Andar y contar
Alejandro Tobalina
Sueños y recuerdos
Yo sé que no somos ellos, pero también que, en realidad, un poco sí. No es que toque compartir en redes los billetes del tren que pasó por allí una hora antes, tampoco gritar a los cuatro vientos que en el último momento decidimos cambiar el pasaje para el día siguiente. No, sé que no es momento de acercarnos al horror en primera persona porque hay quienes sí embarcaron en ese tren y han muerto y muchos otros que los esperaban en los andenes y tal vez lo último que les dijeron fuera un “Ok” en WhatsApp. “Papá, llegamos a las 22:00”. “Ok, allí estaré”. Y allí estaba, en una estación en la que por sus vías vacías solo danzaban los malos augurios sacándole la lengua mientras pensaba en los abrazos que se quedarían para siempre a medias.
Es inevitable no sentirse un poco ellos porque en vida somos muy originales y muy únicos, pero en la muerte todos tenemos arrugas, y porque el accidente ha ocurrido en Andalucía, que es flamenca, carnavalera, estoica, risueña y ferroviaria. Sé que las vías no unen de manera digna nuestros puntos cardinales, y que para ir de Cádiz a Almería a uno le sale más a cuenta hacer escala en Honolulu, pero el andaluz es en sí mismo el tren tanto como que el tren, en lugar de traquetear, se come las eses o te monta una comparsa.
El andaluz lleva ya casi un siglo subiéndose en él para hacer dos cosas: soñar o recordar. El cantaor que era aún un donnadie lo cogía con la esperanza de arrancarse por bulerías en Torres Bermejas, y el torero ya puede salir por las puertas grandes de todas las plazas de España que si no lo sacan a hombros de Las Ventas algo le faltará. A Madrid viene uno, efectivamente, a torear y a que tal vez le embistan, y para ello hace falta un tren. Y si llega la cornada el quirófano se encuentra en otro que te lleva de vuelta al barrio de San Isidro, la ribera del Guadalquivir o al puchero de tu madre. Y ya se volverá a intentar, cuando sanemos y seamos otros.
Dicen que ya casi no hay cantaores, pero están el opositor que sube a Madrid a conquistar las aulas, el tertuliano que se gana un dinerillo en Antena 3 y por la tarde se vuelve a su Málaga o la abuela que va a ver al nieto porque al hijo le está saliendo bien la faena y va camino de cortar dos orejas. Por eso con la tragedia de Adamuz lanzamos un quejío que es la crónica de mil y una desgracias y de 45 ilusiones rotas que son un poco las nuestras.
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