III Bienal Canela de San Roque Farruquito, el conquistador

  • El bailaor sevillano puso la nota de calidad en el cierre de una edición que será recordada por la incertidumbre y las medidas provocadas por la pandemia 

Farruquito, durante su actuación en el Galiardo. Farruquito, durante su actuación en el Galiardo.

Farruquito, durante su actuación en el Galiardo. / Erasmo Fenoy

Eran las diez y media de la noche cuando se cerró el telón del teatro Juan Luis Galiardo, finalizando, así, la III Bienal de Arte Flamenco dedicada a Canela. Posiblemente haya pasado ya la edición más complicada de la historia de este certamen, pues hasta ayer mismo no había total seguridad de que los espectáculos iban a celebrarse a cuenta de la pandemia que asola al mundo. 

Farruquito fue el elegido para dejar el mejor sabor de boca de cuantos eran posibles, con la ilusión de dar continuidad a la muestra cara a la próxima edición, siempre y cuando el Ayuntamiento de la localidad apueste por ello como ha demostrado en estos tres otoños. Creemos que es más que necesario que siga haciéndolo, pues en este corto periplo ha conseguido poner en el mapa de este género artístico a San Roque por la calidad de su programación, nada envidiable a las que ofrecen capitales de provincias o incluso de autonomías. 

La noche del sábado estuvo dedicada al baile, al mejor baile. Juan Manuel Fernández Montoya Farruquito ofreció un recital de carácter, en tanto que su cuerpo de atrás mostró un nivel más que sobrado. El sevillano comienza a contar con voces de la nueva hornada que crecen en la admiración más aferrada al bailaor, caso de Ezequiel Montoya o Ismael de la Rosa El Bolita, así como sigue confiando en el huracanado metal de María Vizárraga. A la guitarra estuvo Antonio Santiago Ñoño, y a la percusión, poco agresiva, Antonio Moreno El Polito.

Nos dejamos llevar por el misterio calé de este ya experimentado artista sin poder quitarnos de la mente a La Susi, fallecida por la mañana, y que sin duda deja en una gran tristeza a la legión de seguidores que siempre la admiró por su flamenca melodía. Se le dedicó un minuto de silencio a petición del propio Farruquito. 

Farruquito, iluminado por los focos del Galiardo. Farruquito, iluminado por los focos del Galiardo.

Farruquito, iluminado por los focos del Galiardo. / Erasmo Fenoy

Con todo el papel vendido, Juan se desenvolvió con naturalidad y sin más guion que el de su propia escuela. No dejó indiferente a nadie. Acostumbra a dar lo mejor de sí y a convencer una y otra vez porque su bandera es el esfuerzo, la dedicación y la seriedad en el escenario. Ya lo dejó más que claro en la pasada Bienal de Sevilla, con su último estreno titulado ‘Desde mi ventana’, con el que volvió a convencer de manera indiscutible en su tierra. Bolita y Ezequiel comenzaron a calentar motores por seguiriyas, para que saliera el bailaor como un auténtico mesías aclamado por los suyos, que no dudaban en jalearlo a cada minuto. ¡Qué buenas voces las de estos jóvenes! 

Desprende elegancia, hermosura y grandeza. Quizás la que defienden los humildes. Algunas ráfagas de luz dan continuidad a la escena y el bailaor despliega su vertiginoso caudal de recursos técnicos para cautivar. En él se da el equilibrio majestuoso entre la mente y el corazón. Más imponente resulta Mari Vizárraga con sus tangos canasteros. Ella es arrojo constante, es precipicio y, a veces, hasta se tira. 

Vuelve al escenario este genio del baile flamenco del siglo XXI para disfrutar por alegrías. No arriesga en el vestuario, discreto y señero, pero sí lo hace con un remates imposibles propios de su digna casa. Se para y se sienta en el centro de las tablas para escuchar a Mari por bulerías, en la comunión más sana entre lo extraordinario y lo natural. Este Juan es torero hasta paseando. 

Mientras el bailaor toma respiro, se sitúa el guitarrista Antonio Santiago en el centro para ejecutar un solo por bulerías, con soltura y mucho compás. Farruquito se plantó, tras los aplausos, por soleá para beberse su propia sangre, adueñarse de los segundos que el reloj marcaba y jugar con las dimensiones como un pintor cubista. A esto, Bolita y Ezequiel engrandecían la estampa con unos cantes que serán de seguro los que sonaran en las compañías en los próximos años. 

Fin de fiesta, en el que destaca el baile del Polito y el toque de guitarra de Juan, un capitán que condujo su navío por los mares de la jondura con una gran tripulación, conquistando para mayor gloria la tierra de San Roque

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