Historias de Algeciras El robo en La Palma (y II)

  • El Padre Porras encontró a su vuelta a la ciudad que los muebles donde guardaba sus efectos en la parte doméstica del templo algecirereño habían sido abiertos

Una de las calles del centro de Algeciras, a principios del siglo pasado.

Una de las calles del centro de Algeciras, a principios del siglo pasado.

Tras la marcha de Flores Tinoco, el obispado creyó oportuno ocupar el puesto dejado por éste, en la nada fácil parroquia algecireña como se ha expresado anteriormente, con el que fuera su coadjutor Porras y Pérez. Muy poco tiempo después, concretamente el 1 de mayo de 1905, el señalado para proseguir la labor pastoral de Flores Tinoco, sería sustituido por don Cayetano Guerra Meléndez, hombre de gran carácter y que en poco tiempo haría ver a su feligresía que retomaba la línea dejada años atrás por el añorado arcipreste presidente de la patriótica suscripción popular durante la guerra de Ultramar, pasando Porras y Pérez, el sacerdote sustituido, a ocuparse de la parroquia de la población de Conil.

Una vez pagados los servicios de Antoñito, el Padre Porras saludó a su hermano en Cristo, el párroco y arcipreste de la ciudad Cayetano Guerra, a quien previamente y por carta le había comunicado su intención de trasladarse por unos días hasta nuestra Algeciras, así como los motivos “privados” de su visita siendo el cansado viajero recibido gratamente por el responsable del templo. Dado la hora y el deseo de descanso, el párroco de Conil, decidió posponer para el día posterior la acción motivo de su viaje.

A la mañana siguiente, es decir el 24 de aquel caluroso día de agosto de 1907, el presbítero Porras se dirigió llaves en mano hacia la habitación sita en la parte doméstica del templo de la Palma, para dar apertura con ellas a los muebles que servían de depósito a sus “intereses”. Nada más entrar en la habitación que había sido la que años atrás se le había asignado, sintió un gran disgusto al comprobar como los muebles presentaban claros signos de apertura sin su consentimiento.

Rápidamente volvió a cerrar la habitación y marchó a comunicarle la mala nueva a don Cayetano. Este le aseguraría desconocer el asunto, procediendo a llamar al corto personal al servicio de la parroquia, siendo el responsable directo del mismo el honrado sacristán Juan García, quién también manifestaría un total desconocimiento de los hechos, añadiendo, sin duda, el que aquella habitación hacia años se encontraba cerrada como lo probaba la posesión no interrumpida de la llaves de acceso en poder del presbítero, no ofreciendo por tanto servicio alguno a las diferentes actividades de la parroquia y bien pudiera ser una de las situadas al poniente del edificio donde se ubicaban en aquella época: almacenes, taquillas, patios, escuela privada, habitaciones varias, comedor, cocinas, oficina de orden público, letrinas, pozos, escaleras, vestíbulos y galería. En definitiva, el reverendo Porras se encontraría en la necesidad de tomar una decisión rápida con el riesgo de que si procedía a abrir los cajones del mobiliario afectado del supuesto robo, borraría las posibles pruebas del hecho o del intento.

Por aquellas fechas de agosto de 1907 se habían producido robos en varias viviendas

¿Y llamar a la policía? En aquella época la Inspección de la Policía se encontraba muy cerca de la Iglesia de la Palma, concretamente frente a la calle Santísimo, donde posteriormente se ubicó la Sociedad de Caza y Pesca La Oropéndola. Curiosamente y en relación a los hechos temidos por el párroco conileño, la policía en Algeciras se encontraba investigando los siguientes robos perpetrados en calles cercanas al templo de la Palma: “El domingo por la noche entre las 7 y 8, fueron abiertas con ganzúa las puertas de la casa de don Francisco España y Pardo y penetrando en ella los ladrones, llevándose de ella una pequeña caja de caudales que dicho señor tenía en su alcoba”. Prosiguiendo el documento que recogió las pesquisas: “Al Señor España que se encontraba en el Teatro, fueron a darle la mala noticia, pero teniendo en cuenta su avanzada edad, le advirtieron antes de lo que ocurriría a su hijo don Francisco, el que inmediatamente se trasladó con dos individuos de la policía, a la casa de su padre en la calle de San Antonio, y practicó un minucioso registro, no encontrando nada en desorden ni más falta que la pequeña caja de caudales. Enterado del hecho el robado declaró que en la calle no tenía más que unas cuantas monedas falsas y media libra de cigarros”.

Otro acto delictivo: “Hace unos días se cometió un robo de consideración en el domicilio de don Francisco Trigueros. Este Señor desde hace algún tiempo se encontraba con su familia veraneando en una hacienda situada en el término de esta ciudad y por consiguiente la casa que habita en calle Rocha, esquina a Regino Martínez, la tenía cerrada. Parece ser que alguien hubo de subir a la citada casa y al llamar repetidas veces hubieron de contestar los inquilinos de la planta baja que no había en ella persona alguna por encontrarse en el campo, más al estar las puertas abiertas indicaron a los vecinos la extrañeza. Dióse conocimiento á individuos de la policía quienes al penetrar advirtieron que se trataba de un robo por el desorden en el que los muebles se encontraban. Acto seguido se aviso a la familia que inmediatamente de llegar observó la falta de gran cantidad de ropas, alhajas y dineros por valor de 14.000 pesetas”. El juzgado se personó en la casa robada practicándose las primeras diligencias, en averiguación de “quienes puedan ser los cacos”. Todo estos hechos originaron una ola de publicas críticas: “Nadie se explica como en una localidad pequeña como Algeciras, donde hay un cuerpo de vigilancia y otro de municipales, puedan ocurrir hechos tan escandalosos como este y por una calle tan céntrica como la de San Antonio se pueden llevar tranquilamente los autores una caja de hierro de caudales sin que nadie les moleste ni detenga. Creemos que el Comandante General y el Señor Alcalde, habrán tomado las medidas necesarias para que sus agentes tengan más vigilancias y no se repitan hechos tan escandalosos como estos y que tan de relieve ponen la inutilidad de los vigilantes”.

Sin duda esta pequeña ola de robos sería puesta en conocimiento del contrariado sacerdote, quién junto al párroco del templo, valorarían la posibilidad de avisar o no a la policía. Al final se desestimó la denuncia, ya fuera por evitar un escándalo dado el carácter sagrado del recinto, o también para no dar a lugar a la “incomoda” presencia de los agentes en la parroquia sin previo aviso ni permiso del obispado. Generándose por tanto una situación cuyos protagonistas –laicos y religiosos– tendrían que acudir al articulado del Concordato vigente para delimitar competencias y dar farragosas explicaciones a los superiores de ambas instituciones.

El Puente del Matadero, a principios del siglo XX. El Puente del Matadero, a principios del siglo XX.

El Puente del Matadero, a principios del siglo XX.

Aún en aquel vigente acuerdo Iglesia-Estado (1851) firmado por la Reina Isabel II y el Papa Pío IX, se encontraba el concepto de “Asilo en Sagrado” como una reliquia del pasado, concepto éste, que en no pocas ocasiones presentaba auténticos problemas jurisdiccionales a los órganos de impartición de justicia del Estado. Al final se optó por elevar simple acta, mediante el siguiente texto: “Siendo el 24 de agosto de 1907 Don Cristóbal Porras y Pérez, de 45 años de edad, soltero y actualmente párroco de Coníl, de donde es vecino [...], manifiesta que al dejar esta parroquia de la Palma, de donde era Párroco, quedaron en la habitación que ocupaba en la misma, una cómoda y un armario cerrados con llave, donde se guardaban papeles, intereses y objetos de su pertenencia, que al regresar hoy para hacerse cargo de los mismos, se ha encontrado conque las cerraduras de dichos muebles, presentan signos de violencia por lo que desea se abran levantando acta haciendo constar los objetos que contengan. Trasladados a la habitación del comedor frente á la escalera, donde existe una cama, un armario y una cómoda, se vio que la cerradura del primero estaba violentada, presentando la madera signos de haberse hecho palanca en ella con instrumento duro. Abierto el primer cajón existía en él un talonario de recibos de casas, cuyo último talón cortado dice: Don Antonio Cortés, pagó 60 pesetas por el mes de la fecha. Algeciras á 31 de marzo de 1905. Porras. Algunos recibos de contribuciones á nombre de Don Vicente Calvo Valero, una tapadera de una caja de lata y algunos papeles sueltos. Abiertos los demás cajones no se encontraron en ellos más que papeles sin orden. En la parte de abajo algunos libros y una caja con cuchillo de cabo de metal. Encima de esta había una navaja partida y un trozo de lima de hierro. Abierta la cómoda no se encontró en ella más que papeles sueltos, una blusa azul de trabajo y una Beca de seminarista. Con lo cual se dio por terminada el acta, en presencia del Sr. Cura de ésta Parroquia, Don Cayetano Guerra y Don Antonio Requena”.

Aunque aquel acto que en principio no iba a ir más allá que en la constatación de la realidad del interior del mobiliario una vez abierto, el texto resultante de la apertura dejó sobre el papel más incógnitas que respuestas. ¿Que esperaba recuperar el ex párroco de la Palma de aquella cómoda y armario cerrados a cal y canto?

El párroco desestimó denunciar el robo para evitar un escándalo por la entrada en el recinto

Dada la importancia que le otorgaba su propietario ¿por qué no se llevó consigo tan importantes pertenencias?. ¿Que hacía en el interior de aquel mobiliario un talonario de recibos de casas reconociendo el pago de un alquiler tan alto para la época al que solo podría hacer frente, precisamente un conocido propietario local y destacado miembro de la Sociedad Casino de Algeciras como don Antonio Cortés? Y qué decir de la presencia en aquella habitación parroquial de unos recibos de contribuciones a nombre de un desconocido en nuestra ciudad llamado Vicente Calvo Valero.

Y puestos a calibrar sobre los personajes que rodeaban al templo mayor de la ciudad en aquellos primeros años del siglo, cabe preguntarse si “los documentos y papeles” guardados bajo la llave del reverendo Cristóbal Porra, tendrían algo que ver con la hacienda del fallecido y excéntrico clérigo no adscrito mencionado al comienzo de la historia de nombre Ignacio Moreno Delgado, dada la implicación que en el testamento del citado tuvo el propio párroco de la Palma Cayetano Guerra.

Sea como fuere, “las pertenencias” que constituyeron motivo suficiente para que el presbítero Porras dejase por unos días el ejercicio de su ministerio en su parroquia conileña, no estaban donde su propietario las guardó dos años atrás. La respuesta al misterioso vaciado del contenido de los cajones del mobiliario, quizás estuviera en la ola de robos que sufrió el centro de Algeciras en aquella época, o en la obra de alguien que con sumo interés decidió hacer desaparecer objetos y documentos de aquellos muebles de la Iglesia de la Palma. En el primero de los supuestos, tan solo se hubieran visto afectada la perdida de los posibles objeto materiales; en el segundo la desaparición de “papeles y documentos” hace bajar sobre el asunto una más que oscura cortina de misterio, pues... ¿para qué querrían los vulgares cacos aquello que no constituía dinero o alhajas?. Quedando para la mente de los mortales muchas preguntas sin respuestas. La verdad sobre los hechos que acontecieron entre aquellas cuatro paredes de una simple habitación de la iglesia de Nuestra Señora de la Palma, quiso la Divina Providencia que solo estuviese al alcance del conocimiento de la propia santidad del edificio, evitando con ello la luz sobre lo que merecía seguir oculto.

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