III Bienal de Arte Flamenco Canela de San Roque El cante de siempre se rejuvenece

  • El linense Alonso 'El Piruli' convence sobradamente en una noche emotiva por la vuelta de la sanroqueña Paqui Lara

  • Juana la del Pipa pone la solera y la raza y Luis Ortega apunta al futuro con sus buenas maneras

Juana la del Pipa y Miguel Salado, este viernes en el Galiardo. Juana la del Pipa y Miguel Salado, este viernes en el Galiardo.

Juana la del Pipa y Miguel Salado, este viernes en el Galiardo. / Erasmo Fenoy

Quien todavía diga que el flamenco tiene los días contados seguramente desconozca la existencia de perfiles tan interesantes como el de Alonso El Purili o el de Luis Ortega. El primero de ellos es más festero aunque aborda los cantes primarios con soltura, indicando en su repertorio el exitoso futuro que le aguarda. El segundo, Luis, no goza del desparpajo del otro, también porque es más joven, pero de igual modo domina las tablas y se hace dueño del espacio con su formalidad. Ellos fueron las voces incipientes de la cuarta jornada de la III Bienal de Arte Flamenco Canela de San Roque, que esta noche llega a su clausura con la presencia del siempre mediático y popular Farruquito, que además llega de recoger un gran triunfo en la Bienal de Sevilla con el espectáculo Desde mi ventana. En el lado opuesto, la madurez de Paqui Lara y la solera gitana de Juana la del Pipa. Carlos Vargas, el presentador, dedicó la noche a la familia de Manuel Morao por la repentina pérdida de uno de sus hijos. 

El encargado de abrir la gala fue Luis Ortega, un niño que no llega a quince años de edad, de La Algaba, y que camina a paso firme desde que irrumpió con fuerzas en un programa de talentos de nuestra televisión autonómica. Este hecho le permite mostrar seguridad y crear algo de expectación entre los que no le conocen. Con la guitarra de Marcos Serrato, principió por soleá recorriendo los estilos de Manuel Torre, llegando a Triana y parando en Cádiz. La medida perfecta usó también para ejecutar los fandangos, con cierto olor a Chocolate. Con voz quebrada, dedicó las bulerías a la memoria del también fallecido Alfredo Benítez. Gracias a las palmas y a la guitarra pudo resolver de la mejor manera este difícil estilo exigente de compás. Por tangos, hizo un refrito de grandes éxitos, de Morente a Rancapino o Panseco, buscando su camino con decisión. 
 
El público necesitaba más, y llegó Alonso El Purili para poner todo su arsenal al servicio del ángel. Nacido en La Línea, en el año 2000, parece que tiene el triple de edad. Es un viejo que cuando sonríe vuelve a ser ese niño inocente que se toma esto como un juego. Ahora, este Alonsito tiene miga. Ha sido y es uno de los nombres más sonados de la última generación de cante porque dispone de recursos suficientes para estremecer, entretener y hasta divertir. Miguel Salado se acordó de su Jerez para hacerle son a Alonso por bulerías pa escuchar, demostrando el cantaor poseer unos reaños privilegiados. Por bulerías protagonizó uno de los momentos más sabrosos de esta edición. Sus conocimientos son impropios para la edad, muestra una facilidad pasmosa y, siendo contundente, tiene el don. Cuando se pone de pie, levanta el brazo y se toca el palillo, retrocedemos décadas atrás. Es curioso, porque aun defendiendo un absoluto clasicismo en el relato no deja de resultarnos fresco y pícaro. Un fenómeno. Y antes de irse, convence sobradamente en una ronda de tonás. No lo dejan marchar, y vuelve para marcarse dos fandangos y otras bulerías para terminar de coronarse. 
Apareció tras él la cantaora sanroqueña Paqui Lara, que hacía la friolera de quince años que muchos no veíamos en escena como solista. La guitarra de Manuel Peralta destacó por su solvencia, dejando siempre espacio y respiro a la cantaora. Las palmas la pusieron una noche más José Rubichi y Fernando Canela Chico, a ritmo trepidante. Eligió la malagueña de la Peñaranda y rondeña para dejar entrever los primeros destellos de luz. Solemne, seria, intimista... paró el tiempo por seguiriyas, doliéndose, llegando a crujirse en el macho atribuido a Juan Junquera. Tientos y tangos inspirados en la Repompa y fandangos para cerrar un recital esperanzador, que debería servirle para crecerse, y creerse que el cante del Campo de Gibraltar la necesita. Fuerte ovación y el público en pie para despedirla.
Para acabar la noche, Juana la del Pipa. La emperaora de la calle Nueva de Jerez es santo y seña del mejor flamenco de tiempos lejanos. Su cante y su baile es un todo escénico que transmite lo que solo ella puede. Elegante como siempre, con vestido negro y peinecillo, escarbó en la maceta de la Yerbabuena para arañar por soleá. El temple le da verdad, y el sello la hace única. Es una voz que sigue viviendo en la hoguera y que se antepone al efecto para quedarse en la lumbre. Le acompañó por estos cantes de gañanía un extraordinario Miguel Salado. Juana es estampa, es paisaje, es nostalgia, es verdad, es sangre, es herida... Juana, por tangos, es punto y aparte. Juana es artista. El respetable la acogió como siempre, con mucho calor. Si su cante alberga historia, su baile es elegante e imprevisible. Sus fandangos y bulerías cerraron una noche buena de cante y en la que se unieron los códigos de siempre que se visten de juventud

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