Historias de Algeciras

Historia de dos carabineros (y II)

  • La enfermedad de Remedios avanza sin remedio mientras que la familia espera un milagro de nunca llega l Juan José rememora diversos pasajes de sus servicios como carabinero

La posada de Clemente el carabinero se encontraba en el callejón del Ritz (1895). La posada de Clemente  el carabinero se encontraba en el callejón del Ritz (1895).

La posada de Clemente el carabinero se encontraba en el callejón del Ritz (1895). / e.s

Rosario, la madre de la infortunada niña, interrumpió la narración de su marido para preguntarle si se sabía quién había podido ser el carabinero que le abrió los ojos al bueno de Eloy.

–Nunca me lo quiso decir, respondió su marido. –Pudo haber sido cualquiera de los compañeros... No sé, a ver... Lorenzo (Lorenzo González García, regentaba un establecimiento de bebidas, muy frecuentado por sus compañeros en el número 25 de la calle Alfonso XI, estaba destinado en la cercana Comandancia de la calle Regino Martínez), Manuel Sánchez Ortiz, Emilio Molina García, Indalecio Pérez Estévez, Juan Albarrán Redondo, José Maldonado Sánchez, Petronilo García Media villa y Maraño (destinado en la Cañada del Peral), Ce ferino Vidal Sánchez ó Francisco Guerrero García (ambos vivían en la comandancia), Indalecio García Montes, Babiano Fernández Méndez, Antonio Quintero Diosdado, Manuel Díaz Salazar; el sargento, Lorenzo Hidalgo Iglesias, Benedicto Sánchez Calderón, Antonio Rivas Martínez, Juan Martín Torres, Emilio Extremera Molina; el cabo, José González Rodríguez; incluso, hasta el Capitán Francisco Formentín Jauría; el también Capitán, José Rodríguez Alonso, ó el Comandante Eugenio Esperón Puente...cualquiera de ellos, pudo haber sido por el afecto que todos le teníamos a Eloy...no sé...¡yo mismo de haberlo sabido!–No te pares papá, inquirió Remedios. –Eloy subió a un caballo –había pertenecido a caballería, aclaró– y velozmente se plantó en el lugar que le habían indicado, y... efectivamente, allí estaba la que era su prometida en brazos de aquel oficial. Hubo palabras, insultos, y... bueno al final, Eloy fue arrestado por insubordinación. Después lo metieron en la cárcel, fue juzgado y condenado a la pena de 12 años de prisión militar por el delito de insubordinación poniendo mano a un arma ofensiva con tendencia de ofender de obra a un superior. Y terminó ingresado en la cárcel de Valladolid ¡Cosas de la vida! –puntualizaba Juan José empatizando con el infortunado compañero, ambos víctimas de los avatares del destino–.

–¡Y entonces...!, dijo desde su silla Matilde, conocedora como todo el clan de los pormenores de la historia, a los tres meses de estar recluido –prosiguió Juan José, mirando fijamente a su Remedios–, el gobierno viendo que los soldados en Ultramar caían como chinches por las enfermedades y miserias de la guerra, da la oportunidad a los reclusos de perdonarles la pena, sí marchan voluntarios al frente, y Eloy... se fue a Cuba, siendo destinado al Regimiento de María Cristina. Allí coincidió con otros carabineros que pasaron por Algeciras, como Fernando Camacho Benítez, Antonio Andrade Andrade, Francisco Martos Rojano, José Maldonado González, Tomás Huerta Gavilán... Hasta que llegó el asunto del Cascorro (Cascorro es el nombre de un río y del humilde poblado levantado junto a él, situado a 63 kilómetros de Puerto Príncipe), hasta allí llegó Eloy con su destacamento para defender la zona... –¡Y entonces –interrumpió la madre– toca la medicina!

Juan José se apartó para que su esposa pudiera facilitar el medicamento a Rosario; al mismo tiempo, que se quedó mirando aquel frasco de cristal recordando las visitas médicas que habían pasado por su casa, los nombres de los médicos les eran tan familiares como los de sus compañeros: D. Ventura, D. José Gómez, D. Juan Pérez Santos, D. Antonio Asensio Pérez, D. Laureano Cumbre o el hermano de éste, el farmacéutico D. José, que en su botica de la calle Carretas, le había preparado el medicamento que puntualmente le era dado a la enferma; todos estos hombres de ciencia, habían coincidido en el fatal diagnóstico de la terrible enfermedad de su hija.

Por su parte, Rosario, mientras miraba de reojo a su pensativo y triste marido, recordando las veces que acudió sola a triduos y novenas, celebrados en la Iglesia de la Palma; la de claveles que le había colocado a los pies al Santísimo Cristo de la cercana capilla de La Alameda, o el sin fin de misas y rosarios que había rezado en la capilla del Hospital Civil; sin olvidar, cuando regresaba de la compra en la plaza de abastos, la visita diaria que hacía al Cristo del Patio, cercano a su casa, rogando a Dios por la cura de su hija y esperando aquel milagro que no llegaba.

Con gran tristeza recuerda Rosario aquel día, en el que franco de servicio, llegó a casa su marido, buscando una botella vacía… “¡Un hombre del Cobre me ha dicho que las aguas herrumbrosas de la Fuente de La Negra, curaron a su esposa!” Y allá que se fue andando el pobre, con toda la ilusión del mundo prometiendo en caso de curación o mejora de su pequeña, que cumpliría con la colocación del obligado exvoto (tradición consistente en trabajar una cruz hecha de madera, caña, o tallada burdamente en piedra, que se colocaba junto al manantial, acompañada de una oración).

Tras unos esperanzados días, la recaída vino a confirmar lo infructuoso que supuso el esfuerzo de su marido. Otra día, pensó el desesperado esposo y padre, visitar el número 5 de la calle Real, domicilio de D. Juan Pérez Muñoz, abogado y propietario de la Fuente Santa, para que le dejara pasar una temporada, afín de que su Remedios recobrara en aquel renombrado lugar, la salud pedida...Pero lo penoso del traslado hasta los pies de la sierra, hacía desaconsejable la idea. –¡Continúa padre!, mandó Remedios, intentando recuperar el orden perdido en el relato–¡Pero si ya sabes de sobra lo que sigue!, respondió con aire cansado Juan José. –Pero me gusta que tú me lo cuentes, contestó Remedios.

Y resignado el triste carabinero prosigue, disimulando un ánimo que no tiene con la historia: –Y entonces...cuando Eloy y sus compañeros se vieron rodeados de enemigos, siendo masacrados con las balas de un cañón disparado desde un cercano fortín, Eloy se presentó voluntario para hacer explotar la posición enemiga, tan solo puso una condición que lo ataran con una cuerda para, en caso de caer muerto o herido, tirar de él y no quedar en poder del enemigo. Ante la sorpresa de todos, incluido su capitán (Francisco Neila Ciria) mi amigo Eloy, cogió una caja de cerillas y una lata con 4 litros de petróleo, corrió hasta el fortín enemigo y le metió fuego, salvando con ello a sus compañeros. Todos los periódicos de Madrid, gracias a un periodista (Manuel Blanco, corresponsal de El Imparcial) publicaron la noticia. Cuándo los periódicos llegaron hasta Algeciras en el ferrocarril al día siguiente, supímos del hecho, no lo podíamos creer...¡ya tuvo valor aquel hombre! Después vinieron las condecoraciones y reconocimientos (Cruz de plata al Mérito Militar con distintivo rojo, pensionada con 7,50 pesetas mensuales y vitalicia; una gratificación de 210 pesetas concedida por la firma Casa Salvador Güel e Hijos de Tarragona) aunque Eloy siguió con su regimiento en el frente... y como a tantos otros soldados, él que había sobrevivido a las balas del enemigo, cayó enfermo del estómago al beber agua contaminada de una ciénaga plagada de mosquitos, siendo ingresado Eloy en un hospital militar donde murió. Hace ahora 9 años... ¡Cómo pasa el tiempo!... Y parece que fue ayer, cuando tomábamos unos vinos juntos, aquí en La Sacristía (establecimiento sito en la calle Soledad, propiedad de Francisco Rubio Macias). –Te queda la estatua padre, insistió Remedios.–Bueno pues el Ayuntamiento de Madrid decidió poner un monumento a nuestro compañero el carabinero Eloy Gonzalo, inaugurado por el Rey en una plaza que desde entonces se llama Plaza de Cascorro (Según la decisión municipal aprobada en el pleno del 20 de Octubre de 1897, siendo la obra del escultor D. Aniceto Marina; el pedestal corrió a cargo del arquitecto, Salaverry. Tres años tardó el proyecto en hacerse realidad, siendo inaugurado por S.M. Alfonso XIII, el 5 de Mayo de 1902). Para cuando la historia había concluido, Remedios yacía plácidamente dormida, la lluvia seguía azotando a Algeciras, todos los miembros de la familia se miraban en silencio unos a otros, la noche como tantas, iba a ser muy larga. El río bajaba fuerte, seguramente había arrastrado a las humildes barracas levantadas junto a su orilla por los más pobres. Cada año igual. Juan José, el carabinero habitual de Las Barcas, rendido a la impotencia y al sueño, cayó dormido horas después.

Algeciras comenzaba el nuevo año de 1906, con el máximo de esperanza y esplendor, ante la celebración de la Conferencia Internacional. Tras la llegada del capital anglosajón, que tan beneficioso fue para la economía local, la presencia de los diplomáticos y de los medios de comunicación de todo el mundo, significaba un gran espaldarazo para la ciudad. Desgraciadamente para la familia Tapia Rodríguez, nada había cambiado, la enfermedad seguía estando presente en el pequeño cuerpo de Remedios. Su padre acudía diariamente a cumplir con su servicio, buscando refugio a su pena en la rutina diaria. Rutina que consistía en la diaria presencia a primera hora de los trabajadores que –previa parada en el bar de Valdés, sito en Plaza Palma, esquina Soledad, para tomarse un aguardiente con el que combatir el frío de la mañana–, buscaban el muelle de madera donde les esperaban los vapores Elvira o Margarita, llamado éste último así en honor a la esposa de Juan Morrison.

A veces, por motivos de avería, uno de estos barcos era sustituido por el llamado Yuwili, de inferior tamaño. Los habituales del puerto que constantemente entraban o salían, como Manuel Caballero, maquinista del vapor gibraltareño Aquilón, que diariamente transportaba mercancías desde la colonia; el personal del almacén de vino propiedad de Juan Casero, sito en el número 1 de La Marina; o, la siempre seria, aunque amable presencia de D. Antonio Asensio, director de Sanidad del Puerto. Sus muchas guardias frente el fondeadero algecireño, le habían obligado a ser testigo de múltiples anécdotas, siendo una de las más graves, la que aconteció durante el conflicto contra los yankées, cuando: “Un torpedero al atracar en el muelle del ferrocarril, chocó contra él ocasionando graves y distintas averías”. El asunto fue muy comentado, ante la posibilidad de que los proyectiles que el citado navío portaba, hubieran hecho explosión al colisionar con la estructura del embarcadero algecireño. No hubo en Algeciras patio, café, tienda colonial o cualquier otro establecimiento, en el que no se tratase el asunto, ya fuese en el ultramarino de Pérez Pino, sito en la calle Tarifa; en la ferretería de Jiménez, abierta en el número 14 de la misma calle; o, en el popular y selecto colonial de Coterillo, con puerta a la esquina de General Castaños con Cánovas del Castillo. En definitiva, según los comentarios que corrieron desde El Calvario hasta la calle Concepción (hoy, Cervantes; junto al edificio Anglo Hispano): “Nada ocurrió para lo que podía haber ocurrido”.

Las otras menos graves, tenían que ver con el permanente paso del contrabando, motivado por la necesidad. Una vez de vuelta a casa, la triste realidad de la enfermedad de su hija, que poco a poco se iba apagando ante el dolor que surgía desde la impotencia. Y un día de aquella primavera algecireña de conferencias, reproches internacionales, discursos y aplausos, Remedios cerró sus ojos para siempre, dejando a su familia en la más profunda soledad... ¡Nunca –pensaría más de una vez su madre– tuvo una casa mejor dirección para los que en ésta vivimos, Soledad!

Ya todo no sería igual en el hogar de los Tapia Rodríguez, aquel cumplidor carabinero. Pasados los meses, la edad y el sufrimiento le retiraron del servicio. Un año más tarde su salud se sintió mermada, su cuerpo tan solo pudo aguantar dos años más, cerró los ojos en la misma época en la que un joven Alfonso XIII, se instalaba en el Hotel Reina Cristina interesándose por los planos del futuro puerto algecireño (1909). Ni tan siquiera el nacimiento de su primer nieto dos años antes (1907) le sirvió de consuelo. Rosario, su esposa, quedó al frente de la familia con una exigua pensión de viudedad. El hijo mayor fue padre –como se ha reseñado– dos años antes del fallecimiento del patriarca del clan. Al nuevo miembro de la familia, nacido en la calle López, se le impuso por nombre Juan Antonio, éste moriría en 1945 a la temprana edad de 38 años al no superar los problemas derivados de su experiencia traumática durante la Guerra Civil. En el momento de su fallecimiento, este nieto de carabinero también tenía su domicilio en la calle de la Soledad (muy cerca de la casa-cuartel donde residió su familia paterna y donde murió su tía Remedios), en un patio frente a la antigua pensión Vizcaino. En cuanto al padre del neófito Antonio Tapia Piné, ingresó con el paso del tiempo en Telégrafos, prestando sus servicios en la instalación que dicho cuerpo tenía montada en la ensenada de Getares, a los pies del monte Diente de la Vieja, donde actualmente se encuentra la Comandancia de la Guardia Civil. Años más tarde, un 18 de Julio de 1936 Antonio, decidió ponerse al lado de los que no ganaron, si es que en una guerra civil alguien gana o todos pierden; pero esa es... otra historia.

Dedicado a mi antepasado Juan José Tapia Rodríguez.

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