda, comenzó a cumplir su función y señalar la hora fijada para el encuentro. Seguidores como Manuel Cabezas, Sebastián Sánchez, Domingo Andrés, Rafael Pagüe, Francisco Broto o Juan Morejón comenzaron a entrar y, tras saludar, ocuparon los asientos para reflexionar en como dejar un mundo mejor a aquella chiquillería que horas antes había utilizado aquella misma sala sin pensar en lo trascendente del pensamiento de quienes vendrían a sucederles posteriormente en aquellos pupitres de madera.

Días tras día, los temas de la actualidad nacional se hilvanaban con los principios del positivismo, para, a través de la casación problema-solución, encontrar la respuesta. En el plano teórico del conocimiento científico todo tenía lógica, todo encontraba su sentido. Y una y otra reunión, todo nuevamente quedaba en el plano teórico… hasta que a los seguidores de aquella forma de entender a la sociedad, la pequeña aula se les hizo pequeña y comprendieron que tras la cerrada puerta del bajo del número 10 de la calle Río o Salmerón, estaba el mundo al que había que convencer con el ejemplo. Aquella noche aquellos seguidores del galo Comte -con su gran maestre Armenta-, girarían la palomilla o perilla de la luz (la ciudad contaba con electricidad desde 1890, a través de la Sociedad Anónima del Alumbrado Eléctrico de Algeciras), con la inquietud en el cuerpo y en la mente de que la teoría había finalizado.

Y puesto el sol del día de su fecha, es decir el 21 de mayo de aquel lejano 1894, los siete elegidos por la utopía algecireña, salieron a la calle para dar forma a su pensamiento, horneado en largas e intensas horas de reflexiones y discursos teóricos. Y el sueño tomo forma, expresándose documentalmente: “En la ciudad de Algeciras […] Antonio Armenta y Díaz 54 años, casado, licenciado en ciencias, de esta vecindad […], Juan Morejón García, 47 años, casado, propietario vecino de Jimena de la Frontera […], Francisco Broto y Durán, 46 años, casado y del comercio […], Rafael Pagüe y Colino, 46 años, casado, propietario […], Domingo Andrés y Expósito, 50 años, capitán de Infantería retirado […], Sebastián Sánchez Mayoral, 43 años, casado, industrial y vecino de Jimena de la Frontera […], Manuel Cabezas Rodríguez, 44 años, casado, maestro de obras […], tienen convenido constituirse en sociedad para fundar y establecer una colonia que se denominará “Colonia Armenta”.

Auguste Comte filósofo francés del siglo XIX, referente del grupo de Armenta. Auguste Comte filósofo francés del siglo XIX, referente del grupo de Armenta.

Auguste Comte filósofo francés del siglo XIX, referente del grupo de Armenta.

El paso estaba dado, pero cabe preguntarse ¿cómo se entendería en una ciudad tan estamental como la Algeciras de aquel tiempo, la implantación de lo que aquel grupo autodenominó colonia? Las clases populares estaban a lo suyo, que no era otra que intentar subsistir día a día; la mayoría en aquellas “paupérrimas colonias” que eran los patios, configurados bajo los principios de la pobreza, a veces extrema, carentes de un ideario mínimo de higiene y salubridad. Después estaba la pequeña y alta burguesía en la que el concepto “colonia”, se encontraba muy arraigado con la diaria visión de Gibraltar al otro lado de la bahía; aunque a decir verdad, tan bien por colonia se habían llegado a denominar los núcleos poblacionales de San Pablo de Buceite, San Enrique de Guadiaro o San Martín del Tesorillo que bajo la sombra de la poderosa familia Larios se habían creado décadas atrás en cercanos municipios. Hombres de mundo como el ex-alcalde Emilio Santacana (1893), o su hermano José que le sucedió en el cargo (1894), el año en el que Antonio Armenta y su grupo hicieron realidad su ideario positivista, fácilmente entenderían el ensayo sociológico, aunque resultara extraño el intento de realización del mismo dentro del termino de Algeciras.

De seguro habría quién se preguntara que hacían entre aquellos “iluminados” personajes tan conocidos y con cierta relevancia social como Francisco Broto ó Rafael Pagüe. El primero, comerciante, casado con Margarita Toledo Gutiérrez, con quién tuvo tres hijos: Diego, Paulina y Francisco, domiciliado en el número 2 de la calle Río, era hermano de Diego Broto, dueño de una zapatería en la calle Pi y Margall o Tarifa número 9, emparentado con la familia Pérez-Petinto y Costa. Era tal la confianza y amistad que existía entre Broto y Armenta, que este último aceptó la responsabilidad tutora sobre el menor de los hijos de Broto, llamado Francisco. El segundo, Rafael Pagüe Colino, importante propietario local, que cinco años después de la aventura “colonialista”, compraría el Cortijo llamada Bonete, pagando la nada desdeñosa cantidad para su tiempo de 4.000 pesetas en mano a quien fuera su anterior propietario Juan Guerrero Gil. Pagüe, también era propietario -desde 1888- de un tejar en la Dehesa de la Costa, en el sitio denominado El Rodeo (hoy zona conocida como Campo de Golf y acceso a San García), también tenía una vivienda en la Plaza Alta esquina a calle Munición o un almacén de materiales en la calle de San Juan, junto a su domicilio sito en el número 15 de dicha calle. Un caso especial era el del vecino de nuestra ciudad Domingo Andrés Expósito, militar retirado con el rango de capitán y por tanto con una gran formación castrense, que en principio, bien se puede entender alejada de pensamientos no acordes a los duros principios de obediencia de la milicia, para quién al parecer, llegó hasta Algeciras tras una ardua y difícil carrera asentándose en esta plaza.

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