Historias de Algeciras El robo en la Palma (I)

  • Al finalizar el siglo XIX, en la parroquia de Nuestra Señora de la Palma el popular cura José Flores Tinoco fue relevado por su coadjutor Cristóbal Porras y Pérez

La parroquia de Nuestra Señora de la Palma, a finales del XIX.

La parroquia de Nuestra Señora de la Palma, a finales del XIX.

Tras sacudirse el polvo del camino recogido en su fresca sotana de verano, don Cristóbal se acomodó su eclesiástico sombrero y tras recoger su modesta maleta de equipaje, dio por terminado mentalmente aquel insufrible trasladado desde su actual destino en Conil de la Frontera, hasta el que fuera uno de sus primeros, la ciudad de Algeciras. Se encontraba realmente cansado. Se había dispuesto para el viaje desde las primeras claras del día, para así aprovechar el favor de uno de sus parroquianos conileños que desinteresadamente le había llevado a bordo de su tartana atravesando  el Cortijo del Llano y el Arroyo del Conilete, hasta la vecina población de Vejer de la Frontera, donde esperaría la llegada de La Madrileña que procedente de Cádiz, vía San Fernando, haría parada en la venta de La Barca, junto al Río Barbate, para después conducirle hasta Algeciras, haciendo parada previa en Tarifa. En definitiva un sin fin de horas de viaje, por un camino que aún no se había enterado de que el siglo XX había llegado, pero para don Cristóbal Porras Pérez, párroco de Conil, el esfuerzo del viaje merecía la pena.

Una vez recompuesta su figura sacerdotal, don Cristóbal Porras fijo su mirada en el familiar lugar en el que se había apeado del carruaje, la Plaza Juan de Lima, pasando a reflexionar en un segundo su pensamiento, en lo poco que la misma había cambiado en los dos años que hacía desde su marcha. Allá se encontraba en el número 8, la fonda La Madrileña, propiedad de Isabel Blanco Espinosa, quién soltera vocacional había quedado para vestir santos, siendo una de las “señoritas” allegadas a la cercana capilla de San Antón o del Hospital, donde él alguna que otra vez, había cantado misa. Las propias oficinas de la empresa La Madrileña, sita en los bajos de la Posada de la Luz, propiedad de Nicolás Marcet, estando al frente de la misma como administrador su hombre de confianza Agustín Benítez Valencia, o la tienda de comestibles de Antonio Gutiérrez García, que aprovechando la esquina, ofrecía a sus clientes una doble entrada ya fuese por la Plaza de la Caridad –eterno nombre de la plaza– o calle Alameda, que ya para entonces había recibido oficialmente la denominación de Cayetano del Toro.

Porras llegó a Algeciras desde Conil, donde estuvo destinado dos años

Una vez tomada conciencia de su presencia en nuestra ciudad, el reverendo sacerdote, concluyó que antes de dirigirse hacia la parroquia de la Palma, deseaba encontrar a alguien que le ayudase con su equipaje que aunque exiguo, se había vuelto algo pesado para sus cada vez más viejos huesos a pesar de que el Señor le había recompensado con la estancia de 45 años en este valle de lagrimas que era el mundo. Encontrando la tan esperada ayuda en la persona del popular Antoñito (Antonio García Aguilar), mozo adscrito a diferentes posadas de la ciudad como la denominada El Carmen –también situada en la Plaza Juan de Lima, propiedad de Simón Rodríguez y de la esposa de este Ana López–, y que se ganaba la vida honradamente transportando con su pequeña carretilla de mano el equipaje de los viajeros que le requerían sus servicios. Difícilmente se podría localizar en Algeciras a alguien que controlara con mayor eficacia los horarios de vapores, trenes y carruajes, como lo hacia el tan eficiente mozo de equipajes. Siguiendo al abnegado Antoñito, el presbítero viajero se encaminó en dirección a la Plaza Alta, sede del templo mayor de la ciudad de Algeciras. En su cabeza se escondía el verdadero motivo de su viaje y que su mente traducía en conceptos tan simples como “documentos”, “objetos personales” o “impresos”.

Tras pasar por la calle Alta y recordar el siempre incesante trasiego en el número 6 de dicha calle, donde se encontraban las Caballerías de Travierso propiedad de José Parra Rivero,  no sin rogarle a Dios porque Antoñito aminorase la velocidad del paso, dobló la esquina de la calle Carretas, poniendo su vista en la fachada de la botica de José Cumbre, en el mismo instante en el que el mancebo de esta Juanito (Juan Pérez Carreño), daba un repaso a los cristales del establecimiento. Por fin y tras dejar atrás el callejón de San Pedro (Rit), su cuerpo quedó paralizado ante la fachada principal de la Palma, moviendo su vista desde el suelo hasta alcanzar la cúpula con sus cuatro trompetas de la parte más alta de la torre–campanario a modo de saludo. Mientras su vista se perdía en los detalles de tan insigne templo para los algecireños; detalles que él creía recordar y que una vez que los volvía a mirar le parecían nuevamente novedosos –como los ocho lados del campanario, las piezas de cerámica colocadas en las dos pilastras que flanquean el acceso principal y esquina del edificio, o escudo heráldico situado sobre el dintel de la puerta–, le servían de base para recordar su llegada bastantes años atrás hasta aquel lugar. Y que decir del interior y aquel misterio de la 8ª estación de penitencia que siempre le intrigó.

La parada de los carruajes de La Madrileña. La parada de los carruajes de La Madrileña.

La parada de los carruajes de La Madrileña.

Al finalizar el siglo XIX, la simple estructura eclesiástica de la parroquia de Nuestra Señora de la Palma de Algeciras, sufriría un más que sentido cambio, al suceder  al popular cura José Flores Tinoco en su puesto de Arcipreste, el que por entonces fuera su coadjutor Cristóbal Porras y Pérez, ocupando el lugar dejado por este último, el también sacerdote Francisco Muñoz Campos, siendo ambos asistidos por los clérigos adscritos, Ignacio Moreno Delgado y Andrés Gomar, manteniendo su responsabilidad como sacristán Juan García. Pudiéndose agregar a la citada estructura, aquellas personas que habitualmente colaboraban durante las ceremonias religiosas, como Antonio Vega Becerra, quién actuaba de sochantre o director del coro durante los oficios, o Manuel García de la Correa, organista que acompañaba a la referida coral. Ambos, el primero desde su domicilio en la calle Sagasta 15, y el segundo desde su también domicilio en el número 13 de la calle General Castaños, preparaban las composiciones sacras que acompañarían a cada celebración litúrgica. De entre los miembros de la parroquia algecireña de aquellos años, destaca por una cierta excentricidad la figura del clérigo no adscrito nombrado anteriormente Ignacio Moreno Delgado, quien tras su muerte, su hermano y heredero Francisco de Paula –industrial local–, se vio obligado a repudiar la herencia que aquel le otorgó en razón a la imposibilidad de cumplir las obligaciones que el mismo le imponía, consistentes entre otras en: “Al heredero que se le adjudicase unas tierras que poseía en el término de Los Barrios, no podría venderla hasta que se ocupasen los seis nichos del mausoleo que el testador tenía en el Cementerio de ésta Ciudad de Algeciras, y cuando se ocupasen le entregaría al albacea 300 pesetas, con cuya cantidad, aplicarían á este dos veces las misas de San Gregorio por su alma y mandaría tapar el referido mausoleo con una loza, pidiendo su importe á dicho heredero, rogando á éste presenciara la operación y después inutilizase la llave, para que no metiesen ningún otro cadáver”. Nombró por albacea único al Sr. Cura Párroco de Algeciras, Don Cayetano Guerra: “Que habiéndose llenado los seis nichos del mausoleo, con personas de la familia del testador [...], deseaba cumplir la voluntad de éste, y entregar al Sr. Cura Párroco y albacea del finado, las 300 pesetas que éste dispuso para aplicar dos veces por su alma las misas de San Gregorio, y cerrar el mausoleo en la forma que ordenó el testador”.

Con el cambio de director espiritual, quedaba atrás para la historia de la parroquia algecireña (recordemos que en aquella época la Palma era el único templo local que contaba con la calificación religiosa de parroquia), los acontecimientos sociales de toda índole que siendo su párroco Flores Tinoco, tuvo como escenario –directa o indirectamente– al templo mayor de la ciudad, como así quedó demostrado durante la reciente Guerra de Cuba, donde el popular párroco desempeñó una labor muy destacada presidiendo la llamada Suscripción Nacional: “La Junta Municipal de Suscripción Nacional. De mañana á pasado, se repartirá á nuestros vecinos, la adjunta circular patriótica, á la que Algeciras sabrá responder dignamente. Dispuesto por Real Decreto de 14 de Abril último, abrir una Suscripción Nacional voluntaria y á los gastos generales de la guerra, por virtud de esta patriótica disposición y circular de la junta provincial de Cádiz, inserta en el Boletín Oficial del 12 del corriente, en la noche del Jueves 17 quedó constituida la Junta Municipal de esta ciudad, encargada de tan sagrada misión, acordando dirigirse á Vd cuyos levantados sentimientos patrióticos reconoce, á objeto de que en la medida de sus fuerzas y en aras de nuestros valerosos Ejército y Armada, se sirva remitir la mayor suma con que desea contribuir á tan loable como necesaria empresa, digna del heroico patriotismo y noble entusiasmo con que el pueblo español responde á las altiveces de la nación, si traidora, si injusta y si altanera, incapaz de reconocer y apreciar en cuanto valen, el generoso desprendimiento y heroico valor de sus hijos, cuando injustamente se les fustiga ó cuando, como ahora ha sucedido, se atenta contra su honor o contra la integridad de su amada patria. La Junta espera que Vd responderá a este patriótico llamamiento depositando ese óbolo en la Secretaría de este Excmo. Ayuntamiento ó en la casa del Depositario, en donde le será entregado en el acto el oportuno recibo. Se publicará además en los periódicos locales, una relación detallada de las personas que contribuyan y de la cuantía de su donativo. En la seguridad de que atenderá Vd esta invitación anticipando las gracias. s.s. Atentos s.s.q.s.m.b. El Presidente, José Flores y Tinoco, Cura Párroco. Algeciras a 20 de Mayo de 1898”. Dentro del mismo contexto: “Presidido por el señor Cura párroco D. José María Flores y Tinoco. Se celebró sesión a las nueve de la noche”. Recogiéndose en acta: Abierta la sesión, manifestó el Sr. Presidente, su agradecimiento á los señores presentes, por la atención que han tenido con él al asistir á la reunión. Dijo que deseando dar mayor impulso á la obra patriótica, de allegar fondos, por indicación del Sr. José Santacana, convocó á esta reunión deseando oír la opinión de todos en pro de tan laudable obra. El señor Santacana insiste en las manifestaciones hechas en sesiones anteriores, respecto á que se designen cuatro comisiones que, distribuidas entre los cuatro distritos, visiten á todas aquellas personas de quienes se pueden esperar algún concurso por su posición. Se aceptó por unanimidad el pensamiento y se procede á la elección de dichas comisiones en la forma siguiente: Barrio de la Merced: D. Ricardo Rodríguez España, D. Manuel Flores Tinoco, D. Rafael de Muro, D. Francisco España Rojas y D. Andrés Benítez. Pósito: D. José Rodríguez España, D. Placido Santos, D. Narciso Posch, Presbítero, D. Cristóbal Porra y D. Emilio Santacana. Caridad: D. Juan Guadalupe, Presbítero D. Emilio Pantoja, D. Andrés Vega, D. Antonio Moreno Ruiz y D. Enrique Alcoba. San Isidro: D. Félix Sos, Presbítero D. Francisco de P. Bernes, D. Miguel Puyol, D. Sebastián Gamba y D. Félix Flores. Finalizando el acta: Estas comisiones deberán reunirse el martes próximo para dar comienzo á sus gestiones”.

Recordemos también la anécdota protagonizada por el repicar de las campanas locales en un momento de especial nerviosismo motivado por la guerra: “Tal era la expectación y el nerviosismo con el que se vivía en nuestra ciudad la posible amenaza yankée, que una antigua tradición clerical de toques de campanas, provocó la alarma en la población: Habiéndose comunicado á este Gobierno Eclesiástico que el Excmo. Sr. Obispo José María Rancés y Villanueva ha sido preconizado por su Santidad para regir esta Iglesia y Obispado. El Iltmo. Sr. Vicario Capitular, se ha servido ordenar que, tan luego como lleguen a recibir los Sres. Arciprestes y Párrocos la presente comunicación, dispongan se den tres repiques solemnes en todas las Parroquias e Iglesias de sus respectivas feligresías, en celebración de tan grata noticia para el bien de la Diócesis”. En aquellos momentos –recordemos–, ejercía como Arcipreste de Algeciras D. José Flores Tinoco, quién obedeciendo la orden superior, como así de seguro lo harían los Arciprestes de las vecinas localidades, procedió a dar los toques preceptivos, de los cuales muchos algecireños, tanto civiles como militares, no estaban al tanto; sumando al negativo efecto, los toques dados en las localidades vecinas de la bahía al mismo tiempo, lo que bien se pudo interpretar como señales de alerta ante un posible ataque. 

El resultado fue de un gran sobresalto e inquietud para la población en general, aconsejando las instancias militares: “Una mayor publicidad y conocimiento para el futuro ó supresión de la costumbre según los estados de alarma”. La ciudad no perdía ocasión de reconocerle al cercano párroco su afecto, como así aconteció cuando falleció la tía de este, Doña Francisca Navarro, “asistiendo al duelo un gran número de algecireños de todas las clases sociales”. De todo lo cual fue testigo el reverendo padre don Cristóbal Porras y Pérez, ayer coadjutor de la iglesia de la Palma, hoy párroco del templo mayor de Conil de la Frontera. (Continuará).

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