LA GUARDIA CIVIL EN SAN ROQUE (XLI)

La niña salvada por la Benemérita (1923)

  • El coronel Jesús Núñez recuerda el rescate de una joven que cayó a un pozo de agua en el marco de su relato de la historia del Instituto Armado en el Campo de Gibraltar

Crónica publicada en 'El Noticiero Gaditano' el 29/11/1923. Crónica publicada en 'El Noticiero Gaditano' el 29/11/1923.

Crónica publicada en 'El Noticiero Gaditano' el 29/11/1923.

Decir “Guardia Civil” es decir “Benemérita” y decir “Benemérita” es decir “Guardia Civil”. Y eso es tan claro y está tan profundamente arraigado en el pueblo español que hasta nuestra Real Academia de la Lengua así lo recoge en su diccionario, edición tras edición.

El reconocimiento popular de tal condición proviene desde los tiempos fundacionales. En la provincia de Cádiz la primera vez que quedó constancia de la unión de ambas expresiones fue en una crónica publicada el 20 de enero de 1845 en el periódico El Comercio, cuando los hombres del duque de Ahumada no llevaban siquiera dos semanas prestando servicio en la capital gaditana.

El cronista, al relatar el honroso gesto de un piquete del nuevo Cuerpo que por primera vez había escoltado por las calles de Cádiz, la solemne comitiva de la Bula de la Santa Cruzada, lo describió como “un hecho que honra por muchos motivos a la benemérita Guardia Civil porque demuestra hasta qué punto raya el pundonor y la delicadeza de sus individuos”.

El reconocimiento oficial a toda la Institución vendría más de ocho décadas después, cuando por real decreto de 4 de octubre de 1929 se concedió por Alfonso XIII “la Gran Cruz de la Orden civil de Beneficencia, con distintivo negro y blanco, al Instituto de la Guardia Civil, por los innumerables actos y servicios abnegados, humanitarios y heroicos que los individuos pertenecientes al mismo han realizado con motivo de incendios, inundaciones y salvamento de náufragos.”

Dicha Orden era fruto de la refundición en una sola, por real decreto de 29 de julio de 1910, de las distinciones honoríficas denominadas Cruz de Epidemias y Orden civil de Beneficencia. A partir de entonces sería concedida con este último nombre y se destinaría a “premiar los méritos sobresalientes y notorios contraídos por actos heroicos, de virtud, abnegación o caridad, los servicios eminentes a la salud o tranquilidad pública y los beneficios trascendentales y positivos para la Humanidad, la vida, la honra o la fortuna de las personas”.

Establecidas varias categorías, les sería concedida en la de 3ª clase, con distintivo negro y blanco, a dos guardias civiles del puesto de San Roque por un benemérito hecho acaecido en la mañana del 25 de noviembre de 1923. Sus nombres pasarían a integrarse en el “Escalafón general de los Jefes, Oficiales, clases e individuos de la Guardia Civil, de la Orden civil de la Beneficencia”.

Para conocer los hechos acreedores a tan prestigiosa y hoy desaparecida condecoración, nada mejor que el parte emitido por el comandante de puesto, suboficial José Sánchez Velasco, informando de lo sucedido al “alcalde constitucional” de San Roque, Manuel Rodríguez López, que había sido nombrado para tal cargo el mes anterior. Es de justicia agradecer al investigador local Juan Antonio García Rojas haber facilitado copia del mismo.

Fechado el día siguiente, se daba cuenta de que sobre las nueve horas de la mañana anterior, cuando la esposa del guardia 2º Antonio Pastor Martínez, llamada María Castillero Cabrera, se encontraba poniendo a secar ropa en la parte posterior de la casa-cuartel (sita en el núm. 14 de la calle Herrería), escuchó un ruido que la sobresaltó. Había sonado como si algo hubiera caído dentro de un pozo situado a unos diez metros de distancia que habitualmente estaba cubierto por una tapa de madera. Al aproximarse observó que estaba destapado y había una persona en el fondo, sumergida en el agua.

Inmediatamente dio la voz de alarma acudiendo enseguida el guardia 1º Antonio Gallardo Galván y los guardias 2º Juan Sánchez Gómez y Cristóbal Gómez Gómez. El pozo tenía unos nueve metros de profundidad de los que tres estaban cubiertos de agua.

Gallardo al asomarse observó por la ropa que se trataba de una mujer, “y sin mirar medios algunos de salvación para él, se arrojó al referido pozo”. Aquella se sabría posteriormente que se trataba de una chiquilla llamada Teresa Galán Ríos, de 14 años de edad, hija del vecino de San Roque, José Galán Núñez. La pobre, llena de nerviosismo y creyendo que se ahogaba sin remedio, no dejaba de agarrarse, sin solución de continuidad, a su salvador. Sin embargo, lo hacía de tal forma que ponía en peligro la vida de ambos.

Desde arriba, el guardia 2º Juan Sánchez, “visto esta situación tan peligrosa que corría sobre los dos”, no lo pensó más, “y sin mirar el peligro que por él pudiera correr se arrojó al referido pozo”. No sin gran esfuerzo comenzó a sostener a ambos, momento en el cual, alertados por lo que estaba sucediendo llegaron más componentes del puesto que en ese momento se hallaban en la casa-cuartel.

Se trataban del suboficial Sánchez Velasco, auxiliado del cabo Marcos López Orellana, el guardia 1º Lorenzo Rodríguez Vega y los guardias 2º Antonio Ruiz Sánchez y Manuel Sánchez Soto. También acudió con ellos el paisano Felipe Sánchez Gómez, hermano de uno de los que se habían lanzado al pozo.

Localizaron unas cuerdas cuyos extremos lanzaron al interior del pozo. El guardia 2º Juan Sánchez, “que aún no había perdido totalmente sus fuerzas”, pues había transcurrido un buen rato, pudo amarrarlos. La chiquilla apenas ya daba señales de vida, no siendo mucho mejor el estado del guardia 1º Gallardo, que había quedado exhausto intentando que ni aquella ni él, se hundieran.

No sin gran esfuerzo, primero izaron a Teresa, seguidamente a Gallardo y finalmente a Sánchez. La primera fue trasladada a casa de sus padres, próxima al acuartelamiento, mientras que los dos guardias se llevaron a sus respectivos pabellones para ser cuidados por sus familias.

Tanto la chiquilla como el guardia 1º primero consiguieron ser reanimados “por medio del procedimiento de refriegas en los músculos”. Llegado el medico titular de la localidad, todos fueron rápidamente atendidos. Tanto Gallardo como Sánchez fueron dados de baja médica para el servicio por prescripción facultativa, hasta su completo restablecimiento.

Una vez repuesta la chiquilla le preguntaron cómo era posible que hubiese caído al pozo. Relató entonces que al ir a sacar un cubo de agua y al tiempo de asomarse al agujero, le dio un mareo y cayó al interior del mismo.

El comandante de puesto finalizaba su informe afirmando que “el acto tan espontáneo realizado de poca premeditación y desprecio de su vida”, por ambos guardias, lo consideraba “de suma importancia, siendo objeto de mención honorífica por todos los vecinos que han tenido ocasión de presenciar e interesarse del proceder de la fuerza que ha intervenido con motivo del hecho ocurrido”.

Del suceso, acaecido en el lugar conocido por el Huerto del Cura, se instruyó el correspondiente atestado que fue entregado en el juzgado de instrucción de San Roque. Su titular era Antonio Argüelles Labarga, quien dos décadas después se jubilaría con honores de magistrado del Tribunal Supremo, siendo presidente de la Audiencia Territorial de Valladolid.

La prensa de la época se hizo eco de lo acaecido. El Noticiero Gaditano, autodefinido como “Diario de información y de intervención política”, dirigido por Ignacio Chilia Giráldez, publicó una detallada crónica cuatro días después.

Continuará.

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